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NO TE OLVIDES DE JORGE JULIO LÓPEZ ~~~~ ¿TE ACORDÁS DE LOURDES DI NATALE?NO TE OLVIDES DE LA IV FLOTA, LAS BASES MILITARES EN COLOMBIA, EL GOLPE EN HONDURAS
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El odio

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Eduardo Aliverti
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Sí, el tema de estas líneas es el odio. Planteado así, de manera tan seca y contundente, quizás y ante todo deba reconocerse que es más propio de cientistas sociales que de un simple periodista u opinólogo. Pero, precisamente porque uno es esto último, registra que su razonamiento respecto del clima político y social de la Argentina desemboca en algo que ya excede a la mera observación periodística.

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Hay –es probable– una única cosa con la que muy difícilmente no nos pongamos todos de acuerdo, si se parte de una básica honestidad intelectual. Con cuantos méritos y deficiencias quieran reconocérsele e imputarle, desde 2003 el kirchnerismo reintrodujo el valor de la política, como ámbito en el que decidir la economía y como herramienta para poner en discusión los dogmas impuestos por el neoliberalismo. Ambos dispositivos habían desaparecido casi desde el mismo comienzo del menemismo, continuaron evaporados durante la gestión de la Alianza y, obviamente, el interregno del Padrino no estaba en actitud ni aptitud para alterarlos. Fueron trece años o más (si se toman los últimos del gobierno de Alfonsín, cuando quedó al arbitrio de las "fuerzas del mercado") de un vaciamiento político portentoso. El país fue rematado bajo las leyes del Consenso de Washington y la rata, con una audacia que es menester admitirle, se limitó a aplicar el ordenamiento que, por cierto, estaba en línea con la corriente mundial. También de la mano con algunos aires de cambio en ese estándar, y así se concediera que no quedaba otra chance tras la devastación, la etapa arrancada hace siete años volvió a familiarizarnos con algunos de los significados que se creían prehistóricos: intervención del Estado en la economía a efectos de ciertas reparaciones sociales; apuesta al mercado interno como motor o batería de los negocios; reactivación industrial; firmeza en las relaciones con varios de los núcleos duros del establishment. Y a esa suma hay que agregar algo a lo cual, como adelanto de alguna hipótesis, parecería que debe dársele una relevancia enorme. Son las acciones y gestos en el escenario definido como estrictamente político, desde un lugar de recategorización simbólica: impulso de los juicios a los genocidas; transformación de la Corte Suprema; enfriamiento subrayado con la cúpula de la Iglesia Católica; Madres y Abuelas resaltadas como orgullo nacional y entrando a la Casa Rosada antes que los CEO de las multinacionales; militancia de los '70 en posiciones de poder. En definitiva, y –para ampliar– aun cuando se otorgara que este bagaje provino de circunstancias de época, sobreactuaciones, conciencia culposa o cuanto quisiera argüirse para restarles cualidades a sus ejecutores, nadie, con sinceridad, puede refutar que se trató de un "reingreso" de la política. Las grandes patronales de la economía ya no eran lo único habilitado para decir y mandar. Hasta acá llegamos. Adelante de esta coincidencia que a derecha e izquierda podría presumirse generalizada, no hay ninguna otra. Se pudre todo. Pero se pudre de dos formas diferentes. Una que podría considerarse "natural". Y otra que es el motivo de nuestros desvelos. O bien, de una ratificación que no quisiéramos encontrar.

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La primera nace en el entendimiento de la política como un espacio de disputa de intereses y necesidades de clase y sector. Por lo tanto, es un terreno de conflicto permanente, que ondula entre la crispación y la tranquilidad relativa según sean el volumen y la calidad de los actores que forcejean. Este Gobierno, está claro, afectó algunos intereses muy importantes. Seguramente menos que los aspirables desde una perspectiva de izquierda clásica, pero eso no invalida lo anterior. Tres de esos enfrentamientos en particular, debido al tamaño de los bandos conmovidos, representan un quiebre fatal en el modo con que la clase dominante visualiza al oficialismo. Las retenciones agropecuarias, la reestatización del sistema jubilatorio y la ley de medios audiovisuales. Ese combo aunó la furia. Una mano en el bolsillo del "campo"; otra en uno de los negociados públicos más espeluznantes que sobrevivían de los '90, y otra en el del grupo comunicacional más grande del país, con el bonus track de haberle quitado la televisación del fútbol. De vuelta: no vienen al caso las motivaciones que el kirchnerismo tenga o haya tenido y no por no ser apasionante y hasta necesario discutirlas, sino porque no son aquí el objeto de estudio. Es irrebatible que ese trío de medidas –y algunas acompañantes– desató sobre el Gobierno el ataque más fanático de que se tenga memoria. Hay que retroceder hasta el segundo mandato de Perón, o al de Illia, para encontrar –tal vez– algo semejante. Potenciados por el papel aplastante que adquirieron, los medios de comunicación son un vehículo primordial de esa ira. El firmante confiesa que sólo la obligación profesional lo mueve a continuar prestando atención puntillosa a la mayoría de los diarios, programas radiofónicos, noticieros televisivos. No es ya una cuestión de intolerancia ideológica sino de repugnancia, literalmente, por la impudicia con que se tergiversa la información, con que se inventa, con que se apela a cualquier recurso, con que se bastardea a la actividad periodística hasta el punto de sentir vergüenza ajena. Todo abonado, claro está, por el hecho de que uno pertenece a este ambiente hace ya muchos años, y entonces conoce los bueyes y no puede creer, no quiere creer, que caigan tan bajo colegas que hasta ayer nomás abrevaban en el ideario de la rigurosidad profesional. Ni siquiera hablamos de que eran progresistas. La semana pasada se pudo leer que los K son susceptibles de ser comparados con Galtieri. Se pudo escuchar que hay olor a 2001. Hay un límite, carajo, para seguir afirmando lo que el interés del medio requiere. Gente de renombre, además, que no se va a quedar sin trabajo. Gente –no toda, desde ya– de la que uno sabe que no piensa políticamente lo que está diciendo, a menos que haya mentido toda su vida.

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Sin embargo, más allá de estas disquisiciones, todavía estamos en el campo de batalla "natural" de la lucha política; es decir, aquel en el que la profundidad o percepción de unas medidas gubernamentales, y del tono oficialista en general, dividieron las aguas con virulencia. Son colisiones con saña entre factores de poder, los grandes medios forman parte implícita de la oposición (como alternativamente ocurre en casi todo el mundo) y no habría de qué asombrarse ni temer. Pero las cosas se complican cuando nos salimos de la esfera de esos tanques chocadores, y pasamos a lo que el convencionalismo denomina "la gente" común. Y específicamente la clase media, no sólo de Buenos Aires, cuyas vastas porciones –junto con muchas populares del conurbano bonaerense– fueron las que el 28-J produjeron la derrota electoral del kirchnerismo. ¿Hay sincronía entre la situación económica de los sectores medios y su bronca ya pareciera que crónica? Por fuera de la escalada inflacionaria de las últimas semanas, tanto en el repaso del total de la gestión como de la coyuntura, los números dan a favor. En cotejo con lo que ocurría en 2003, cuando calculado en ingresos de bolsillo pasó a ser pobre el 50 por ciento del país, o con las marquesinas de esta temporada veraniega, en la que se batieron todos los records de movimiento turístico y consumo, suena inconcebible que el grueso de la clase media pueda decir que está peor o que le va decididamente mal. Pero eso sería lo que en buena medida expresaron las urnas, y lo que en forma monotemática señalan los medios.

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Veamos las graduaciones con que se manifiesta ese disconformismo. Porque podría conferirse la licencia de que, justamente por ir mejor las cosas en lo económico, la "gente" se permite atender otros aspectos en los que el oficialismo queda muy mal parado, o apto para las acusaciones. Ya se sabe: autoritarismo, sospechas de corrupción, desprecio por el consenso, ausencia de vocación federalista, capitalismo de amigotes y tanto más por el estilo. Nada distinto, sin ir más lejos, a lo que recién sobre su final se le endilgó a Menem y su harén de mafiosos. ¿Qué habrá sucedido para que, de aquel tiempo a hoy, y a escalas tan similares de bonanza económica real o presunta, éstos sean el Gobierno montonero, la puta guerrillera, la grasa que se enchastra de maquillaje, los blogs rebosantes de felicidad por la carótida de Kirchner, los ladrones de Santa Cruz, la degenerada que usa carteras de 5 mil dólares, la instalación mediática de que no llegan al 2011, el olor al 2001, el uso del avión presidencial para viajes particulares? ¿Cómo es que la avispa de uno sirvió para que se cagaran todos de la risa y las cirugías de la otra son el símbolo de a qué se dedica esta yegua mientras el campo se nos muere? ¿Cómo es que cuando perpetraron el desfalco de la jubilación privada nos habíamos alineado con la modernidad, y cuando se volvió al Estado es para que estos chorros sigan comprándose El Calafate? Pero sobre todo, ¿cómo es que todo eso lo dice tanta gente a la que en plata le va mejor?

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Uno sospecharía principalmente de los medios. De sus maniobras. De que es un escenario que montan. Pues no. Por mucho que haya de eso, de lo que en verdad sospecha es de que el odio generado en las clases altas, por la afectación de algunos de sus símbolos intocables, ha reinstalado entre la media el temor de que todo se vaya al diablo y pueda perder algunas de las parcelas pequebú que se le terminaron yendo irremediablemente ahí, al diablo, cada vez que gobernaron los tipos a los que les hace el coro.

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Debería ser increíble, pero más de 50 años después parece que volvió el "Viva el Cáncer" con que los antepasados de estos miserables festejaron la muerte de Eva.

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Probar otra cosa

Eduardo Aliverti

En coincidencia con la aprobación de la nueva ley de Medios Audiovisuales, estos días que le siguieron son una muestra muy interesante de lo que significan las construcciones mediáticas.

