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El argentimedio y su odio al otro


Sé que la frase –elaborada esencialmente por filósofos– la otredad del Otro ha merecido algunas bromas. Pero no hay fórmula filosófica que no las merezca si alguien se propone hacerse el gracioso a su costa. No me río ni hago bromas sobre ese concepto que he enunciado: la otredad del Otro revela una condición trágica e insoluble de la condición humana. La otredad del Otro es aquello que establece al Otro en mis antípodas, que lo privilegia como objeto central de mi odio, que puede hacer de mí muchas cosas que no desearía ser. No ser un asesino, por ejemplo. Cuando la otredad del Otro llega a su extremo intolerable para aquel que lo considera su Otro, la más frecuente solución es matarlo. El odio con que muchos hablan de eso que hoy han establecido como el Otro lleva a preguntarse a qué extremo serían capaces de llegar. Sobre todo porque el Otro del que hablan no los afecta directamente. Ya sabemos que la Argentina se ha deslizado de un Otro a Otro y a Otro: el gauchaje federal, el malón, la inmigración, el cabecita negra, la guerrilla, los piqueteros, etc. Siempre se necesita otro. Alguien en quien depositar el odio. Hoy, el Otro es el inmigrante. No sólo aquí. La furia es generalizada. El muro que levanta Bush contra los mexicanos. Los musulmanes de Sarkozy. Los "indeseados" de Berlusconi. A comienzos de la década del '90, ya Samuel H. Huntington decía que los nuevos problemas serían el Islam y los inmigrantes no deseados.


El argentimedio (que es el argentino de clase media, aunque no es toda la clase media porque ésta no es un bloque homogéneo, aunque prevalezcan en ella valores escasamente ligados a la insolidaridad) es alguien que suele considerarse –así lo dice– el jamón del sandwich. Bien analizada, esta condición no debiera ser indeseable, ya que sin jamón no hay sandwich, ya que el que come un sandwich lo come más por el jamón que por el pan o por ambas cosas. Pero la expresión señala una incomodidad: estar en el medio, apretado entre dos cosas que están en dos extremos diferentes: una parte del sandwich y la otra. Una arriba, otra abajo. El jamón, en el medio, pareciera ser la víctima de su situación en el mundo. No está en ninguna de las dos partes y no sabe a cuál pertenece ni a cuál adherir, aunque quisiera estar arriba. El argentimedio no quiere estar donde está. Necesita algo que le dé importancia. Que haga de él algo distinto de lo que es. Sale de esta situación por medio de Otro a quien odiar. "¡Nos vienen a robar el país!" dice el argentimedio de los bolivianos, los paraguayos y los peruanos, a los que ha bautizado con nombres despectivos. Bolitas a los bolivianos, por dar un ejemplo. "¿A usted le ocuparon algún terreno?", se le pregunta. "No."


–Entonces, ¿por qué le vienen a robar el país?

–¿Cómo por qué? Porque nos vienen a sacar el trabajo.

–¿A usted le sacaron algún trabajo?

–No.

–¿Qué país le vienen a robar?

–¿Cómo qué país? Este, el mío.

–¿Usted cree que este país es suyo?

–Claro, yo soy argentino.


Lejos está de advertir el favor inmenso que le hace el inmigrante al que odia. De pronto, el argentimedio es propietario. Tiene un país. Un país codiciado. Si no, no vendrían a robárselo. De pronto, es poderoso. La Argentina es suya. El, que era un rata como cualquier rata que anda por ahí, que era un empleado con un jefe que le arruinaba la vida, con una mujer o un marido o una familia a la que apenas aguanta, o que anda en un tacho desde el que arroja todo su odio sobre el mundo en general, que escucha las radios de derecha, que ve la TV vómito, ahora, súbitamente, habla en nombre de algo que le pertenece: el país. ¿Quién se lo dio? El Otro. El boliviano. El boliviano le dio la Argentina que, sin él, jamás habría tenido. Ahora es poderoso. Es un terrateniente. O habla como uno. Dice las palabras que decía Cané en los círculos oligárquicos de principios del siglo pasado:


–Nos vienen a quitar lo nuestro. Quieren entrar en nuestros salones. Los argentinos cada vez somos menos.


Cualquier argentimedio puede decir durante estos días:


–Los argentinos cada vez somos menos.


