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NO TE OLVIDES DE JORGE JULIO LÓPEZ ~~~~ ¿TE ACORDÁS DE LOURDES DI NATALE?NO TE OLVIDES DE LA IV FLOTA, LAS BASES MILITARES EN COLOMBIA, EL GOLPE EN HONDURAS
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Las luces de la tele

J. M. Pasquini Durán

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La "ley cósmica que nos dejaron los antepasados", según el reelecto Evo Morales, presidente boliviano, ahora plurinacional, incluye tres mandamientos: "Ama Sua (no seas ladrón), Ama Qella (no seas mentiroso) y Ama Llulla (no seas ocioso)". Deberían grabarse en piedra sobre las fachadas de numerosas sedes oficiales aquí y en América latina para restablecer el prestigio de la política, por ahora muy deteriorado en la consideración pública, a partir de la estricta aplicación de esas normas éticas. Mientras tanto, la escena política local sigue aburrida y con escasas ideas. Para verificarlo, sobra con gastar tiempo y paciencia en seguir los debates de comisiones en el Congreso, como las de Presupuesto y Finanzas el jueves en Diputados, y advertir, con algún escalofrío de hartazgo, cuántos legisladores están dispuestos a decir lo que venga a cuento, sin ninguna referencia doctrinaria o programática, a cambio de algunos minutos en pantallas de TV. Para evitar que le interrumpan la perorata en los canales privados con promociones publicitarias de detergentes o algún producto similar, basta con mantenerse en una sola línea: pegarle a la Casa Rosada con las dos manos, los dos pies y algún cabezazo. El anti-K vende bien en estos días.

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La escasa ponderación de muchos legisladores no impide, al contrario, que el Congreso, la casa de los representantes del pueblo, sea un protagonista mediático de largas horas diarias, como lo fue muy poco en gobiernos anteriores de la etapa democrática iniciada en 1983. Nada de eso lo convierte en un hecho dramático. No será éste el primer Ejecutivo en gobernar con oposición bicameral y resistencias legislativas militantes, sino uno de tantos. El propio Néstor Kirchner hizo alarde de su experiencia de gestionar en minoría, pese a lo cual, hay que decirlo, el Ejecutivo está procediendo con instrumentos, como los famosos DNU, que parecen fabricados con dosis exageradas de improvisación, ya que después son zarandeados con cierta facilidad por políticos opositores y jueces que le hacen el aguante a la contra o, más simple todavía, exponen al aire los procedimientos apresurados. De seguir así, el asunto tendrá que aterrizar en la Corte Suprema, estación inexorable de la judicialización de los pleitos políticos, por impotencia de oficialistas y opositores para resolver los litigios en su ámbito natural. Es cierto, además, que este gobierno colecciona insubordinados pertinaces, pese a la fama de cuasi tiránicos. Algún ex ministro aseguró que los Kirchner no buscan colaboradores sino súbditos. Si es así, tienen más de un pobre imitador de Espartaco.

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La atomización política que resultó de la crisis del 2001/02 se acentuó debido a la posterior ausencia de una alternativa creíble y legítima de gobierno para el electorado que, a la hora del cuarto oscuro, sin una guía predominante, repartió favores a diestra y siniestra. Ayer Macri, ahora Solanas, dale que va, todo es igual... A diferencia de la colcha de retazos, aquí faltó la mano de obra hábil para juntar los múltiples fragmentos y sólo alcanzó a amontonarlos bajo el membrete genérico de "la oposición", una definición que no quiere decir nada, excepto el deseo común de sobresalir en la carrera hacia la renovación presidencial del próximo año, puesto que no distingue medianos de chicos, izquierdas o derechas o al menos los intereses federales y territoriales diversos. Es un conglomerado cuyo único pegamento consiste en rechazar todo lo que tenga olor a oficialismo.