Si es por noticias de valor estructural, ¿qué duda cabe sobre situar en lugar predilecto el inminente proyecto de asignación universal por hijo? Se lo reclama desde hace años por parte de los sectores políticos y sociales progresistas, y recién ahora el oficialismo acusa recibo concreto. La cifra en danza (alrededor de 135 pesos) puede ser o parecer exigua, para más o menos tres millones de menores de 18 años, cuyos padres no alcanzan el salario mínimo o viven en la informalidad laboral. E incluso cabe advertir sobre la necesidad de alcanzar objetivos superadores, como sería la garantía de empleo. Pero instala el debate acerca de los privilegios que deben afectarse para conseguir la plata, que anda cerca de los siete mil millones de pesos. La renta financiera, la petrolera, el juego, el impuesto a las Ganancias, la elevación del mínimo no imponible incluyendo a los jueces y a los obispos. Es decir, un nuevo avance en la estipulación de a qué puede animarse una democracia burguesa. Y del que, por la izquierda, sólo quedarían excluidos quienes entienden que las reparaciones sociales son únicamente alcanzables con una revolución socialista inmediata. En cualquier caso, lo que no debería generar interrogantes es la dimensión del tema que, a su vez, se inserta en el más global aún de cómo se distribuye la riqueza. Se ve que nada de todo esto le resulta apreciable a una aplastante mayoría de la prensa oral y escrita, que obvió la información. Lo mismo, la virtual ignorancia mediática, ocurrió con las sugestivas declaraciones del ministro de Trabajo, que devaluó las posibilidades de otorgar personería gremial a la CTA. Otro aspecto estructural, en el que se juega nada menos que la subsistencia o no de la CGT como única representación de los trabajadores. La cuestión daba, da incluso, para apuntarle cañones al oficialismo en lo que semeja a la táctica de atender simultáneamente la ventanilla progre y la conservadora: por un lado, acercar posiciones con el centroizquierda no K, y, por otro, mantener el apoyo del aparato burocrático sindical. Pero ni eso. La gran prensa relegó o directamente no le dirigió la palabra a ninguno de los asuntos. Lo hará, como lo viene haciendo, en alguna de esas columnas editorializadas que sólo lee la tribuna propia. O, como sucedió con la ley de Medios Audiovisuales, cuando los ítem se conviertan en amenaza franca para sus intereses. Hasta marzo último, al presentarse el anteproyecto de la nueva herramienta regulatoria de radio y TV, las corporaciones del "periodismo independiente" renegaron de brindar todo dato sobre lo que venía suscitándose, respecto del punto, en porciones significativas de la sociedad. Y de golpe, cuando la vocación política de impulsarla se cristalizó, lo ignorado mutó, casi, a elemento monotemático, mezclado con la conmoción que les provocó la caída de su negocio futbolístico. Lo que nunca (les) fue noticia transfiguró a noticia principal.

Por supuesto, ese desprecio por las materias recién citadas no fue reemplazado por el vacío. Consumada la ley de Medios, hubo y habrá reflejos de sangre en el ojo. Se llaman ir a los Tribunales para conseguir dictámenes de inconstitucionalidad. Promesas opositoras de revisar la sanción para congraciarse con El Grupo. Periodistas-felpudo a la orden. Un mastín reaparecido, Elisa Carrió, en defensa de no investigar el origen filial de los hijos de Ernestina Herrera de Noble. Y un enorme operativo destinado a posicionar como decisoria la sospechosa voluntad de la senadora correntina, en una votación que terminó 44 a 24. Pero, con todo, esa batería empieza a parecerse a una procesión que va a llorar a la iglesia. De tal manera comenzó a re-suceder el vértigo informativo disperso, supletorio del carácter excluyente que durante semanas le confirieron a la ley mediática. El espeluznante asesinato de un adolescente, en Tigre, reintrodujo de la noche a la mañana la discusión en torno de "la inseguridad", erigido ya como un clásico de los clásicos del periodismo: aparece y desaparece en relación inversamente proporcional con la ausencia o presencia de noticias políticas mayores. ¿Qué habría acontecido si el hecho se hubiera dado durante la batalla por la ley? Lo mismo que pasó cuando los meses más duros del conflicto con "el campo". Nada. En esos períodos, la inseguridad desapareció de los medios llevando a una de dos conclusiones que, en realidad, pueden ser concurrentes. O el incremento del delito no es lo alucinante que pintan, o cada vez que lo pintan hay detrás objetivos políticos o de artificios mediáticos (que en mirada de largo alcance terminan siendo la misma cosa).

Esa lógica de los desvanecimientos noticiosos y permanentes trepó a una de sus cúspides tras la fiesta de sexo oral a que llamó Maradona. A partir de ese momento, diríase que el país y los medios –o al revés, según quiera determinarse el orden de cómo se ancla una agenda– no hablan de otra trama. Veamos lo objetivable. Un director técnico de fútbol, que al fin y al cabo es antes eso que el principal santo y seña para identificar lo argentino en el mundo entero, brinda una nueva muestra de sus desequilibrios emocionales. Ni un marciano pretendería que el episodio quedara desapercibido; y entre otras razones porque, sin justificar y ni siquiera tratar de comprender a Maradona, es igualmente objetiva la saña con la cual venía tratándolo esa parte del periodismo deportivo a la que invitó a fellatiarlo. El se tiene que hacer cargo, como sus acusados, de estimular un espectáculo caníbal. Ambos viven del sensacionalismo. Pero también lo hace el conjunto periodístico que elevó el tema a problema nacional. E igualmente tienen que hacerse cargo de su frivolidad las gentes que dedican su tiempo, su indignación, sus arrebatos, sus llamadas a las radios, a una pelotudez semejante. Perdón por el lugar común, pero imaginemos toda esa energía "analítica" volcada a las cuestiones prioritarias de la sociedad.

Más luego y más allá de ese hecho en sí, aparece, nueva y esplendorosamente, el desparpajo con que los medios colocan el tema. Si un Maradona y unos periodistas bastan y sobran para que vuelva a desaparecer, por ejemplo, "la inseguridad" (dicho de modo maximalista pero –cree uno– de semántica precisa), quiere decir que hay una conjunción entre lo que inventa/ubica el periodismo y lo que "la gente" debate. Hay que alterar ese paradigma. Es nefasto. Nivela para abajo. Acostumbra. Condiciona. Nos hace obedientes en lugar de rebeldes. Se trata de algo de eso cuando se habla de mejorar la oferta mediática, de abrirse a otras voces, de permitir nuevos actores. Con probar no se pierde nada.

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Se vienen. (Agrogolpe)

Eduardo Aliverti

La única diferencia con otrora es que no cuentan con el partido militar, que siempre les resolvió sus negocios a costa de golpes y terrorismo de Estado. Por el momento, tampoco cuentan con algún fantoche capaz de asegurarles conducción política firme. Pero están en eso. Los impulsan las virtudes populistas del kirchnerismo. Y los ayudan los errores y horrores del comando presidencial.

Para empezar por lo segundo: una cosa es que haya fallas de interpretación política, que las puede tener cualquiera, y otra, que en lugar de simples o hasta severas deficiencias de ese tipo ocurra, directamente, una enajenación de la realidad. Esto es lo que sucede, por ejemplo, cuando Cristina habla de un país donde el kilo de pan no llega a los 4 pesos. O cuando cita al salario mínimo como el más alto de la historia a valores comparativos, con un contexto de 40 por ciento de trabajadores en negro a los que el discurso oficialista no registra nunca. O cuando su esposo se pretende víctima de la "vieja política", en alusión al aparato del peronismo bonaerense que él eligió como aliado, sin ejercitar una mínima autocrítica. Cabe preguntarse si no hay nadie en el entorno kirchnerista que prevenga sobre estos papelones insondables; o si esa gente existe, pero lo único válido es el humor con que la pareja se despierta en Olivos. La tentación es adjudicar estos derrapes a problemas comunicacionales, que vaya si los hay, y muy ostensibles. Pero si se afina la lectura, habrá de concluirse en la obviedad de que la comunicación es efecto antes que causa. Los Kirchner, hoy, comunican no lo mejor sino lo peor de lo que son. Aquello que sirvió en la primera etapa de su gestión, para marcar la cancha desde una autoridad ejecutiva muy fuerte y necesarísima, siendo que partieron de poco más del 20 por ciento de votos en una Argentina desolada y desconfiada, se convirtió en el anverso. No, desde ya, porque se trate de presentar una imagen diluida. Todo lo contrario: la debilidad con que emergieron del 28 de junio impone actuar con un perfil audaz de relanzamiento del mando. Y menos que menos es cuestión de ceder a las extorsiones corporativas, porque eso sería sencillamente su fin ya mismo. No pasa por echar a Moreno, ni por ese Consejo de la Magistratura que no le importa a nadie, ni por caer vencidos ante presiones gauchócratas que redundarían en un desfinanciamiento gravísimo de las arcas públicas. Nada de lo que hagan en ese sentido alcanzará. Nada. Acaban de sufrir los primeros botones de muestra. Presentaron el proyecto para limitar los superpoderes del Ejecutivo, que fue casi la nave insignia de la perorata opositora, y ahora les dicen que el problema no es ése sino los decretos de necesidad y urgencia. Aumentaron el subsidio para los tamberos y les avisan que no es suficiente. Porque no quieren leche, quieren soja. Quieren todo el país tapizado de soja y los tambos son un obstáculo. De manera que no, no pasa por ahí. Pasa porque en lugar de fugar hacia adelante lo hacen para atrás. Se encierran en sí mismos. No convocan a los aliados naturales y potenciales, más que para diluirlos junto con la derecha en un escenario de "diálogo" protocolar que sólo se impuso para ganar tiempo. No concretan ni muchas ni algunas de las iniciativas reactivadoras que anunciaron, como el despegue de créditos para la vivienda o el fomento a las pymes. Sólo se sostienen, en términos de política salarial y paz social consecuente, con la efectivización (dato nada menor, claro) de las paritarias. Hay la sensación de que quieren mucho más subsistir que revivir, bien que no a como sea sino conservando rasgos de verba y accionar progresistas que, sin embargo, corren riesgo de dilución.

Buen momento para que sobrevengan unas preguntas retóricas. ¿Es por algo de todo esto y de sus adyacencias que se putea a los Kirchner? ¿Son la arrogancia de Cristina y las desmesuras estilísticas de su marido lo que irrita a campestres, medios, obispos y tilingos de la City, de barrio o de apellido compuesto? ¿Es Morenolandia lo que desata la furia de formadores de precios que los forman como más les place en la inflación real? ¿Así que ahora la derecha se preocupa por la independencia de los jueces? ¿Se estrechan los contactos entre Cobos y De Narváez porque los inquieta la salud republicana? El geométrico crecimiento de la fortuna del matrimonio, el avión y el barco usados por el ex secretario de Transporte, las andanzas con los empresarios amigos de juego y constructoras, ¿son lo que enardece a los opositores de negocios con el Estado, de prensa a su servicio, de traición a la fuerza que los incluyó en una fórmula presidencial? Qué extraordinario. Es tan notable, que hasta algunos de los propios partisanos agromediáticos tuvieron que ponerle paño tibio a lo sucedido la semana pasada en la "asamblea" de productores de la Rural, a pura ropa típica de tonos cuidadosamente opacos mientras sus mujeres recorrían el predio con sus botas tejanas de carpincho y sus sacones de zorro colorado canadiense. Igual que la puta montonera que nos gobierna con su glaciar y sus collares, dirán el cogotudaje y su coro de comadres y compadres de batón mental, pierden de vista que llorar la Biblia con el calefón no se trasunta de la misma manera. Gritaron, allí, en la Rural, en la sede del golpismo, que el campo no da más, que no hay que transar nada, que Martínez de Hoz se merece un monumento y que el agro tiene que conducir la "transición" hasta 2011. Fue tan un show de la patota sojera que, después, el tránsfuga de Buzzi y algún otro intentaron bajar un cambio, porque se percataron la imposibilidad de no coincidir con la descripción de lo ocurrido como el comunicado número uno de la Junta Militar.