¡Qué enorme favor le ha hecho la otredad del Otro! La otredad es todo aquello que hace que el Otro sea el Otro. El Otro es negro, es feo, es sucio, es extranjero, es un invasor. El, no. El es argentino. Con el solo hecho azaroso de haber nacido aquí le alcanza. No necesita hacer nada más. Es argentino. Y el bolita le ha permitido sentir que la Argentina es suya. Tanto lo necesita que –si no existiera–, tendría que inventarlo. Sartre, en su ensayo sobre la cuestión judía, dice que si el judío no existiera, el antisemita lo inventaría. Lo mismo aquí: si el bolita no existiera, el argentimedio, el argentimedio(cre), el xenófobo, el racista, ese hombre pequeño que necesita odiar para existir, lo inventaría.

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Las navidades de Bongo


José Pablo Feinmann

Nunca pude decidir si Bongo era judío o católico. Tenía que decidirlo yo, porque él, si lo tenía decidido, difícil que pudiera comunicármelo. Además, seamos francos: ¿cómo iba a decidir Bongo que, al fin de cuentas, aunque fuera el Bongo, era un perro, si era judío o no, si era católico o no, si yo, que no era un perro (aunque tampoco ocupara entre los humanos un lugar tan excepcional como el que Bongo ocupaba entre los perros), aún no lo había resuelto y ya tenía nueve o diez años. Sucede que la cosa era compleja. Bongo y yo vivíamos en medio de una confusión aceptada por toda nuestra familia como normal. Bastará narrar una Navidad en Belgrano R, en nuestra casa de Echeverría y Estomba, para que se entienda qué busco tornar claro. La cena de Navidad era hermosa, una noche de plenitud, de regalos, de visitas, de familiares que veíamos de tanto en tanto pero que hoy estaban aquí, con nosotros, una noche de amor y de paz y de cohetes, rompeportones y cañitas voladoras. Una noche de Misa de Gallo. Una noche de mucha comida. De puertas abiertas. Abiertas para los vecinos. Todos abrían sus puertas. Si uno quería visitar a otro podía hacerlo casi sin golpearla. ¿Cómo iba a golpearla si estaba abierta de par en par? Hasta la Sra. Gerlach, que era la villana del barrio, la que vivía justo frente a nosotros, de la vereda paralela, también en Echeverría y Estomba, en un chalet que siempre me pregunté si era o no más lindo que el nuestro, abría esa noche, la de Nochebuena, sus puertas. Y eso que, lo juro, no era buena. La Sra. Gerlach jamás devolvió una pelota que hubiera caído en su jardín, que era muy grande y ella, de egoísta y de engrupida que era, lo tenía protegido por verjas altas, puntiagudas, de madera verde o marrón o bordó oscuro, porque siempre andaba pintándolas de nuevo, como si ningún color le gustara. ¿Qué color iba a gustarle a esa bruja si no habría cosa en el mundo que le gustara? En Nochebuena, no. Hasta ella exhibía a los demás sus puertas abiertas. Si uno miraba hacia adentro podía verlo al Sr. Gerlach sentado en un sillón y leyendo un diario, seguro que en alemán. A nadie, jamás, se le ocurrió decir que el Sr. Gerlach había sido nazi. ¿Qué era eso, cómo iba a ser nazi alguien tan agradable como el Sr. Gerlach? ¿O no era él, nunca ella, el que si estaba en la casa y no en el trabajo, nos devolvía cualquier pelota que cayera en su jardín, con una sonrisa y dándole con ganas, como si supiera, hasta las manos de alguno de nosotros? ¿Un nazi iba a ser eso? Vamos, ¿qué se piensan, que nos chupábamos el dedo?

