Amarse o desaparecer
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Follereau lo espió para encontrar una razón a su felicidad. Y descubrió que todos los días, al amanecer, el anciano leproso se arrastraba hasta la verja de la leprosería y se quedaba esperando. No esperaba la salida del sol. Esperaba a una anciana señora, que tenía el rostro arrugado, pero unos ojos llenos de dulzura. La mujer no decía una sola palabra. Sólo le dirigía miradas llenas de dulzura y las más hermosas sonrisas. Y el rostro de aquel hombre se iluminaba y le respondía también con sonrisas. Después de unos pocos minutos, el anciano se incorporaba y regresaba al pabellón de los enfermos.
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Cuando Raúl Follereau le preguntó quién era, le respondió: Es mi esposa. Antes de venir aquí, me curaba en secreto con todos los remedios que encontraba. Ella todos los días me recubría la cara con una pomada, excepto un pequeño espacio, lo suficiente como para colocar sus labios y darme un beso. Pero me tomaron y me trajeron aquí. Ella me siguió. No la dejaron entrar. Por eso, cada día viene a verme y me hace sentir que me quiere. Sólo por ella vale la pena seguir viviendo. Su sonrisa me alegra la vida y me hace sentirme feliz.
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Follereau fue un profeta que dedicó su vida a visitar a los leprosos. Pero también denunció las lepras de nuestro siglo: el egoismo, la guerra, el hambre.
Agrego: Los Medios de Comunicación y su Periodismo viciado de mentiras.
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Y predijo "Amarse o desaparecer".