Un Gobierno de palabras más encendidas que eficaces, pero con ciertos apliques ejecutivos de centroizquierda, ha desatado esta furia. Sólo con eso. Es el conjunto lo que no aguantan. Dentro de él hay ingredientes a los que ya están resignados, aunque nunca del todo. Las retenciones, el acomodo del dólar a valor de sus fauces, el retiro del Estado hacia un rincón de bobo contemplativo como no sea para proteger su seguridad a tiro limpio, son las aristas principales de una rabia de clase que tampoco digiere a los milicos en cana; los enfrentamientos con la Iglesia; el ¿todavía? intento de regular a los tiburones mediáticos; una política exterior alejada de la órbita del Imperio. Y jamás perdonarán la reestatización del sistema jubilatorio. Jamás.

Más vale que los K empiecen a articular un arco de alianzas amplio. Debería incluir con inteligencia a porciones del radicalismo que, por lo bajo y (más por lo bajo aún), conscientes de su histórica incapacidad para gobernar, andan asustados con lo que se viene si esta derecha, hoy sin más timón que la facción agraria y las corporaciones de prensa, encuentra un horizonte de liderazgo.

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El testaferro

Eduardo Aliverti

¿Hay antecedentes, en este país, de procesos electorales en los que un factor externo es puesto sobre la mesa como elemento central?

Es probable que no. O que deba retrocederse, tirándolo muy de los pelos, hasta "Braden o Perón". Sería forzado porque, en aquella época ideologizada de mediados del siglo anterior, la referencia a optar entre lo que significaba el embajador yanqui y el todavía incipiente líder de masas remitía a hacerlo entre dos modelos de país. Uno que se basaba en anclarse como satélite del también flamante imperio estadounidense, para alcanzar estadios de desarrollo; y otro que apostaba, o decía hacerlo, a una concepción autónoma. Algún kirchnerista ultra podrá afirmar que hoy se juega lo mismo con todas las diferencias del caso, pero lo cierto es que este tiempo no tiene tantas pretensiones épicas (más bien ninguna). Como sea, y para no entrar en polémicas bizantinas que los argentinos todavía no resolvieron ni quizá resuelvan nunca, esa antinomia de los '40 era mucho más contundente que la de ahora, cuando si se va un tanto para acá o un tanto para allá parece quedar resuelto en "Gran Cuñado". Y además, todo era entonces bastante, o demasiado, más sincero y sencillo. Se estaba de este lado o del otro, y no se recurría a artilugios como los que acaban de situar a Venezuela cual medida de lo que podría ocurrir aquí si los K son ratificados en las urnas. "Artilugios" es, en realidad, un término muy modesto para referirse a una de las maniobras más tramposas de que se tenga memoria. Puede vérsela cual episodio de construcción de sentido y/o como táctica electoral directa, porque se aúnan intereses de los factores de poder económicos con objetivos opositores, a fin de advertir sobre el peligro inminente de una ola estatizante que se comerá a los chicos crudos. No parecería buen momento para asustar con ese ogro, visto el renacido papel intervencionista que el Estado tiene en los países centrales. Pero en campaña todo vale y si sale mal después no se acuerda nadie.

Hugo Chávez anunció hace un par de años que entre sus objetivos figuraba crear un polo sidero-metalúrgico estatal; y hace menos que empezó a ratificarlo en los hechos, al nacionalizar una de las empresas-madre del sector, "del" grupo Techint. Para empezar no a ponernos de acuerdo sino, simplemente, a certificar datos, Techint es hoy parte de un holding internacional con base decisoria en Luxemburgo. Allí opera el emporio angloindio Arcelor Mittal, que controla el negocio del acero en Europa con inversiones en la Federación Rusa, Egipto y los mismísimos Estados Unidos, y al que se suele vincular a Techint. En cualquier caso, los accionistas argentinos, descendientes de la familia Rocca, tienen una participación minoritaria. Por lo tanto, hablar de Techint como "empresa argentina" es, por lo menos, un apunte no exento de humorismo. De todos modos, así se conceda que se trata de un polo empresario en el que "lo nacional", como muy eventual burguesía ídem, tiene mucho de potencia simbólica (esto también pretende tener dosis de humor), es inconcebible que la nacionalización de algunas empresas en Venezuela haya desatado acá semejante reacción corporativo-mediática. Como si fuera cosa de que la Argentina se bajó los pantalones ante una potencia extranjera, por no defender intereses que ni siquiera son propios. Todas las cámaras patronales, todos los voceros periodísticos del establishment, toda la derecha junta como nunca se vio de mucho tiempo a esta parte, todos juntos contra Chávez para pegarle a los K en un tablero que debiera ser algo más limpio y que, a decir verdad, fue contaminada por los propios K gracias a martingalas como las de las candidaturas "testimoniales", entre otras. O sea: es una campaña lo suficientemente ensuciada, aunque tal vez no más que otras, en la que finalizan habilitadas pelotudeces tales como usar de ariete a un monstruo chavizante.

Resulta, sin ir más lejos, que ese mismo esperpento, Chávez, acaba de conseguir un acuerdo con Lula, estimado en alrededor de 4 mil millones de dólares, para que los brasileños financien proyectos de inversión de sus empresas, en Venezuela. Se dejó trascender, no sin insidia, que el arreglo es a cambio de que Caracas jamás tocará los intereses de las compañías brasileñas. Pero, claro, en primer lugar son efectivamente sociedades del país inversor. Y en segundo, los venezolanos tienen derecho a hacer lo que mejor les parece, tanto como en su momento asistieron a la Argentina comprándole bonos del Tesoro para prestarle un financiamiento del que carece al cabo del default. La salvedad es que no exigieron, en canje, que los argentinos se ataran a programa de ajuste alguno. Ahí es donde queda destruido el discurso de la derecha acerca de que el Fondo Monetario, o cualquiera de los organismos-ladilla de los Estados Unidos, habrían cobrado más barato. El problema es que estas densidades se subsumen en fuegos de artificio. Por caso, el kirchnerismo se defiende apuntándole a Techint que depositó en el exterior la primera cuota indemnizatoria del gobierno venezolano por la estatización de Sidor. Y deja, como si tal cosa, el flanco de que Santa Cruz nunca retornó al país la plata que mandó afuera durante la crisis de comienzos de siglo. El gobierno argentino funciona así, a la deriva del humor con que se despierten en Olivos o El Calafate. El rumbo-macro puede ser correcto desde una perspectiva progresista, pero las ínfulas personales lo contaminan hasta el extremo de ponerla en (serio) riesgo. En medio de esos cruces temperamentales retroalimentados entre unos y otros, se relativiza que el tema de fondo es que el accionar de Venezuela estaba anunciado con larga antelación; que no hay de por medio una empresa argentina; que aun cuando la hubiera rige el derecho soberano de un Estado extranjero; y, sobre todo, que la alianza estratégica con Chávez, si es que en verdad es eso con el objetivo de estimular un cabo de articulación sudamericano, está demasiado por encima de los negocios de Techint. Para volver a los brasileños, y sin que esto suponga adherir a cierta visión casi idílica de sus políticas de Estado y de cómo logran mantenerse al margen de sus turnos gubernamentales (aunque algo de eso hay): Lula insistió, ahora mismo, en pedirle al Senado de su país que apruebe el ingreso de Venezuela al Mercosur. Hay una pinta de carácter estratégico, en torno de para dónde salir disparados, que guarda distancia abismal con los eternos cipayos de la presunta burguesía argentina.

Es poco serio, en obvia síntesis, el revuelo que se armó por las estatizaciones de Chávez. Y más lo es que se las relacione con alguna meta parecida por parte del gobierno nacional, como si aquí estuvieran en juego situaciones similares a las del venezolano. Deberían inventar algo mejor que usar a Chávez como testaferro de sus intenciones.

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Campaña completa. Medios de incomunicación.

Eduardo Aliverti

La definición más plebeya de "falacia", no por eso desacertada, consiste en que una mentira se transforma en verdad a sabiendas de que es lo primero.


En lo que va de la campaña electoral ya se acumula mucho de esa estratagema y, valga la obviedad, que esté lejos de ser novedoso no significa que deba dejar de señalárselo. Sobre todo, porque en ese montaje no sólo están involucrados las fuerzas y candidatos "explícitos" sino también –y más aún– los intereses ideológicos y corporativos de los factores de poder. Entre ellos, el dichoso periodismo "independiente". Observemos el siguiente dúo de falacias, con la manifiesta aclaración de que no se las pretende únicas ni, tal vez, las más contundentes. Mejor todavía si cada quien agrega su lista, porque significaría una contribución a lo que nunca debería faltar: pensamiento crítico.


A juicio del firmante, sí debe figurar a la cabeza, como el más ostentoso de los embustes, el discurso en boga sobre qué se hace con "la plata de los jubilados". Por empezar, esa figura simplificadora es una falacia en sí misma, porque la plata no es "de" sino "para" los jubilados, en tanto no se trata de cómo figura en alguna cuenta individual –que no existe– sino de la administración del régimen previsional. De lo contrario, estaríamos hablando de fondos intocables en lugar de que el descuento jubilatorio es un salario diferido que, hasta el momento de ser efectivizado, concurre a la provisión de la seguridad social general por parte del Estado. Es lo que se conoce, como bien recordó el colega Alfredo Zaiat en su artículo de este diario del domingo pasado, como (esquema de) solidaridad intergeneracional: los trabajadores activos de hoy aportan para el pago de haberes de los pasivos, y mañana sus respectivas retribuciones serán aportadas por otros trabajadores, y así sucesivamente. Pero además de eso, que el Estado disponga de tales fondos es lo que le permite contar con recursos para activar la economía mediante políticas de intervención. Esa actuación en el quehacer económico, y nunca la intangibilidad de la plata recaudada, es uno de los aspectos clave para garantizar la solidez financiera, a fin de que quienes van jubilándose cobren efectivamente lo que difirieron. Es increíble que pueda caber en alguna cabeza que no debe tocarse "la plata de los jubilados". Pero por lo visto, cabe en varias. Bajo ese criterio, viviríamos en un sistema capitalista estrafalario (no sería capitalismo, en realidad), en el que, en lugar de movilizar el dinero para darle capacidad de ahorro y sustentabilidad, se trataría de congelarlo por los tiempos de los tiempos. ¿Alguien imagina a alguno de los gurúes liberales recomendando semejante disparate? No, porque lo que sí hicieron, con el aval de los conservadores y de las corporaciones mediáticas que hoy se escandalizan por el retorno al sistema de reparto, fue precisamente recomendar que los aportantes dejasen sus fondos en manos de entelequias especuladoras. Y ahora resulta que los estafadores de las AFJP/que mandaban "la plata de los jubilados" a los fondos de inversión fantasmas/que descuajeringaron a los países centrales/que andan reestatizando porque de lo contrario se les pudre el rancho, vienen a decirnos que el Estado les mete la mano en el bolsillo a los jubilados. Fenomenal y por dos vías, una peor que la otra: la impudicia de estos sinvergüenzas y la capacidad de tanto tilingo, parecería, en aptitud de volver a creerles. Alguien dirá, con el derecho conferido por la experiencia política de este país, que el Estado no es confiable. Vale, pero es una discusión posterior, nunca previa, relacionada con los mecanismos de control y el compromiso social que se implementen y adquieran. En cualquier caso, lo que no se puede creer es que, en medio de la fresquísima memoria de lo sucedido con la jubilación privada, haya la arbitrariedad de hablar, orondamente, acerca de los riesgos que se corren con la jubilación estatal. ¿Dónde estaban estos tipos cuando el festín de los '90? ¿Nadie se lo pregunta o hay temor por la imagen que devolverá el espejo?