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Julio César Cleto Cobos sobresalía en ese conjunto desde que traicionó, con el voto negativo que desempató en el Senado contra una iniciativa del Ejecutivo, su compromiso previo de identificación con las políticas gubernamentales. Fue un héroe para la oposición mediática que pretendió convertirlo de vice en presidente paralelo o, lo que es peor, sustituto. Desde aquella madrugada en el Senado apareció entre los primeros en las encuestas sobre intención de voto, cuando nadie se apresta a votar, y de pronto el globo se infló hasta mostrarlo como eventual protagonista del hipotético ballottage de 2012... pero eran gases. El actual vicepresidente, la esperanza blanca del antiperonismo, camina sobre humo, no tiene ni siquiera el respaldo activo, decidido, de su partido de origen, la UCR. Más de un insospechable de oficialismo –Macri, Carrió, Solanas, entre otros– le han pedido la renuncia, lo mismo que a Redrado.

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Bastó que la presidenta Cristina responsabilizara a Cobos por la postergación de su visita oficial a China, con los perjuicios que acarrea semejante decisión ante los ojos del mundo, para que comenzara a desinflarse y ya sus amigos dejan saber que su intención es retirarse en el primer trimestre del próximo año. Lo está abandonando hasta lo que nunca tuvo, el sentido común. Es que sin el despacho en el Senado, don Cleto desaparecería en la multitud de hombres grises.

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Es una trayectoria que más de un congresal debería anotar para no repetir, en especial los antiperonistas acérrimos, es decir buena parte de los que hoy disfrutan del calor de las luces de la tele. ¿Seguirían teniendo esos espacios si en lugar de intentar humillar a la Presidenta con la deuda tomaran posición, por ejemplo, sobre el monopolio de telecomunicaciones? ¿Qué pasaría si además de consignas fáciles, y vacías, sobre el desarrollo, expusieran un verdadero plan de futuro con más riqueza y más equidad redistributiva, con bienestar y dignidad para las mayorías populares? Si lo hicieran serían, entonces sí, una amenaza para el destino de los Kirchner porque forjarían una real alternativa de poder. Nadie puede creer que "la oposición" como tal, ese conglomerado multiforme, pueda gobernar en conjunto y ni siquiera nominar a una fórmula común.

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En los últimos días, como parte de la campaña "desprestigie al gobierno y gane cinco minutos de fama", articulistas y personajes opositores han levantado polvareda sobre las eventuales virtudes de concordia cívica demostrada por chilenos y uruguayos en presunto contraste con la crispación confrontativa que aquí alimentaría el gobierno, nunca los opositores. Sólo les faltó decir: son peronistas, incorregibles. Esta gorilada, cuasi racista –¿sobreviviría el peronismo sin la negrada que lo vota?–, asoma la identidad cuando a la hora de los ejemplos elige dos países de blanquitos y elude a Bolivia, también fronterizo, recién votado, en calma pese a los fuertes conflictos de intereses con algunas regiones, con un ganador que obtuvo un porcentaje de votos más alto que sus pares de la derecha chilena y el frente amplio uruguayo. Pero es un indio.

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Evo Morales asumió una doble presidencia, la que le otorga la mayoría de votos, más del sesenta por ciento, y la que le concedieron los pueblos originarios, la nación Plurinacional, a la que se dirigió en quechua, aymara y castellano. Para un país como Argentina, con influencias culturales dominantes de la inmigración europea, tal vez aparezca exótica, quizá ridícula, la ceremonia aborigen en Tiwanaku, pero expresa una visión cada vez más consolidada en el norte argentino, Paraguay, Bolivia, Ecuador y Perú, donde el ejemplo de Evo está alentando a la construcción de puentes entre las distintas etnias que se reconocen a sí mismas como una sola nación, sin los membretes poshispánicos. Es una masa, pobre en su mayoría, que tiene por lo menos una coincidencia con el proletariado de los libros: tiene poco y nada para perder, salvo las esperanzas.

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Resaltar la experiencia de Evo no significa ignorar todas las especulaciones derivadas del cambio en Chile, no sólo por el desplazamiento de la Concertación democristiana y socialista sino por las derivaciones de un gobierno de derecha, con raíces incluso en nostálgicos del pinochetismo, tanto para el porvenir de la Unión Sudamericana como para las relaciones bilaterales. Más todavía: la Concertación fue una visión que aleteó en la imaginación de los Kirchner, de la que emergió un subproducto como Cobos, como una forma posible de gobernar por veinte años, tiempo estimado para la realización más completa del modelo nacional y popular de desarrollo. Al final, los tiempos se han acortado para todos, oficialistas y opositores, en relación inversa con el aumento de la impaciencia social. Harían falta respuestas cósmicas para empatar esas dos tendencias hasta acortar la brecha que hoy separa el micromundo de los forcejeos interpartidarios, por un lado, y por el otro las necesidades y expectativas sociales, desde los más pobres hacia arriba.