Nuestra cena de Navidad la presidía –por supuesto– papá. Que se llamaba Abraham y era hijo de Boris Feinmann y Raquel Aranovich. "Yo nunca tuve un problema en este país por ser judío", decía papá. Una frase que, con el paso de los años, cada vez me resultó más extraña, increíble. Pero, ¿por qué no creerle? No por el país sino por él. Se había recibido de médico en 1917 y siempre había sido un dandy y había ganado buena guita desde el inicio. ¿Quién se habría atrevido a decirle "judío de mierda" al doctor Feinmann? Era tan suntuoso el viejo, tan seguro de sí y, sobre todo, se sentía tan argentino, tan merecedor de este país, tan dueño de él como, por ejemplo, cualquier cajetilla del Jockey Club, que debía imponer respeto hasta al cura Menvielle. Ahí estaba, entonces. En la cabecera de la mesa. A su derecha, mamá. Mamá era católica: Elena de Albuquerque. Siempre estaba muy linda en Navidad. Preparaba todo. La comida, el árbol (que lo hacíamos en un pino que había en el jardín), el lugar para poner los regalos, la lista de invitados, todo. Pero le era fácil: tenía dos sirvientas. Mi vieja siempre dijo "sirvientas". En los cincuenta todos decían "la sirvienta". Los judíos decían la "jikse". Seguro que lo escribí mal. Pero así suena, cualquiera lo sabe. Las sirvientas eran Rosario, siempre joven y linda, visitada por el calentón de mi hermano si ella le abría la puerta de su cuarto, e Isabel, una gallega gordota, medio torpe pero muy trabajadora. En esta Navidad se agrega una chica que olvidé de dónde venía. Era muy simpática y solía disfrazarse de Papá Noel. (Santa Claus no existía en los '50. Papá Noel y se acabó.) Le decían Cachirula. Por la historieta Pelopincho y Cachirula, de Fola, que salía en el Billiken. El resto era el batallón semita. Un primo al que llamaban el petiso. Y sobre todo las dos hermanas de papá. Eran infaltables. Eran maravillosas. Menores que el viejo, se llamaba Sonia la mayor, la más seria o, mejor dicho, la menos loca, y la otra era Rosa, que era un regalo de la vida. Sonia, inteligente, se ganaba la vida jugando al póquer. Y Rosa, que era fea, para qué negarlo, fea sin apelación posible, era una atorranta irresistible. No sé cuánto, no sé qué habré heredado de Rosa, pero si hubo algo de polenta en mi vida, de ganas de vivir, de atorrantear, de aceptar la locura como parte esencial de la existencia, o de la razón, eso vino de ella, de Rosa, la gloriosa tía puta de la familia. No había Navidad en que no trajera un tío nuevo. En esta que hoy evoco se lo trajo al tío Angel, un buen tipo, tranquilo, resignado, feliz por tenerla a Rosa. Cuando Rosa le mostró a su sobrinito, cuando le dijo: "Vení, Angel, éste es el Josecito, el hijito menor de Abraham", el Josecito dijo: "¡Cómo la quiero a la tía Rosa! Todas las Navidades me trae un tío nuevo". Rosa me pateó un tobillo y (sé que no me van a creer) aún recuerdo su frase dura, dicha entre dientes: "No seas pelotudo, nene. No me arruinés la Navidad". Angel ni se mosqueó. Al contrario, ahí nomás me dio su regalo: ¡una gruesa de cañitas voladoras! En seguida estaban mi hermano y sus amigos sobre mí y me las sacaban y buscaban botellas para arrojarlas sobre la casa de la Sra. Gerlach. Algo que ocurrió después de la cena.

¿Qué busco decir? Que nuestra mesa de Navidad era tan judía como católica y hasta, si se descuidan, ganaban los judíos. Si no lo hacían es porque solían venir Doña Carmen y sus dos hijos, amigos de mi hermano, dos boludos en estado de coma. Uno, creo, terminó como abogado de De la Rúa. El otro hizo el Liceo Militar. Una vez fuimos todos a verlo cómo saltaba vallas en una contienda entre milicos. Montaba un caballo marrón con manchas blancas, seguro más inteligente que él. Pero ahí estaban: engrosando la mesa navideña. Doña Carmen era la presidenta de la Acción Católica. No sé si necesito agregar algo más. Judío o católico, era papá el que decía su ya tradicional discurso. Nada del otro mundo, creo. O sí: todo del otro mundo. Porque hablaba de Dios como si se lo hubiera cruzado esa tarde al bajar del colectivo 76, en Echeverría y avenida Forest. Y después de la amistad entre las razas, los pueblos y sus creencias. Mamá no decía nada. Bongo tampoco. Estaba muy cómodo en un sillón, cerca de la mesa y miraba todo. No era de esos perros que abordan la mesa y andan mendigueando un cacho de comida. No, Bongo no solía comer mucho. Lo suyo era el sexo. No había perra o perrita en 20 cuadras a la redonda que desconociera sus artes de perro cogedor. Porque eso era. Uno podía ir a Melián a caminar y ver los árboles en lo alto o al puente de Superí a cortar cañas y solía encontrárselo al Bongo atracándose a una perrita. Era un campeón. Yo era un pibe y no sabía casi nada de esas cosas. Pero por el modo en que aullaban las damas que el sexópata penetraba era claro que ellas no estaban pasando un mal momento. El, mucho menos. Pero no era de expresarlo. Se concentraba en lo suyo. Serio, como si buscara, ante todo, complacer a la dama.