El segundo ardid obra por "omisión". Son los negocios directos que se juegan frente a la propuesta de una nueva ley de radio y televisión. Si respecto de la cuestión jubilatoria todo se muestra ostensible, el vacío informativo sobre el proyecto de medios audiovisuales es una ignominia, lisa y llanamente. Ya se efectuaron decenas de foros y debates abiertos, en todo el país, para discutir el tema. No resulta ni por asomo un hecho de masas pero, de mínima, está a la par de cualquiera de esos simposios de cuello blanco en los que periodistas, voceros y economistas del establishment se juntan a recomendar cómo ganar más plata. No se publica una sola línea ni se usa, casi, micrófono o cámara alguna siquiera para darlo a conocer. Ni apenas eso. Podrían, nada más que por falsa elegancia ética, reproducir unos párrafos de la idea y después ampararse en haberla difundido para dar por cubierto que el pueblo fue informado. La dosis de ingenuidad de quien firma es, quizás, muy alta. Basta algo tan elemental y de ejecución corriente en los países desarrollados, como recortar la cantidad de licencias radio-televisivas para un mismo permisionario, abrir el espectro a organizaciones sociales sin fines de lucro, intervenir en el acceso a la producción y distribución de contenidos culturales, para que en Argentina se cite la probabilidad de una ley-mordaza contra la prensa. Hablan de lo que no informan nunca. Revalidan a Chesterton, en aquello de que el periodismo consiste en informar que lord Jones ha muerto a gente que jamás se enteró de que lord Jones estaba vivo. Por supuesto, lo de "omisión" tiene un poco de chascarrillo. Es cierto en el caso de los programas periodísticos o de "interés general", de la radio y la tevé, que directamente produjeron un apagón sobre el asunto. Pero en la prensa escrita, que continúa siendo la que le marca al resto lo que conviene decir y callar, las únicas voces que se leen son de las del arco empresario de los medios y de unas pocas figuras de la oposición, a las que es imposible encontrarles una sola crítica técnica, fundamentada, sobre la propuesta de ley.


La particularidad de estas falacias es que no se las considera como parte de la campaña electoral. Uno quisiera creer, pero le cuesta mucho, que "la gente" se da cuenta de que en el proselitismo participan todos los centros de poder y no sólo los candidatos que salen por la tele. Es más que eso, en verdad: todos los que no están viven de campaña en aras de sus intereses sectoriales, todos los días, para fijar la agenda de la sociedad.


Lo que a lo sumo ocurre durante los períodos electorales es que lo refuerzan, para que los anotados tomen nota de cuáles poderes se mueven detrás de esos intereses.

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La disputa. Por nuestra salud mental, nueva ley de radiodifusión urgente, por favor.


Eduardo Aliverti

Se definen los escenarios. Pero, ¿no hay que discernir primero qué se entiende por "definición"? ¿Hay varios escenarios? ¿O hay uno solo?


El aval parlamentario al adelantamiento electoral desató en los medios una excitación previsible, dedicada a escudriñar las movidas ajedrecísticas de los candidatos reales o potenciales. Es un ejercicio entretenido. Tiene un componente lúdico que lo emparienta con esos juegos en los que se avanzan o retroceden casilleros, o asignan puntajes, de acuerdo con el azar y la capacidad de análisis táctico. ¿Será del todo cierto que Carrió se baja de la lista porque sus aspiraciones presidenciales no encajan con un eventual derrape frente a Michetti, y que en consecuencia corre nomás el riesgo de subir al primer lugar a un descremado como Prat Gay? ¿Hay por abajo de la mesa un acuerdo entre Carrió y Macri, destinado a preservar las chances de la primera para dentro de dos años y/o a que Maurizio se recluya en su hacienda porteña hasta ver la evolución de los acontecimientos? ¿El oficialismo terminará cerrando con Reutemann y eso le impedirá padecer un Waterloo santafesino? ¿Cuáles son las consecuencias de que en Córdoba se hayan dividido Juez y los radicales, y de que el PJ marche por un lado y el Frente para la Victoria por otro, transformando en cuatro partes las que iban a ser dos? ¿Tan torpe habrá de ser el espacio progre de la Capital como para exponerse a una paliza histórica si no ofrece una única opción contra Macri? Solá como segundo, ¿le suma o le resta al espacio anti K, al computarse que De Narváez es un recién llegado al peronismo? Y Kirchner jugado como cabeza bonaerense a fin de asegurarse el segundo cordón, ¿alcanza para un triunfo contundente o sería mejor que evitara el desgaste, con las derivaciones de la crisis internacional aún por verse, y se reservara como carta plebiscitaria para las presidenciales del 2011? Entre otras varias, son preguntas atrapantes para el mundillo de quienes se interesan por el entretejido de la construcción del poder. Y, quede bien claro, tanto como atractivas son necesarias porque sostener lo contrario implicaría caer en el absurdo de que la discusión política puede saltearse los cálculos, los sapos a tragar, las especulaciones, las alianzas circunstanciales, el amigo de hoy que es capaz de ser el enemigo de mañana. La actividad política conlleva iguales méritos, miserias y contradicciones que cualquier campo de las relaciones humanas. Colegir algo distinto es colgarse de ese discurso berreta, bruto, grasa, que inunda las radios y los diálogos rápidos de entrecasa o con los movileros, en la cínica pretensión de que la política sea un ámbito impoluto, extraterrestre, donde sólo contaría el bien de los demás. Sin embargo, la misma firmeza para resaltar obviedad semejante debe aplicarse a la convicción de que todos esos interrogantes imposibles de gambetear, propios del tacticismo político y mucho más en medio de un clima electoral, no varían que el escenario ya está definido más allá de cómo se los responda. Esto es: hay algunas opciones dentro de una misma variante de derecha; y hay algunas otras dentro de una que, con muchísimo esfuerzo y viento a favor, podría caracterizarse como de centroizquierda. Pero además, o sobre todo, debe comprenderse que esas alternativas están lejos de ser solamente electorales, porque, si no, hay la rígida ridiculez de creer que los únicos actores intervinientes son las fuerzas y figuras que participan explícitamente en los comicios (los próximos o cualesquiera).


Si se va para un costado o para el otro lo disputamos los medios y los periodistas con cada una de nuestras acciones y opiniones, y ni qué hablar si está en danza cambiar la ley que rige a la radio y la televisión. Lo disputan las luchas gremiales, sociales y sectoriales que ojalá estuviesen más claramente politizadas. Lo disputan los ruralistas con sus paros y sus cortes de ruta y su promesa de volverse al campo (que muy buena parte de ellos hace rato no frecuenta) si dejan de tocarles el bolsillo. Lo disputan los intelectuales según lo que digan o dejen de decir. Lo disputa el Episcopado con su cara de yo no fui mientras habla de la desintegración nacional. Lo disputa el rabino Bergman como nuevo mascarón de proa de la mano dura, junto con los faranduleros del menemismo.


Hay entonces un escenario irritado, de mucha violencia verbal, donde ninguno de los contendientes está en aptitud de tirar la primera piedra respecto de cómo se contribuyó a generarlo. Kirchner crispó desde un primer momento y continúa convulsionando; al igual que Carrió con sus profecías apocalípticas; que el mandamás del diario La Nación amenazando en tapa con un pliego de condiciones a las pocas horas de asumido aquél; que Eduardo Buzzi en su invitación a "desgastar" al Gobierno; que obispos con ganas de tirar ministros al mar con una piedra atada; que campestres y vecinos de Santa Fe y Callao con pancartas de "Cristina puta y guerrillera". Habemos aquellos a quienes nos tiene sin cuidado esta temperatura retórica, que atraviesa toda la historia argentina excepto en los períodos en que la derecha gobernaba a través de sus columnas militares hoy reemplazadas por el poroto transgénico, como dice Rubén Dri, y por las armas de la tinellización mediática. Y hay quienes se espantan en la presunción de que el encono expresa la imposibilidad de superar antinomias inútiles, que sólo sirven para descarrilar al país de las vías del mundo desarrollado.

Los primeros suponemos disponer de claridad ideológica para darnos cuenta de que si no hay disputa agresiva no hay realidad, y que el frente que se conforma hacia la derecha no deja lugar para medias tintas. En todo caso, puede discutirse si la dosificación de esa agresividad es la adecuada. Y si conduce a buen puerto vehiculizarla sin más red que lo decidido a suerte y verdad en una habitación de Olivos o de El Calafate, como si la complejidad nacional fuese similar a la de comandar Río Gallegos con aires de patrones de estancia. Pero nos parece tener claro que hay, que somos, una murga (literalmente eso, una murga), enfrentada o con disposición a tal cosa contra los intereses del poder económico más concentrado, del bloque agrario rentístico, de la restauración conservadora, de la Iglesia y de los medios de comunicación que representan –y protagonizan– a todo eso.

Y los segundos vendrían a ser los que, de buena o mala fe, creen que lo mejor es un país modosito, con la tierra barrida debajo de la alfombra y sin poner en debate ninguno de los aspectos que hacen a la distribución de la torta. A esto es a lo que se le llama tener "calidad institucional", por ejemplo. Significa carecer de interferencias, o bien autoinfligírselas, para no hallar obstáculos en la defensa de sus réditos.

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Ahora o tal vez nunca. Nueva ley de radiodifusión UREGENTE por nuestra salud mental

Eduardo Aliverti

Las siguientes líneas versan sobre un tema que a la mayoría de esta sociedad le importa un pito. Aclarémoslo de entrada, porque de lo contrario habría quienes puedan pensar, con todo derecho, que el periodista perdió relación con la realidad. O por lo menos, con la realidad que le interesa a esa mayoría.