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Tareas

J. M. Pasquini Durán

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No hay razón, legal o política, para que el Gobierno pierda la batalla sociocultural por el Fondo del Bicentenario, como le sucedió con la Resolución 125 sobre las retenciones a la exportación agropecuaria. Comienza a perderla, sin embargo, porque los opositores encontraron una idea-fuerza: "Hay que convocar a sesiones extraordinarias del Congreso", para la que el oficialismo no tiene réplica equivalente. Todas las versiones conspirativas, de adentro y de afuera, son insuficientes para satisfacer el sentido común del ciudadano que no atina a explicarse la negativa gubernamental a extraordinarias como no sea por el temor a perder la votación y, en consecuencia, a dar marcha atrás con el proyecto que fundamentó los DNU (decretos de necesidad y urgencia) sobre el uso de reservas para pagar la deuda y el relevo del titular del BCRA debido a su negativa a ejecutar una decisión de política económico-financiera internacional.

Es sabido que la marcha oficial no está habituada a los retrocesos; pero encerrarse en argumentos formalistas, da la sensación de improvisación y debilidad en la gestión del Poder Ejecutivo y la consiguiente pérdida de credibilidad pública sobre su competencia para manejar asuntos complejos, pese a las evidencias en su favor del pasado inmediato. La memoria social, cuando algo la fastidia, olvida rápido. Lo peor de todo es que alguien tendrá que levantar la factura de esta ocurrencia y, por lo que se pudo ver en el pasado, los traspiés de economía los pagan los titulares de la cartera. Nada menos aconsejable cuando el país reabrió el canje y comenzaron negociaciones con tenedores de bonos.

Los opositores tienen la ventaja de contar con el aparato mediático de las mayores y menores empresas que se sintieron afectadas por la Ley Medios de Comunicación Audiovisual y que están dispuestas a respaldar todo lo que debilite al Gobierno, para ver si pueden impedir la ejecución de las nuevas normas legales. También opera desde la extrema derecha, camuflada como "oposición", la fuerza remanente, que no es poca, de los defensores del terrorismo de Estado y de los nostalgiosos del neoliberalismo conservador de los años '90. Por último, en esta sencilla enumeración hay que mencionar a los grupos económicos concentrados, además de los que controlan el poder mediático, muchos de ellos beneficiados por las políticas estatales, que ponen primero su temor a lo que llaman "el populismo", algo así como el sucedáneo imaginario del comunismo, antes que cualquier otra consideración. Desde ya, los llamados "fondos buitre" hacen su aporte, ya que quieren abortar la reapertura del canje.

Con este "viento de cola", las oposiciones políticas de centroderecha parecen más de lo que son. Ni siquiera se preocupan por las contravenciones de sus conductas particulares. Sanz y Morales, los dos encargados de la UCR, hace una semana, parados ante las cámaras y micrófonos en la puerta del BCRA (Banco Central de la República Argentina), aseguraban que defenderían a Redrado del autoritarismo presidencial. A los pocos días, en la Comisión Bicameral que trataba los DNU, el mismo Morales, en nombre propio y en el de Sanz, declamaba que el ex titular del BCRA era una pieza secundaria, casi insignificante, que lo mejor que podría hacer sería irse para no perjudicar más al país.

Del mismo modo, en distintos sets de TV se pudo ver en los últimos días a legisladores que reclamaban "soluciones políticas" al problema, cuando muchos de ellos fueron horas antes promotores de la "judicialización", dándoles intervención a los jueces en un asunto del gobierno (Ejecutivo y Legislativo). La mención completa de marchas y retrocesos, improvisaciones y contradicciones, más una serie de inconsistencias de los opositores, darían lugar a varios tomos con relatos de la picaresca, si no fuera porque algunas consecuencias pueden ser muy serias. En la tarde de ayer, el teleespectador podía pensar que había dos ministros de Economía, Boudou y Redrado, por la manera en que cada uno hablaba sobre las operaciones en los mercados como si el otro no existiera.

