la batalla de la gloria

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La batalla es interminable, rota
la celada, quebrada la osamenta,
salvadas las trincheras, se concentra
el fragor de la lucha en la palabra.
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Y al final en medio del espanto
los nuevos territorios se anexionan
al alma atormentada del poeta
al laurel que circunda su cabeza.
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Ya suenan los acordes de los vientos,
el himno inmaculado de la gloria,
ya soplan los alisios del destino
en la tierna caracola de las horas.
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Pero el alma prendida en el alambre
de espinos que la muerte diseñó,
enganchada al crujiente desatino
que el duelo de las letras desató,
sigue y persigue su quimera loca
de molinos gigantes e ilusión.
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No hay piedras ni nubes, ni días ni noches,
ni nadie en el planeta que detenga
las aspas que mueven como gaviotas
en vuelo las alas de su pasión.
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Miguel, dulce cantor de la cebolla,
tu prisión hizo que entrará el sabor
de la tierra entera en los poemas.
Pablo, amigo, hermano, compañero
de soles y mareas, en la dura
y larga singladura del océano,
son tus versos la fuente inagotable
que nutre de espuma mis canciones.
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Querido Walt, maestro, inolvidable
poeta americano, libertario
soñador de la palabra, en tu canto
aprendí el torbellino de la anáfora:
y que un grano de arena es perfecto
y que una hoja de hierba se parece
a una estrella y que las flores son
adornos en los salones del cielo.
La magia de la vida se vertía
como un río desbordado en tus poemas.
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Y así, batalla a batalla, supe
de qué madera están hechos los versos,
de qué hierro forjada su estructura,
qué abismos insondables se estremecen
en el terco vaivén de su locura.
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Y la rima sumaba la emoción,
anulaba, encerraba, aquilataba
el tiempo en tan solo un breve instante,
en la palabra, el sonido, una sílaba
salida de la luz del pensamiento.