Los factores de ese desinterés son diferentes pero concurrentes. Más a muy pocos que a muchos puede ocurrírseles ubicar en un lugar privilegiado de sus inquietudes cotidianas el punto de quiénes manejan la radio y la televisión. Y si acaso es modificable. Es un tema al que pueden dedicarse quienes tienen resuelto con alguna comodidad las urgencias coyunturales. También es cierto que, para que la cuestión pudiese alcanzar algún nivel de atracción popular o clasemediera (sobre todo esto último), se necesitaría que los medios habilitasen su difusión y debate con el mismo encomio que le dedican a los profundos pensamientos de Susana Giménez, a la batalla de egos entre Riquelme y Maradona o a que sus periodistas circunspectos pongan cara de "qué nos pasa a los argentinos", sólo por ejemplo. Y, sobre llovido mojado, hay una crisis internacional de la hostia, elecciones adelantadas, ruralistas otra vez de paro y en las rutas, rabinos que comparan a Kirchner con Nerón, curas que convocan a la pena de muerte y, en fin, un clima generalizado de expectativas desfavorables. Por tanto, el intento de someter a discusión pública el proyecto de nueva ley de comunicación audiovisual tiene tanto de loable como de destino dudoso, por fuera de algunos ámbitos muy específicos. Los multimedios, y alguno muy en particular, no quieren saber absolutamente nada de debate alguno porque, aun cuando saliesen airosos en los números parlamentarios, el sólo hecho de abrir un cotejo de ideas dejaría desnudos sus intereses corporativos. Algunos obrarán ninguneando y otros, como ya ocurrió esta semana, saldrán con los tapones de punta a decir que se trata de amordazar a la prensa y/o que, en todo caso, el momento de crispación que se vive no es lo más adecuado para discutir qué se hace con la radio y la televisión. Nadie saldrá a decirles que hace 25 años que "no es el momento", y si sale lo ignorarán. La batalla, entonces, se dirimirá en el Congreso si es que la propuesta aterriza allí, con el enorme riesgo de que tanto legislador sensible a los generosos aportes críticos de los medios independientes termine tumbando la ley. Si en la reyerta por la 125 jugó la especulación de con qué cara volverían a sus ciudades y pueblos en caso de no acompañar al "campo", imaginemos el frío que les correrá por la espalda de sólo pensar lo que les espera si votan en contra del interés de los emporios mediáticos. En síntesis, se sale con dos o tres goles abajo, desde el vestuario, por la enormidad de una correlación de fuerzas desfavorable, en la que se conjugan el poder de una prensa virtualmente monopólica con la flaquísima percepción social acerca de que los medios de masas son decisivos en la determinación de cómo se vive, de qué se consume, de cómo se piensa, de qué se actúa. Y todo esto, sin contar siquiera como hipotético que el oficialismo, más allá de que la propuesta está muy bien elaborada, no esté dispuesto a que la ley pueda ser usada como prenda de cambio para favores electorales.


Bajo semejante panorama hay dos probabilidades: taparse con la frazada de la cabeza a los pies porque no se advierten chances objetivas de continuar avanzando, o dar la pelea en la seguridad de que merece ser dada, porque los medios son una herramienta estratégica de cualquier construcción política que se precie de tal. El firmante no comparte que la única lucha que se pierde es la que se abandona. Se lucha y se pierde tranquilamente. Pero es irrebatible que nunca se gana si jamás se lucha, y ésta es una lid que se justifica. Sería espantoso que los kioscos narcisistas de la progresía política e intelectual le sacasen el cuerpo a que, tras un cuarto de siglo, pueda derrotarse a la ley que los milicos y sus amanuenses civiles (es al revés, en realidad) nos dejaron como rémora casi invicta, como no sea por modificaciones que encima sirvieron para profundizar sus negociados de comunicación concentrada. Sería lamentable que la izquierda no comprendiese como tácticamente imprescindible el consolidar un campo de acción mucho mejor que el actual, para desarrollar un crecimiento concreto a través del manejo mediático. Sería imperdonable seguir recluidos en divagues retóricos, a la espera de la revolución proletaria universal, en lugar de aprovechar para ocupar lugares. Sería todo eso porque ratificaría que la vocación de poder se acaba en proyectos personalistas, y en acaparamiento de tribus de centros de estudiantes de la facultad, y en dar conferencias. Sería todo eso porque avalaría que lo progre y lo rebelde no sabría qué hacer con medios de comunicación propios y afines, por falta de capacitación pero, antes, por ausencia de claridad conceptual.


¿Qué carajo puede cuestionársele, con honestidad ideológica, a que dos tercios del espectro de radio y televisión puedan quedar en manos del sector público, de organizaciones sociales, de universidades, de cooperativas, de sindicatos? ¿Cómo se hace para no estar en contra de que un único permisionario tenga en la misma zona de influencia el diario, la radio, el canal abierto, el canal de cable? ¿Cómo hacemos para oponernos a que haya la posibilidad de que el fútbol no sea un gueto pago manejado por una corporación de atorrantes? ¿Qué decimos? ¿Que no hay que hacerle el juego al kirchnerismo? ¿Y qué cazzo nos tiene que importar el kirchnerismo, que al fin y al cabo no es más que una circunstancia de la disputa interburguesa, si quedan favorecidas condiciones objetivas de ocupación de espacios? Pero más que eso, en lógica de carácter transitivo: ¿entonces le hacemos el juego a Clarín, para ejemplificarlo con alguna cabeza de turco emblemática? ¿Eso vamos a hacer? ¿Vamos a detenernos para siempre en que este mismo gobierno es el que le renovó la licencia televisiva a ese grupo, y el que visteó la fusión de sus empresas de cable, y el que se dio cuenta recién ahora –como la rata en su momento– de que sale muy caro lo barato de comprar medios y periodistas como concepto de política comunicacional? Vamos: se puede reparar en eso para no comer vidrio, pero no paralizarse en eso. Porque quedar paralítico ahí es ser funcional a los intereses del sistema.


Siempre Gramsci, después de todo. Con el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. La inteligencia da, para volver al comienzo, que esto le importa más bien a nadie. Y la voluntad es la inteligencia de que hay que aprovechar. Aun si se pierde, será mejor que haberse dedicado a masturbaciones de sectas y proyectos individualistas.

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El guión de la realidad


Eduardo Aliverti

Las movidas ajedrecísticas en el tablero electoral pusieron una pausa de última hora que será solamente eso, una pausa, en el curso de una sociedad que a través de la acción multimediática ya venía en campaña desde el retorno veraniego. Las especulaciones, las críticas de unos y otros, las lupas más precisas sobre los candidatos potenciales serán un suspiro al cabo del cual, salvo por un algún imprevisto, se volverá a unos escasos ejes temáticos que retomarán el dominio de la escena.

¿Qué cuenta hay que sacar cuando se habla nada más que de unos pocos temas muy puntuales? Sencillísimo: la de cuáles otros se ignoran. ¿Así de fácil? No, por lo visto o por lo que se intuye. Que cada quien conteste preguntas como las siguientes, que de tan elementales generan mucho pudor al formularlas. Y que se limitan a recorrer el tratamiento periodístico de esos temas.

¿Por qué será que no se lee ni escucha a experto alguno respecto de la ola de inseguridad que viven los porteños y los habitantes del conurbano bonaerense (demos por sentado que efectivamente pasa eso; o sea: no nos permitimos dudar ni por un instante de que estamos, en efecto, en el peor de los mundos)? ¿Por qué será que quienes lideran lo que dice sobre el punto la "opinión pública" –a sus anchas en la acepción de que eso es la suma de las opiniones que se publican– son Susana Giménez, Marcelo Tinelli, Sandro, Moria Casán, Mike Amigorena y, caramba, ¿Luis Alberto Spinetta? ¿No hay ningún artista ni figura de renombre que piense lo contrario? ¿Ninguno? ¿Puede ser que absolutamente ninguno? ¿Puede ser que nadie, pero nadie, se acuerde de que durante los largos meses del pico conflictivo con "el campo" desaparecieron de los medios todos los asesinatos habidos y por haber? ¿Y es probable que tras haberse destapado la conexión entre laboratorios farmacéuticos y "ruta de la efedrina", y entre mafias policiales y un ¿secuestro? resonante, la policía aparezca repentinamente como víctima casi principal del estado de las cosas? ¿Sí? ¿Es probable?

¿Y es fehaciente como casualidad que el asentamiento de este clima denso, muy denso, se dé justo cuando por fin se decidió presentar el proyecto de una ley de radio y televisión que acabe con la pornografía de estar regidos por la sancionada en la dictadura? ¿Es concebible que no haya un solo periodista, un solo intelectual, un solo analista, casi ni siquiera para disimular que hay alguito de honestidad profesional, capaz de rebatir técnicamente la propuesta? ¿Ni uno solo hay, como para que todo se remita a ponerles altoparlante a Gerardo Morales, Patricia Bullrich y Federico Pinedo, entre otros connotados especialistas en el área? ¿Ni uno solo hay en ninguno de los diarios, radios, canales abiertos, canales de cable, portales, de todos los medios de las grandes corporaciones? ¿Y es verosímil que se haya producido sólo por esas cosas de la vida la aparición del secretario del Episcopado, para afirmar que la corrupción está "institucionalizada"? ¿Justo ahora tiene el monseñor la ocurrencia de aparecer para decir eso?

El Gobierno también se cuenta, y vaya cómo, entre quienes no contribuyen a entender nada, haciéndole el juego a la des-conciencia. Un oficialismo que se autovictimiza cargándoles a terceros, sin un gramo de autocrítica, la factura de los ataques que sufre. Lo que hizo Kirchner en Catamarca –sólo por tomar un dato de la coyuntura– es inenarrable, pero no porque lo sucedido en esa provincia vaya a ser decisorio respecto de nada en términos electorales. Es porque actúa como un angurriento coyuntural. Pierde de vista que cualquier cálculo que haya sacado, como para aliarse con Saadi y Barrionuevo, debe medirse con cómo influye lo que hace no sólo hacia mediano plazo, sino en torno de las grandes batallas conceptuales que se libran en el corto. Probablemente, su cuenta haya sido que ese acuerdo con semejantes impresentables le permitió subsistir en la repartija parlamentaria provincial; y que los muchos miles de votos perdidos en la escenografía nacional habrá de recuperarlos porque, finalmente, el voto progre le será fiel. Mentira. Los progres no son fieles en este país y la unión con esos mostrencos es susceptible de volcarlos hacia Carrió o cualquier opción de derecha "presentable". Esa irreflexividad lo llevó a comerse con plus las portadas en contra, y en consecuencia a todas las radios y canales que obedecen a esas portadas. Supongamos que su matemática política le da que, de todas formas, los medios lo harán pelota. Y que por lo tanto, perdido por perdido, es mejor jugarse a todo o nada. Es válido, pero, ¿con quiénes se juega así? ¿A quiénes moviliza de su lado? ¿Con quiénes articula? Con nadie o muy pocos, parece, como no sea la construcción de un Gran Relato de "nosotros contra ellos" reposado en nada más que él y Cristina. Simplifiquemos: chocar contra Clarín y La Nación y la Sociedad Rural & Cía., más Susana y Tinelli y, encima, el espectacularismo mediático global de que se pudre todo, es respaldable a dos manos pero requiere de inteligencia, cuadros políticos y vocación movilizadora. ¿Se dedican a eso los K? ¿O sólo quieren protagonizar luchas de estrellato progre personal?

Pero bueno: ésa es una disquisición que viene dialécticamente paralela o, a posteriori, de si primero esta sociedad tiene claro que el ridículo debate sobre la pena de muerte no lo puede conducir Cacho Castaña. De si entiende que asustarse y sufrir por los delitos no se arregla con salir a ajusticiar con sangre y fuego a cualquier morocho que ande por ahí. De que la policía es parte del problema y no de la solución, como elemento constitutivo de la represión de clase y de la corrupción que ignoran los obispos. Los medios han logrado legitimar un discurso, mediante el cual ocultan que, además o en lugar de reflejar la realidad, la producen. Lo hacen a través de una construcción de sentidos por la que, sin ir más lejos, uno mismo se pone a escribir para retrucar a esa bajada de línea hegemónica, que no es otra cosa que la lógica de la dominación porque los medios no son otra cosa que el poder mismo. ¿Cuántos y quiénes reparan en eso?