El rigor de las posiciones y los graves tonos de las declaraciones opositoras no le dan fuerza a la idea de las extraordinarias sino la necesidad de una porción considerable de la sociedad, sobre todo de las clases medias, de poner a prueba la fortaleza del Gobierno. Los que detestan y los que apoyan, unos para derrotar, otros para robustecer influencias, quieren que la presidenta Cristina consiga sus victorias, o fracase, allí donde ahora ya no tiene mayorías absolutas, ni simples. Para eso es necesario que el oficialismo busque acuerdos con algunas porciones de esas oposiciones que no deberían estar recostadas hacia las derechas.

Hace menos de una semana, este diario publicó un reportaje a Néstor Kirchner, donde el ex presidente imagina la confluencia en el proyecto oficial de dos fuerzas distintas: el PJ y el centroizquierda. Para algunos son agua y aceite, pero hay quienes piensan que los Kirchner no pretenden reunirlas en un mismo frente sino lograr un solo punto de coincidencia, el que se acuerde a la hora de las internas. Mientras tanto, la tarea oficial sería menos áspera. Para conseguirlos, a los barones del "pejotismo", sobre todo en el Gran Buenos Aires, la Casa Rosada los distinguió de diferentes maneras. No hay constancias tan claras, en cambio, de actitudes parecidas con los partidos de centroizquierda. El oficialismo no tendrá este apoyo sólo porque sus principales enemigos sean de derecha. Peor aún: en la confusión de los tiempos actuales se ha visto a más de una izquierda pasar del brazo con quien no debía pasar.

Es comprensible que, después de seis años de gestión, la paciencia del Gobierno no sea la misma que en los primeros momentos, pero los movimientos sociales que están en la calle, algunos aliados hasta anteayer, tienen que ser recibidos y conversados hasta que se les caiga la lengua, en lugar de dejarlos en la calle, perturbando a otros. Hay algunos que son irredentos porque no esperan soluciones del sistema, pero no serán ellos los que influyan en los votos de centroizquierda sino la habilidad presidencial para lidiar con los revoltosos de manera que el tránsito en la ciudad sólo sea interrumpido por las obras de Macri.

Es mucho lo que puede hacer el oficialismo, pero también el centroizquierda tendrá que aportar esfuerzo propio. Cuando algunos núcleos piden una investigación de la deuda externa, es saludable como una firme y consecuente posición moral desde hace décadas, pero en términos políticos a esta altura más bien es un saludo a la bandera. Al menos mientras la consigna sea sólo un título y nada más. ¿Quién audita, por cuánto tiempo y sobre qué montos de cuáles períodos? Raúl Castells y Nina Peloso ayer ya pusieron su grano de sal para desacreditar la consigna, haciéndose detener en los salones del BCRA y del Nación.

Desde la izquierda es bastante común presentar al oficialismo y sus principales adversarios como "la misma cosa". Esa visión, más allá de un posible error de análisis, anula la capacidad de usar la propia fuerza para impulsar lo mejor de cada momento, de unos, de otros o de ninguno. Marx creía que la burguesía capitalista debía avanzar en el mundo colonial para desarrollar las fuerzas productivas y gestar al proletariado revolucionario que terminaría con los burgueses. No siempre las profecías de la izquierda se compadecen con la historia real. Nadie pide que bajen las banderas sino que las hagan avanzar con ímpetus renovados, en lugar de plegarse a las indecorosas maniobras en las que suelen enredarse algunos jefes de la derecha local.