A medianoche, todas las damas iban a "misa de gallo". Mi mamá, católica; Doña Rosa, católica; las dos sirvientas, católicas; Cachirula, católica, y las dos maravillosas tías recontrajudías, la tía Sonia y la tía Rosa.

También íbamos Bongo y yo. Pero nos sentábamos atrás. Cerca de la pila bautismal. A mí no me gustaba verlo de cerca al pobre Jesús, tan estropeado, con todos esos clavos, la sangre, con esa cara de dolor, de derrota. No me gustaba. A Bongo, creo, tampoco. Después la gente salía y nosotros los dejábamos salir. Nos íbamos al final. A quien más quería Bongo era a papá. Pero después a mí. Eramos buenos amigos. "Vamos, Bongo", dije sin mirarlo. "Es tarde." Me di vuelta y lo vi, con su pata levantada, con enorme convicción, echándole una meada a la pila bautismal. No tuve, entonces, ninguna duda: era judío el Bongo. Como papá.

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La educación argentina


José Pablo Feinmann

Hay frases que deben agradecerse. Hay personajes que no pueden dejar de ser lo que son y, por consiguiente, en algún momento se les escapa la verdad. Tan hondamente la llevan en sus corazones. Hacemos referencia al señor vicepresidente de la CRA (Confederaciones Agrarias Argentinas). No sólo dijo algo que pensaba, algo de su historia personal, de su infancia tal vez, hizo una síntesis admirable de la educación argentina desde 1880 hasta el presente. Acaso algo haya cambiado. Pero es difícil cambiar las cosas en ese ámbito. Tan cerrado está, tan estructurado, que todo cambio es "subversivo". El personaje se llama Néstor Roulet. Un argentino como cualquier otro, que se educó en la escuela argentina, bajo sus valores, bajo su visión de los hechos. Se trata de un militante agrario. Un hombre con fe en la tierra y en Dios. Su fe en Dios la manifestó por medio de su fe en la Virgen, que, Santa Trinidad mediante, es lo mismo. Dijo: "Después de 120 días en la ruta, luchando, parando y gritando, evidentemente hubo una mano de arriba que nos iluminó. Detrás de esa mano estuvo la Virgen María, pidiendo por todos los productores argentinos". Tal vez sea más razonable decir que la mano que los iluminó no vino "de arriba". Aunque si tenemos en cuenta que esa mano fue la del vicepresidente del partido al que enfrentaban, hombre que cumplía, en tanto tal, su función de presidir el Senado, hombre que había llegado ahí por elección del partido gobernante, y que, súbitamente, da una voltereta y les vota a favor a los agraristas, no puede caber duda alguna: alguna iluminación celestial tuvo lugar ahí. Sí, detrás de la mano de Cleto estuvo la de la Virgen. Es asombrosa la intervención de los dioses en los momentos decisivos de la vida argentina. La "mano de Dios" fue la que hizo el gol de Maradona ante los ingleses, que vengó la deshonrosa derrota del Ejército del majestuoso general Galtieri en Malvinas. Un Ejército formado por jovencitos vejados por sus superiores más que por el enemigo y del que hasta la fecha se han suicidado 290 ex combatientes. Pero "la mano de Dios", que empujó la de Maradona, lavó el honor argentino. Ahora es "la mano de la Virgen". Que, sin duda, empujó al Cleto a su célebre voto "no positivo", ejemplo de la palabra dada a los compañeros de fórmula, aquellos a quienes decidió unirse, pero también ejemplo de que la libertad es la esencia de la política, de modo que si uno tiene ganas de no actuar según había prometido hacerlo y decide hacer lo contrario es porque es libre, sépase esto bien, pues se trata de un nuevo principio: la traición es la expresión suprema de la libertad. Porque todo aquel que traiciona se libera, ante todo, de la palabra dada. ¿Qué es eso de someterse a lo que uno ha dicho? Uno es libre. Y un hombre libre dice algo hoy y mañana otra cosa. De modo que nadie espere nada de la "palabra de honor" de otro. Bah, ¡esas antigüedades! La "palabra de honor" ata al ser humano a algo que dijo en el pasado. La "traición", en cambio, lo mantiene en estado constante de libertad. De decisión, de elección permanente. Si quieres tener a tu lado a un hombre libre, no exijas mi "palabra de honor", déjame ser libre. O sea, clavar mi puñal en tu espalda siempre que se me antoje. Morirás, pero a manos de un hombre libre. Esta es la ética-Cleto. Me he tomado la libertad de apenas esbozarla, pero prometo darle más desarrollo porque es, en verdad, revolucionaria. Bien, según Néstor Roulet, que es el vicepresidente de CRA (Confederaciones Rurales Argentinas), la Virgen María ha pedido por todos los productores argentinos.