Hay un chiste que de tal no tiene nada, adjudicado a diversas fuentes según la navegación y recepción por Internet que cada quien escoja. Resulta que Evo Morales y Bush (a este último habría que cambiarle el nombre pero no el simbolismo) se quieren juntar a solas. Lo hacen en un bote en un lago sudamericano, pero los medios se enteran y miles de periodistas de todo el mundo se ubican en la orilla. A Bush se le vuela el sombrero texano y Evo salta del bote, camina sobre el agua, recupera el sombrero, vuelve –siempre caminando sobre el agua– y se lo entrega. ¿Qué titulan los diarios y los noticieros?: "Evo no sabe nadar".

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Aprender de ellos

Eduardo Aliverti

La gente de derecha sufrió cierto golpe emocional, rápidamente superado. Y la de izquierda, a juzgar por su mutismo, quedó algo desorientada.

Tomar un banco es más bien cosa de nunca, así sea en un pueblito del interior de existencia anoticiada a raíz del episodio. Un banco es icono insuperable de la actividad capitalista. Es la esencia misma del sistema en que vivimos. Y resulta que, al mando de una patrulla de pares, aparece el arrendatario entrerriano Alfredo De Angeli, simbolizado por la mayoría de la prensa y de los sectores concentrados de la economía como el reflejo dinámico de chacareros con la soga al cuello, y toma un banco. Hasta semejante episodio, De Angeli era –y no sólo para los actores más fuertes del lobbie agropecuario, sino también para el conjunto de los agentes de poder enfrentados con el Gobierno– el mandamás o el más apto de una fuerza de choque capaz de sensibilizar a las conciencias urbanas de medio pelo, acerca de la tiranía oficial contra los nobles productores del campo. Todo le estaba permitido: cortar rutas, promover piquetes, despedirse de cada acto entronizando "minga" como grito de guerra. Todo. Era el gaucho mediático, simplón, herido, harto, del que el cogotudismo de las clases acomodadas y la tilinguería de una parte de la media prefirió ver su cero de boludo antes que ese mucho de bruto que tanto desprecian. Y al que los medios comenzaron a llamar, simplemente, "Alfredo". Hasta que, ay, el otro día tomó un banco, apenas unas horas antes de que se reabriera el diálogo con el Gobierno. El cero de boludo que (bien) tenía adjudicado no dejaba espacio posible para suponer que no se trataba de una provocación. Y entonces el título ya no fue que "Alfredo" tomó un banco. Pasó a ser que lo tomó "De Angeli". Sin embargo, la sacudida que el hecho significó para los varios establishment que conforman el ídem, en tanto la fuerza de choque había atravesado cierto límite de sus intereses de clase pero siendo que continúan necesitando su existencia, no les hizo perder de vista que lo central es esto último. Con excepción de Ambito Financiero, que se animó a titular directamente "Volcó De Angeli", el resto de los medios del poder no cruzó la raya y consideró la toma como una actitud destemplada que de cualquier forma, señalaron todos, expresa el acogotamiento ya insostenible que sufren los productores por vía, entre otras cosas, de las tasas usurarias de los bancos. No dijeron "usurarias", por supuesto, y casi no llegaron a hablar de "tasas". Todo lo muestran como una entelequia de la que sólo puede descifrarse como culpable a un grupo reducido de maniáticos interesados en joderles la vida. Ni siquiera tienen la hidalguía ideológica, o al menos política, de tomarse a pecho que el terremoto mundial del capitalismo los cuenta como protagonistas, al cabo de más de una década de cantos de sirena liberales, de destrucción del Estado como no fuere para dejarlo al servicio de sus apetitos, de un laissez faire sobre el que nunca ninguno de ellos dijo una palabra mientras lo consumaban. No. Nada de eso. Bastante peor, en realidad: insisten con que la solución pasa por dejarlos hacer; por que la copa derramará hacia los pobres una vez más llena de lo que está. Como mucho, en consecuencia, la toma del banco convirtió a "Alfredo" en "De Angeli" pero nunca en el enemigo. A lo sumo expresa antagonismos interburgueses que no habrán de implicar, jamás, confundir contra quién hay que unirse.

Hacia la izquierda, el asalto político al banco provocó un silencio generalizado que, al fin y al cabo, revela hibridez. La tentación, como cuando los cortes de ruta de los campestres avalados por la mayoría del periodismo era, y es, decir que no se mide con la misma vara. Ya sabemos. Un grupo de marginados cortando una calle porteña es un conjunto de negros de mierda que no dejan trabajar, a la búsqueda de proseguir sin trabajo gracias a unos pesos miserables con forma de plan de ayuda. Y otros cuantos grupos que interrumpen el tránsito por las rutas, que ahogan al suelo con millones de litros de leche, que generan desabastecimiento alimentario o que se sacan la foto con la oposición sin que nadie los acuse de perseguir objetivos electorales, son campesinos desesperados que no tienen otra chance para llamar la atención. Como lo dijeron De Angeli y sus muchachos tras la toma del banco: ¿qué quieren que hagamos, si de otra forma nos ningunean? A su modo, tienen razón. Los bancos están esquilmándolos, aunque claro que no aprovecharon la oportunidad para cuestionar la orientación del sistema financiero en su conjunto. Y se frenaron en la parte que les toca. La exacción de que son objeto es un tanto más plácida, empero, que la sufrida por una inmensa mayoría de la sociedad cuyo acceso al crédito no existe, virtualmente, como no sea para la compra o renovación de un electrodoméstico. Acá estamos hablando de números demasiado grandes, tanto que se refiera a las tasas que les cobran como a los volúmenes de que pudieron disponer. Pero está bien: son sus intereses y pelean por ellos con cuanto recurso tengan a mano, de la misma manera en que otros tiempos los vieron reprimir a los movimientos populares y saludar a cuanta dictadura arribara para rescatarlos de amenazas rojas o rosaditas, vestidos de gaucho o desde el palco de Rural o desde los medios que siempre les serán afines. Hay que aprender de esa vocación de unidad que los nuclea y, desde cualquier rincón del pensamiento progresista, saludar a las patrullas de De Angeli, y a sus superiores, por ser perfectamente eficaces en la ejecución de su amalgama de sector (como volvieron a demostrarlo, con sus imponentes solicitadas y sus recorridos por la cadena mediática, ante el primer esbozo de recrear un organismo estatal que intervenga en el mercado granario). Más quisiera o debería el progresismo sortear sus contradicciones secundarias como saben hacerlo estos tipos, hasta el punto de que toman un banco y el único pelo que se le mueve al sistema consiste en preguntar si acaso no se les fue un poco la mano. Es real que cuentan con una correlación de fuerzas notablemente favorable, gracias a la acción mediática que completó en lo cultural su victoria política. Pero eso no quita que con el viento a favor supieron, saben, ser coherentes y eficientes.

De todas maneras, aclaremos que todos estos razonamientos, se los comparta o no, son solamente un ejercicio de frivolidad al que se entregó el periodista a falta de mejor tema. O en todo caso, por su segura incapacidad para advertir que lo único trascendente de estos días fue la ausencia de los granaderos en el acto sanmartiniano de Yapeyú. Que el Gobierno haya cometido la inconcebible chiquilinada de privar a los correntinos de tan egregia presencia, por el solo hecho de que asistiría el vice Cobos; y que los medios elevaran el asunto a la categoría de cuestión de Estado, debe ser, sin duda alguna, lo más importante que en los últimos días ocurrió en este país.

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Lo de Cuba es cosa nuestra

Lunes, 07 de Agosto de 2006

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Eduardo Aliverti

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El periodista piensa, sólo, en esa gente (la mayoría, es probable) que no termina de desentrañar de qué lado ponerse.
Esa gente es la que por un lado simpatiza o se admira con los irrebatibles logros cubanos en la salud, la educación, el hambre cero, indicadores del más alto estándar de vida igualitario de toda América. Y que por otra parte no entiende y se lamenta de las restricciones a la libertad, de la prensa oficial, del partido único, del líder absorbente. Como las conquistas de la revolución no están en duda posible, ni siquiera desde la derecha más recalcitrante, lo criticado por la negativa invita a sumergirse exclusivamente allí para determinar qué tan cierto es eso de las libertades restringidas. O más bien: cuánto de más restringidos están los cubanos que la generalidad de los pueblos del mundo entero. El problema es que eso tampoco conduce a nada porque se transforma en una polémica bizantina, atravesada, gracias a la prédica de los grandes medios de comunicación (el poder, bah), no por cómo están las mayorías, sino por cómo las mayorías se imaginan que están. El emblema insuperable de ese aspecto es la libertad para salir del país. No todos los cubanos pueden hacerlo, es cierto. El "régimen" establece que al cabo de haber solventado todas las necesidades básicas de un ciudadano, éste no debe poder irse cuando mejor le plazca siendo que el Estado invirtió en su formación como se debe. Aun cuando esa decisión parezca entre cuestionable y horrorosa, no resulta invalidada la pregunta de adónde diablos pueden irse, si lo quisieran, las millonarias masas de miserabilizados del mundo. Las chicas o señoras que limpian en nuestras casas, ¿a dónde puede irse? ¿A dónde pueden irse empleados de medio pelo, negreados, jubilados, taxistas, maestros? ¿Cómo es la libertad esa? ¿Y cómo es el pluripartidismo ese en el que con mucha suerte y viento a favor apenas se conoce a los candidatos mostrados por la televisión? Sin embargo: discusión sin destino. El capitalismo trabaja y sigue siendo exitoso gracias a los imaginarios que construye. Es entonces inevitable que Cuba sea juzgada como la justicia social sin libertad, y todas los demás como sociedades con injusticias pero enteramente libres. Artículo tercero, de forma. Proclámese y archívese. No entremos en ésa, dicen estas líneas acerca de sí mismas.
Preguntémonos, sí, qué es lo que tanto molesta de esa isla que no molesta de los chinos, y que no molestó ni molestará de cuanta dictadura hubo y vaya a haber mientras satisfaga los grandes negocios de los bloques de poder. ¿Qué es lo que en verdad no se soporta de Cuba? ¿Que la oposición sólo pueda darse dentro de su sistema, dicho desde una Casa Blanca cuyo jefe sostiene que se está "con ellos o contra ellos" y en nombre de lo cual han desatado masacres e intervenciones de escala planetaria? ¿Que no haya democracia, visto desde regímenes donde sólo los ricos y los aparatos partidarios conservadores pueden tener chances electorales? ¿Que no haya prensa "libre", denunciado por los monopolios y oligopolios de prensa donde el único culto que rige es la razón del interés comercial? ¿Eso es lo que molesta de Cuba? ¿Eso es lo que verdaderamente nos debe importar de Cuba? ¿Se está hablando de Cuba hasta por los codos porque podría estar muriendo su dictador y renaciendo la libertad o porque hay el regocijo de que la libertad pueda volver a transformarla en el prostíbulo de los yanquis?
Tengamos honor intelectual. No puede caerse así como así en la banalidad de decir que lo insoportable de Cuba es su falta de libertad. A los tilingos que piensan sin más de ese modo les cabe la inmortal frase de Anatole France: "Todos los pobres tienen la libertad de morirse de hambre bajo los puentes de París". Lo insoportable de Cuba es que ha demostrado que se puede otra cosa. Que se puede resistir, y en soledad, al imperio más formidable de la historia. Que hay una vida con dificultades inmensas pero en la que todos los habitantes tienen garantizado el alimento, el estudio, la medicina, la universidad. Y lo peor, lo más intolerable, es que esa subsistencia, objetivamente heroica, se convirtió en y continúa siendo un faro para los luchadores sociales de todo el mundo; y en particular para el movimientismo y las utopías del patio de atrás. Allí donde haya el escándalo de un desnutrido, de un analfabeto, de enfermedades de la miseria, de una diferencia de clases insultante, de escuelas y hospitales que se caen a pedazos, de cifras espantosas de mortalidad infantil, de viejos abandonados, de pibes enloquecidos por la droga, allí se eleva contra las castas del privilegio el fantasma de Cuba. Y el riesgo es que siga elevándose, hasta que no quede nadie, ni un solo imbécil, que mientras lleva una vida de mierda cuestiona que en Cuba no hay democracia.
De que los cubanos puedan resistir depende que no desaparezca una de las experiencias de liberación más concretas y fascinantes de la historia americana. Si los yanquis vuelven a desembarcar allí, cada oprimido de este mundo habrá de quedarse sin el más real de sus faros. Eso es grave, por mucho que a poco de andar quedara demostrado lo terrible de la recolonización.
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Y por eso, esa cosa de Cuba es cosa nuestra.