Este es un período que tiene a prueba a la mayor parte de la Unión Sudamericana. Por motivos distintos, cada cual los propios, hay crispaciones, para emplear el término de moda, en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Paraguay y Brasil. Chile tendrá que decidir mañana, en segunda ronda, si se vuelca más a la derecha o insiste con la Concertación. Cada uno de los desenlaces tendrá algún impacto en el cuerpo nacional. Aunque ninguno estremecerá más que las imágenes de la catástrofe en Haití. El terremoto es un accidente de la naturaleza, pero sus consecuencias tienen directa relación con las condiciones de vida de la población. Un sismo de igual magnitud, con epicentro también en zonas urbanas, ocurrido hace algunos años en Japón, dejó un saldo de 15 a 20 muertos. En Puerto Príncipe, las cifras provisionales cuentan cien o ciento veinte mil los cadáveres esparcidos por la ciudad. La dimensión de la tragedia recuerda que la lucha contra la pobreza es la tarea principal de la política.

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Archipiélagos. Maras.


J. M. Pasquini Durán

Esta semana se estrenó en México el documental titulado La vida loca, que retrata, en coro y en singular, a las pandillas conocidas como "Maras", dos bandas que operan en El Salvador pero que nacieron al sur de Los Angeles para defenderse de las pandillas chicanas que pretendían abusar de los inmigrantes centroamericanos. Más tarde, los salvadoreños fueron deportados a su país de nacimiento por la policía de inmigración de Estados Unidos y terminaron agrupados en dos formaciones, la "Salvatrucha" y "Calle 18", dedicadas al delito con extrema violencia. Rivales encarnizadas entre sí, libran una guerra sin fin que mata a mil quinientos jóvenes por año.


"Los Maras" reclutan a partir de los 12 años y raro es el soldado que, al cumplir 30, esté vivo o libre. Se distinguen por los tatuajes que simbolizan la adhesión de por vida, aunque todos tienen el derecho a desactivarse –no a renunciar– de la organización. Funcionan con un sistema jerárquico y un orden deliberativo por el cual, cierto o no, los reclutas tienen la impresión de que son escuchados y la oportunidad de reflexión colectiva. Los jefes, ordenados también en pirámides, son llamados con acierto "los palabreros", una denominación que podría extenderse a buena parte de la vida política, tan proclive a la palabrería. Con códigos propios, estos jóvenes forman archipiélagos, territorio libre de toda autoridad impuesta y al fin propio, dado que casi ninguno reconoce vínculos familiares, algunos porque los perdieron y otros porque reniegan de ellos.


En la Argentina, juristas especializados en temas de familia hablan de "la generación nómade", es decir aquellos adolescentes que rompen amarras con el territorio de sus padres y se marchan en busca de otros destinos. No hay "maras" en Buenos Aires, pero la violencia comienza a presentarse tan salvaje y descontrolada que, al margen de sus dimensiones reales, espanta a porciones importantes de las sociedades de grandes y medianos centros urbanos. La "generación nómade" es insular, pero también funciona en archipiélagos más o menos temporales, sin los códigos cerrados de las pandillas. ¿Una nueva ley penal que baje la edad de inimputabilidad desarticularía la violencia o apresuraría la formación de "maras" a la criolla?


El debate que hoy se presenta, propiciado por los ribetes sensacionalistas de la prensa, sobre todo de la TV, no parece hacerse cargo de las características de la rebeldía y la violencia juveniles. La única diferencia es entre pobre o rico, pero esa opción absoluta no alcanza ni siquiera para caracterizar a los 400 mil jóvenes bonaerenses que no estudian ni trabajan.

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Evidencias

Putas 2000 y nada más, esa es la cuestión
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J. M. Pasquini Durán

La evidencia estridente del carácter ideológico-político de la hostilidad antigubernamental, pese a los distintos disfraces que utiliza, la proporcionó el sitio "on-line" del matutino La Nación, tribuna dogmática del antiperonismo, cuyos redactores deben referirse al golpe de Estado de 1955 sin comillas y con las primeras letras en mayúscula cuando escriban "revolución libertadora", y cuyo lenguaje editorial por años mencionó a Juan Perón como el "tirano prófugo". Pese a esos antecedentes, esta semana reprodujo en texto y video fragmentos de un discurso de 1973 del fundador del justicialismo que condenaba el saqueo de las cajas de jubilaciones por el gobierno de los "libertadores", usando la cita como argumento suplementario al rechazo actual, treinta y cinco años después, de la decisión de la presidenta Cristina de unificar al régimen previsional en el sistema solidario de reparto del Estado. De donde el diario centenario de los Mitre resultaría el severo guardián de la pureza doctrinaria del peronismo, sugiriendo que el actual gobierno la estaría traicionando. En algo no le falta razón al matutino porteño: los privatizadores de los años '90 eran peronistas del menemato y realizaron el saqueo en nombre de la presunta modernización del legado partidario.