Esto es secundario. Roulet dijo algo mucho más importante. Habló de su maestra de historia. Y –suponemos que con cierta nostalgia por esos años escolares de plenitud– dijo que ella le enseñó que la grandeza de esta patria que habitamos había sido hecha, era debida a tres instituciones: la Iglesia, el Ejército y el campo. Instó a la población en general a "activar eso" porque con esas tres instituciones y el resto de lo que hay en el país la Argentina debiera ser "realmente un país grande". La Argentina es un "país grande". Difícil saber qué clase de grandeza tiene. Pero que es grande, lo es. Y lo que Roulet cuenta de su buena maestra es cierto. Esa es la educación que todos, no sólo él, hemos recibido: la Argentina se inicia en 1810 y ya se había insinuado en las gloriosas jornadas de 1806 y 1807 donde pueblo y Ejército, juntos, echaron al invasor colonialista británico, al que luego el señor Roulet y sus amigos le vendieron la carne durante larguísimos años. En 1810, un abogado con marcas de viruela y un militar, Saavedra, hacen la llamada Revolución de Mayo. En 1820, anarquía. Porque los caudillos bárbaros del interior atan sus cabalgaduras en la Plaza de la República. En 1826, el constitucionalismo de Rivadavia, el "más grande hombre civil de la tierra de los argentinos", según dirá el general Mitre, y nuestro primer empréstito: la Baring Brothers se pone al servicio del desarrollo argentino. En 1828, Lavalle, mal aconsejado, fusila a Dorrego. Pero sólo porque fue mal aconsejado. En 1830, la primera tiranía. Rosas y la Mazorca. Los Libres del Sur, que eran buena gente de campo, se rebelan contra el tirano. La gente de honor huye a Montevideo. En 1852, otra vez la libertad, gracias a los ejércitos del general Urquiza. En Pavón, el general Mitre vence a Urquiza y se afianza la organización nacional, que se consolida en 1880, con el militar Roca, que conquista el desierto y reparte la tierra a poca gente pero buena, de su familia y de algunas otras, todas de gran alcurnia. En 1910, el primer centenario. Somos el granero del mundo. El país de los ganados y las mieses que canta Lugones. Este es el gran momento. La "patria de nuestros padres y abuelos". Aquí la maestra del señor Roulet se habrá detenido largamente a explicar el momento cumbre de la Argentina. Luego, la inmigración. Alguna, laboriosa. Otra, no. Para los no-laboriosos: Ejército. Para los laboriosos: jornales, mendrugos, pero el honor de vivir en el gran país del Sur. La tierra sigue dando sus frutos. Es la patria. En sus entrañas reposa el ser nacional. Luego, la crisis del '29. El proyecto agrario se derrumba. Era una caricatura de país. Pero no: Julito Roca negocia las carnes con Inglaterra y a seguir. Sustitución de importaciones. Y en seguida un grave inconveniente: ese general Perón, un enemigo del campo. La segunda tiranía. El campeón de las retenciones a través de un organismo totalitario: el IAPI. Pero ahora sí, más unidos que nunca, el campo, la Iglesia y el Ejército salvan al país. El tirano huye. La libertad vuelve a reinar. Hasta que regresa traído por un movimiento juvenil subversivo–marxista. Pero se muere. Y otra vez: la Iglesia, el Ejército y el campo y un señor de Acindar, Martínez de Hoz, hacen tronar el escarmiento. El campo aplaude, disfruta, se siente seguro y hace grandes negocios. La Iglesia consuela el corazón atormentado de los patriotas que tienen que hacer esos vuelos necesarios pero que solían incomodar a ciertas almas no tan seguras de la misión de la patria en ese momento. Ahí, la Iglesia: "Hijo mío, has hecho lo que Dios te ordenó hacer. No sufras. Si la patria te exige que arrojes jóvenes vivos al río color de león, tú lo haces. Te absuelvo por toda la eternidad". Y el Ejército, que estaba muy bien preparado (por la OAS y la Escuela de las Américas) para limpiar al país de la escoria antioccidental y anticristiana, lo hizo. Y luego esa heroica gesta de Malvinas, que nuestro pueblo apoyó (y si no vean esa Plaza de Mayo vivando al Ejército en la persona del general Leopoldo Fortunato Galtieri, vean ahí a nuestro pueblo de Mayo sosteniendo otra gesta contra el imperio que buscó someternos en 1806 y 1807) y perdimos pero volveremos. Y luego la democracia (en la que nunca nos vimos muy cómodos pero que se amoldó a nosotros maravillosamente). Alfonsín se hizo el difícil durante dos años e injurió a los héroes de la guerra contra el marxismo, pero vino ese peronista magnífico, Carlos Menem, y nos dio todo lo que queríamos y se llevó todo lo que él pidió, para él y para sus fieles compinches, que eran muchos. Total, esto da para todo. Lo único necesario para que sea así es que los que no son nosotros se mueran de hambre. Grandes días los del señor Menem, hombre de campo al fin y al cabo. Hombre del interior. Y ahora estamos otra vez atacados por la escoria nacionalista, estatista, montonera, marxista y enemiga de la patria y de la tierra. Pero el pueblo, como en las grandes jornadas de la patria, sigue a nuestro lado y lo demostró. En esas cacerolas de este otoño cuya grandeza nadie podrá narrar volvió a escucharse el repiqueteo glorioso del tambor de Tacuarí.