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Ensaladas

Eduardo Aliverti

El año se termina con un desafío analítico que comprende a la economía y a la política. Hay el paquete de medidas lanzado por el Gobierno para la clase media. Y hay el recalentamiento de las chicanas y movidas entre lo K y lo opositor. ¿Frente a qué estamos?


Pueden juntarse ambos aspectos para después desarrollar la respuesta o para tratar de acertarles a las preguntas. Por un lado, el oficialismo se movió con cierta prontitud cuando tomó nota de que la crisis internacional pegará, por acá, sí o sí. Empezó a largar un anuncio por día, y más también. En política, eso se llama tomar la iniciativa y que el resto se tenga que quedar en posición de contestarle, al margen de que las proclamas tengan luego efectividad. Los créditos para el cero kilómetro base, para los electrodomésticos, para renovar el taxi. El blanqueo a como venga, la moratoria, un poco antes la reestatización jubilatoria y un poco después la eliminación de la tablita de Machinea. Y los ciento y pico de miles de millones de pesos, que en realidad son poco más de veinte mil como agregado puntual respecto de lo que ya estaba pautado, para obra pública. En forma simultánea y mientras Cristina reapareció en funciones, dedicada a protagonizar las novedades, su marido lo hizo en el barro de la lucha cuerpo a cuerpo. Repartió tupido contra Cobos y Carrió, agregó una nueva embestida verbal contra las grandes corporaciones mediáticas, señaló que los Estados Unidos no son precisamente los más indicados, ni en su moral ni en su coyuntura, para pretender fiscalizaciones de nada. O sea: volvió a expresarse en toda su dimensión el doble comando presidencial. Y la oposición volvió a ejercer su rol de comentarista de lo que hace ese Ejecutivo, aunque debe tomarse nota de que acelera sus jugadas para integrar un frente único anti K con, por ahora, la mirada mucho más puesta en 2011 que en 2009. Lo más sugestivo acerca de eso, junto con los acercamientos ya desplegados entre Carrió y los variados restos del radicalismo, son los mimos que Lilita le dispensó al vicepresidente. Y, vaya vaya, las caricias mutuas que, en línea con lo anterior, se reparten el conglomerado de origen ucerreísta con el denominado "peronismo disidente", que no es otra cosa que las viudas del aparato del PJ –bonaerense a la cabeza– que en principio se quedó afuera del armado kirchnerista; aunque el kirchnerismo, a su vez, también ha vuelto a mimarlo sólo que con base en los intendentes del conurbano siempre proclives a calentarse debajo del sol prebendario. Cuando se amontona semejante ensalada no hay nada mejor que remitirse a los hechos efectivamente concretados, en vez de desperdigarse con las advertencias de palabra.


¿Qué hay de concreto en las medidas económicas y financieras que lanzó el Gobierno? Por la positiva, que se le da al Estado un papel activo en la conducción de la crisis. Al menos desde lo intencional o enunciativo, la confianza en las "fuerzas del mercado" viene más bien a placé. Pero eso es un marco que por el momento supone, únicamente, acentuación de discurso. La única excepción comprobada hasta ahora es que, en la licitación para proveer a los bancos de los fondos que antes manejaban a piacere las AFJP, la punta la hizo la banca pública y la cooperativa, casi con exclusividad. Y puede agregarse que hay acuerdos para no despedir gente. El resto es "tenemos buenas intenciones, acompáñennos". Nada más. Viene a ser, como alguien dijo, una versión remozada del "les hablé con el corazón". Lo más probable es que les contesten con el bolsillo. Para que "la gente" tome créditos hace falta que tenga cómo pagarlos, en un ida y vuelta entre el acompañamiento del establishment para concederlos y una economía que le dé sentido a ese "estreno" por vía de que los sectores medios (y los populares, cómo no) tengan acceso efectivo a un mejor poder adquisitivo. Y eso no se llama crédito, únicamente. Se llama, o debería llamarse, que el IVA no siga aplicándose de modo indiscriminado; que haya control sobre los formadores de precios; que se cambie de raíz el sistema impositivo; que los estímulos a las pymes sean específicos. Pero para hacer todo eso se necesita construir confianza popular, movilización, abrir el arco de alianzas políticas. En palabras más directas, meterle miedo de veras al poder económico.


En sustitución de lo antedicho, lo corroborado de la política es que los K se pierden en comprensibles o justificadas denuncias declamatorias del cambalache opositor, ya sea por las andanzas de Cobos o del golpe por golpe contra una opositora de la oralidad a la que le faltan dos patos de la fila, por lo menos. Es un estilo de confrontación que puede servir para trazar agenda mediática, no para construir poder de cambio verdadero. El esquema marketinero de hacer un anuncio económico diario, usar a Cobos de punchingball, preguntar de qué vive Carrió, tiene patas cortísimas si no se ve trasuntado en mejoras palpables para la mayoría de la población. Una mayoría dispersa y ecléctica que, es cierto, también dudará seguramente de la capacidad opositora para canalizar la bronca hacia la efectividad.


A la pregunta inicial, entonces, en torno de frente a qué estamos, la respuesta más presumiblemente correcta es que los estilos tienen más que ver con la ficción que con la realidad. Ficción de que las medidas económicas son efectivamente pro-activas, al margen de que lo sean en el discurso; y ficción de que las compadreadas políticas responden a un armado serio y no a arrebatos oratorios del doberman de la pareja comandante. Ficción de que la oposición anda pensando en la Nueva Argentina, y no en estar dispuesta a juntar la misma biblia y el mismo calefón que les enrostran a los K. Duhalde, Carrió, López Murphy, Macri. Solá. Mamita. Se diría que está todo dado como para que uno no sepa para dónde disparar. Lo cual incluye al poder económico. El Poder y chau. Los tipos que manejan la plata de este país, después de Menem, tampoco saben muy bien, ni muy mal, a quién recurrir. Los K no les caben ni un poco, pero lo que se vislumbra como el rejuntado opositor les calza menos que menos porque no le tienen confianza de conducción política de sus intereses.


Así las cosas, sin siquiera entrar a contar qué será de nuestra vida de acuerdo con la profundidad que adquiera el terremoto capitalista mundial (que nadie se anima a mensurar con precisión), todo parece indicar que vamos hacia la constitución de un polo de centroizquierda, muy globalmente expresado y con anclaje en el liderazgo kirchnerista múltiples sapos mediante; y otro de derecha, que terminará articulándose de alguna manera mucho más por el espanto que por el amor. Visto que el conjunto de la sociedad es el espejo de esa antinomia, también parece que habrá que resolver cuál es el mejor territorio de disputa entre dos opciones que no convencen.

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Medios de comunicación

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La gente
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Eduardo Aliverti

Hace siete días, esta columna se permitió el facilísimo pronóstico de predecir que, tras la suma de todos los balances que se harían a diestra y siniestra por los 25 años del retorno democrático, faltaría el de los grandes emporios periodísticos (que ya no son eso sino emporios de grandes negocios, simplemente) respecto de sí mismos. Hoy, con el resultado puesto, hay algo más fácil todavía. Es la constatación de que, otra vez, también faltó el arqueo de cómo jugó la sociedad argentina en estas dos décadas y media.

Los balances políticos siempre recaen, con exclusividad, en lo que se identifica como clase política. Con ortodoxia ideológica, cabría decir que el conjunto de funcionarios y legisladores de todo rango y lugar, señalados por el vulgo como "los políticos", no es una clase en el sentido más puro del término. En todo caso serían una casta burocrática, que administra los intereses de quienes se adueñan de los medios de producción. Y además, si a los alcances de la palabra "política" se les da una acepción convencionalmente más amplia, que involucre a lo que se llamaría la capa dirigente, debe meterse allí a empresarios, sindicalistas, organizaciones profesionales, etc. Pero resulta que no se mete a ninguno de todos esos. En los balances sólo ingresa lo registrable como "los políticos". Por algo será que quienes conducen el cotidiano de la sociedad, además de ellos (los grandes productores, los formadores de precios, los negociadores salariales, los defensores de sector), no forman parte de los balances. Y por algo será que lo que se denomina "la gente del común" tampoco figura. ¿Por qué será?

Se propone excluir de la indicación a las llamadas "clases populares", que es el eufemismo para pobres, indigentes, marginados, marginales. La gente que vive con lo justo, o más bien con menos de lo justo o ni siquiera, para simplificar. ¿O acaso es ideológica e intelectualmente honesto pedirle repasos de su compromiso social a quien sólo puede tener como preocupación parar la olla todos los días? ¿Vamos a exigirles responsabilidad a los hijos de la indigencia educativa, a los analfabetos funcionales que garantizan la continuidad del sistema, a un pibe chorro? Claro que no, ¿no? Los balances cabe pedírselos a quienes disponemos de las mínimas condiciones materiales para poder hacerlos. De modo que hablamos, básicamente, de la aún extendida clase media argentina. Y de ahí para arriba. Es de ella de quien hablan los medios cuando hablan de "la gente". La gente no son los pobres en el argot de la biosfera mediática. La gente no son las villas, ni los cartoneros ni los dados vuelta por el paco ni los que esperan turno seis meses para operarse en un hospital público ni los laburantes en negro ni nada de eso. No, eso no es "la gente". La gente viene a ser la destinataria de comprarse un cero kilómetro base en un plan de emergencia, la que sufre la inseguridad en la zona norte, la que cambia el celular a cada pelotudez que le agregan, la destinataria de algún plan de aliento turístico, la que putea en los mensajes telefónicos de la radio, la que sufre los retrasos en los vuelos, la que sale a la calle si le tocan el bolsillo en un corralito, la que se queja de los precios de los alquileres en la costa. Según los medios, eso es la gente. Y hasta podría deducirse que, por obra del imaginario que crean los medios, la otra gente también puede llegar a creerse que la gente es solamente esta otra.

No se trata de desembocar en un oscurísimo panorama acerca del papel que le cupo a este tipo de "la gente" en estos 25 años. Además de no ser objetivo, sería profundamente injusto porque, junto con algunas luchas de los sectores populares, fue desde las franjas medias de donde surgieron muchas de las mejores actitudes y gestas del tiempo democrático. El juicio y castigo a los genocidas, como ejemplo inédito en el mundo, es el caso más ostensible. Otro lo constituye la denominada "movilidad cultural", que no sólo no se detuvo sino que se expandió aun en los momentos más dramáticos de las crisis. El espíritu de protesta; la búsqueda y concreción de medios comunicacionales alternativos; los intentos renovadores en la representatividad sindical; los grandes luchadores solitarios o agrupados en colectivos de solidaridad o esclarecimiento intelectual, fueron y son producto de ese jamón del sandwich que es la clase media. Esa clase que, en la historia moderna de los argentinos, tanto ha servido para alejarnos de donde pertenecemos, América latina, como para ponerles límites a las injusticias... de clase. Bien contradictorio, como corresponde a la dialéctica de las relaciones de poder.

Recordado el punto, estábamos en que no figura en ninguna parte el balance global acerca de "la gente". Y, tal vez, tampoco lo hay de esa gente respecto de sí, en el decurso político de estos años que acaban de cumplir aniversario redondo. Por si las moscas, para que no parezca un ejercicio de soberbia capaz de sobreimprimirse al análisis concreto, conviene ponerlo en primera del plural. Aun a costa de que cada quien, total o parcialmente, no se sienta involucrado. ¿No entra en los balances que compramos la convertibilidad como antes la tablita cambiaria de la dictadura? ¿No entra el voto licuadora del '95, cuando ya estaba claro lo que significaba Menem? ¿No entra que nos creímos haber ingresado al Primer Mundo? ¿No entra que votamos a la Alianza porque supusimos que el modelo se arreglaba con gente más presentable? ¿No entra que en lugar de irse todos se quedaron? ¿No entra que seguimos exigiendo mano dura contra la inseguridad, después de que fracasaron todas las manos duras posibles? ¿No entra haber confiado en los Blumberg? ¿No entra haber suscripto que achicar el Estado es agrandar la Nación? ¿No entra que nos preocupamos por el riesgo-país? ¿No entra que no consideramos inseguridad a que pobres e indigentes sumen un tercio de la población? ¿No entra haber confiado en la jubilación privada? ¿No entra que nos indignan los paros docentes porque no tenemos dónde meter los hijos, pero no que el metro cuadrado en Puerto Madero ande por los 6 mil dólares? ¿No entra que quienes cortan las calles sean negros de mierda y los que cortan las rutas productores desesperados? ¿No entra emocionarse viendo al presidente de la Sociedad Rural cantando la marcha peronista? ¿No? ¿No entra en el balance de estos 25 años? ¿Qué tal el "nosotros", además del "ellos"?

Este tipo de preguntas sobre este tipo de "la gente", que por supuesto podrían seguir sin que se agote el stock, no pretenden en modo alguno afirmar o sugerir que debe ponerse una lupa especial sobre ella. Sólo intentan asentar qué curioso es que en los balances políticos sólo entren "los políticos". Como si los políticos no fuesen un producto de la gente, además. Quizá sea por eso. Porque, vamos, ya somos gente grande.

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El balance que faltará


Eduardo Aliverti

Debe hacerse un esfuerzo bastante grande para encontrar noticias más desconectadas entre sí que el fallo de la Corte contrario a la liberación de menores y el despido de Romina Picolotti. Sin embargo, hay un conector. Simbólico, si se quiere. Pero conector al fin.


La sentencia de los supremos provocó el entusiasmo de la derecha, en forma unánime, y la sorpresa unida a disgusto de los sectores progresistas. Aunque, bien mirado (no tanto por el fallo en sí, bien que también, sino a través de las declaraciones periodísticas de algunos de los miembros del tribunal), lo señalado por la Corte es que a los pibes debe dejárselos adentro porque afuera las condiciones sociales son, para ellos, mucho peores que la cárcel. Y nadie se animaría a desmentir que esas condiciones las creó la derecha y no la izquierda, precisamente. Desde ya, poco les importa eso a los núcleos reaccionarios, que se preocupan por las consecuencias de las cosas sólo una vez que las produjeron. Con otra expresión, tal vez algo simplista pero difícil de refutar, se diría que la Corte sentenció por derecha con argumentos de izquierda. Y por allí puede comenzar a observarse un aspecto del fallo sobre el que poco se ha dicho.


La extrañeza generada por el veredicto se origina en que estos jueces –y algunos de ellos muy en particular– tienen imagen y/o antecedentes de garantistas (palabra que en la atmósfera mediática quedó como la de mejor perfil para diferenciarse de los partidarios de la mano dura). ¿Qué pudo haberlos llevado a un fallo de esta naturaleza, que, al margen de sus implicancias políticas, aparece como marcadamente contradictorio? ¿Cómo puede ser que la Justicia deba consistir en dejar a los menores en situación infrahumana para protegerlos de la violencia? Puede ser, en primer lugar, porque todos los poderes del Estado se lavan las manos respecto del escenario que reproduce el clima de marginación y delito. Estos pibes son intrínsecos al sistema de exclusión, y no hay dónde mandarlos. O los mata el encierro humillante o los mata la calle, bajo el gatillo fácil de la policía o de algún Rambo urbano. Es la forma en que el poder resuelve, o cree resolver, los efectos de su salvajismo, con el aval de una burguesía asustada que en definitiva escupe contra el viento y crecientemente atrincherada en esos ridículos medios de seguridad que demuestran, una y otra vez, no servir para nada. La Corte, al fin y al cabo, dice que es impotente contra la ley de la selva y que son los demás quienes deben modificarla. Se comparta o no ese criterio, es imposible no preguntarse por la influencia ejercida en este fallo desde la prédica comunicacional cotidiana, incansable, virulenta, que se pretende simple espejo de lo que ocurre mientras alienta todos los valores de mierda capaces de asentar y multiplicar la injusticia social: la exuberancia de riqueza, el consumismo desaforado, la frivolidad analítica, la violencia como show bien pagado por el rating y, después, que alguien venga a salvarnos de todos los que quedan afuera para mirarla con la ñata contra el vidrio y sed de revancha. ¿Pudieron los jueces permanecer ajenos a esa fenomenología de pensamiento barato que, para el caso, se contenta con exigir la baja de la edad imputable, leyes más duras e instrumentos de represión incrementados? Herramientas fracasadas, todas, aquí y en el mundo entero. No importa. La gente quiere eso y los medios venden con eso. Y la derecha se asombra gratamente por el fallo de la Corte, porque dice que dejó de lado factores ideológicos y tomó nota de la realidad. Son los mismos que luego hablan de calidad institucional y promueven la necesidad de una Justicia independiente, desprendida de agentes emocionales condicionantes.


En el turno de la secretaria de Ambiente y Desarrollo Sustentable, la prensa adjudicó su partida a dos motivos centrales: ser una de las viudas de Alberto Fernández e incurrir en graves irregularidades de gestión, presuntas corruptelas incluidas. El primer dato es formalmente correcto, y el segundo susceptible de comprobación. Y también es cierto que su nombramiento tuvo que ver, antes que nada, con un golpe efectista de los K, cuando adherir a la protesta de los vecinos de Gualeguaychú anclaba en el apoyo popular. Acabada esa corriente de simpatía, Picolotti siguió más bien por inercia. Pero su verdadero ingreso en desgracia, capacidad como funcionaria aparte, se registra cuando osa inmiscuirse en las probables andanzas contaminantes de Papel Prensa. La empresa tiene el virtual monopolio de la producción del papel para diarios y sus accionistas mayoritarios son Clarín y La Nación. Hacia mediados de año, la Presidenta admitió que el embate periodístico contra la secretaria se debía a su afán de inspección a la planta de San Pedro, que descarga sus desperdicios en el río Baradero y que, de avanzar la causa judicial, podría ser obligada –tal como también admitió Cristina Fernández– a una inversión de 10 millones de dólares. En efecto, Picolotti fue despedazada por la sensible prensa independiente que tanto se preocupa por el bienestar general de la ciudadanía. Sólo que hasta hace unos meses parecía contar con el aval presidencial. Y ahora le soltaron la mano. Los motivos que hayan conducido a ello quizá se justifiquen. La casi unánime ignorancia mediática acerca del proceso por contaminación contra una de las compañías de los dos diarios más importantes del país... ya es un poquito más difícil.


Este miércoles se cumplen los 25 años del retorno democrático. Son los mismos años que lleva la imposibilidad –la decisión política, es decir– de sancionar una ley de radio y televisión que reemplace a la vigente, que data de 1980. Junto con la ley de entidades financieras, impulsada por Martínez de Hoz en 1977 y que también subsiste, su continuación es, en lo institucional, la herencia más bochornosa de la dictadura. Desde 1983, algunos contenidos fueron derogados pero entre ellos se cuentan también los que, durante el menemato, permitieron la concentración de medios, más tarde de multimedios y ahora de megacorporaciones, con un grado de impudicia que prácticamente no reconoce antecedentes mundiales. Que este instrumento vergonzoso cumpla sus bodas de plata, junto con el retorno del estado de derecho, acerca una justa idea del tamaño fenomenal que tuvieron las presiones de los grandes grupos mediáticos para impedir su sustitución. No es que no se supo. No se pudo porque no se quiso dotar al espectro radiotelevisivo de un andamiaje legal que promoviese su democratización. Como no se cansaba de reiterarlo Nicolás Casullo, los medios son hoy el gran partido de la derecha y continuará siendo así. A menos que, para lo que a esta altura sería una sorpresa mayúscula, el Gobierno se decida a descongelar el proyecto de una nueva ley –ya terminado en sus objetivos centrales– y lo lance al Congreso en un año electoral.


La democracia cumple un aniversario de esos redondos. 25. Habrá balances de cualquier tipo y factor, pero téngase la absoluta seguridad de que faltará uno: el de los medios de comunicación respecto de sí mismos.

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Los une el es pando

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Pino y Doña Rosa contra los bloggeros que no piensan como él (un escándalo)


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El hombre que nunca dejó de ser un niño

Quisiera que me recuerden

Llegaremos a tiempo. Si Pingüino Querido. ¡¡Si!!

Treinta mil

Hasta Siempre Néstor

Liliana Felipe

Dame un candidato. Barragán. Je



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