Esta es la historia que le enseñaron a Roulet en la escuela. La historia que él creyó porque era la de los suyos. La que siempre se enseñó. La que todos tuvimos que aprender. La que nadie se atreve a modificar. La naturalmente argentina. Debo confesarlo: le tengo una enorme envidia a Roulet. El es un argentino, no yo. Ni yo ni todos esos que andan por ahí, con apellidos raros o con colores de piel tirando a negro, a carbón, a tierra, no de campo fértil, sino de basurero, de baldío. Yo ando estos días medio vanidoso porque publiqué un libro de filosofía de casi mil páginas. Pero qué idiota: ¿qué le importa eso a Roulet? El tiene mucho más. No necesita hacer nada. El país es suyo. Uno escribe mil páginas porque tiene un apellido de judío de mierda y tiene que justificarse de algún modo. Hacerse un lugar. ¡Hola, aquí estoy! Me eduqué en Viamonte 430, de donde salían marxistas a montones. No me gusta la tierra. Y creo que la oligarquía, la Iglesia y el Ejército hicieron un país para ellos, un país, diría si me permiten, de mierda y que mataron con inenarrable crueldad siempre que se vieron en peligro. Pero no. No debo creer eso. ¡Qué lindo sería creer lo que creen ellos! El país lo hicieron la Iglesia, el Ejército y el campo. Creer lo que cree Roulet. Sentirse así: con los pies sobre la tierra de uno. Con una identidad poderosa. ¡Con mucha guita, caramba! ¿Cuánto creen que voy a ganar con ese podrido libro de mil páginas? Nada. Lo que Roulet gana con media res. Lo que le paga a un peón, al que encima después lleva a sus manifestaciones patrióticas, con bandera y todo. Para colmo, las librerías hacen enormes pilas con un libro de Savater, que pretende ser de filosofía. O se vende a patadas una huevada infernal de un agroperiodista que dice cómo vivir mejor y más seguro y más pleno. Y si esos libros se venden más es porque los compra Roulet, él y los suyos. Que saben muy bien qué leer.


Ahora, lo justo es justo. Soy un resentido. Reviento de la envidia. Pero puedo jurar algo. Nunca se me daría por creer que la Virgen o el Mesías o Buda o Mahoma... Pero no: no derivemos. Roulet dijo: la "Virgen María". Nunca se me daría por creer que una mano me ilumina desde arriba, y que detrás de esa mano está la Virgen María pidiendo por todos los pobres filósofos argentinos. Mi relación con lo sagrado es compleja. Transita entre la ira, la duda y la exigua esperanza. Por la pelotudez, nunca.

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