Como sucedió con otras privatizaciones, la del sistema previsional fue un excelente negocio para algunos grupos económicos que se apropiaron del bocado leonino y pésimo para la salud fiscal de la nación. Un estudio sobre "La cuestión tributaria en la Argentina" de julio de 2005, advertía sobre las consecuencias: "Si se suman los efectos de las desgravaciones de cargas patronales nacionales (el más importante de los recursos cedido por las políticas de 'devaluación fiscal') y la cesión de recursos públicos a favor del nuevo sistema de capitalización instituido desde mediados de 1994, el total de los ingresos que el Estado nacional dejó de percibir sumó unos 63.000 millones de pesos constantes durante el período 1994-2001, equivalente a un promedio anual de unos 2,8 puntos del PBI. En otras palabras, el drenaje de estos recursos explicó la mayor parte (casi las tres cuartas partes) del desbalance fiscal de ese período" (Cefid-AR, J. Gaggero y F. Grasso, 2005). El cálculo abarcaba la mitad del período de funcionamiento de las AFJP, por lo que no es exagerado redondear, como hizo Amado Boudou, titular del Anses, para estimar en 100.000 millones el costo para el Estado de catorce años de jubilación privada. A esta altura, además, el Tesoro público tenía que aportar 4000 millones anuales para completar el mínimo jubilatorio del régimen de capitalización. En las actuales circunstancias críticas mundiales, cuando hace falta blindar las finanzas nacionales, ¿sería sensato seguir soportando semejante hemorragia? Nadie puede negar que hay razones valederas para desconfiar de la administración estatal después de décadas de malversación y fraude de los fondos previsionales. Antes de Kirchner, hacía doce años que los jubilados no recibían ningún reajuste en sus haberes. En los últimos cinco años fueron actualizados trece veces y acaba de sancionarse una ley que establece la movilidad automática dos veces por año para que no dependan de la discrecionalidad de ningún gobernante. En la próxima ley del sistema integrado de previsión, los congresistas tendrán que incluir los recaudos necesarios para evitar que el día de mañana no reaparezca la tentación de meter mano en esa caja para cubrir gastos generales. Sería mejor, sin duda, que las previsiones legislativas pudieran abarcar la dimensión completa del problema, cuyas repercusiones llegan hasta la coparticipación federal, y que el futuro sistema fuera instalado en un Estado reformado y de verdad modernizado a la altura de los tiempos. Debería ser así, a lo mejor, pero no siempre lo bueno va de la mano con la excelencia. Es lo que hay, por ahora, y vale la pena recuperar al sistema para los principios de origen basados en el concepto de la solidaridad social.


Ya que se trata de una reforma estructural, según la presentación presidencial, algunos críticos sostienen que debería tomarse el tiempo necesario para abrir un vasto debate y una prolongada reflexión. En tiempos normales el razonamiento tiene validez plena, pero con ese criterio el Congreso norteamericano debió esperar al nuevo presidente para decidir sobre las medidas extraordinarias y multimillonarias dedicadas al rescate de gigantescas corporaciones que estaban derrumbándose con más ímpetu que el Muro de Berlín. Hay momentos en que esperar por la cirugía puede costar la vida del padeciente. Otros invocan la seguridad jurídica, pero vale en este caso recurrir otra vez a los datos de la historia. Un estudio sobre "El proceso de privatización en la Argentina", avalado por la Universidad Nacional de Quilmes, deja constancia del asunto: "La tan declamada 'seguridad jurídica', particularmente en el ámbito de las privatizaciones, parecería quedar en un segundo plano cuando se trata de preservar las rentas de privilegio de las que gozan las empresas de servicios públicos, en detrimento, cabe resaltar, de la 'seguridad jurídica' de los usuarios" (D. Aspiazu y otros, edit. PáginaI12, 2002). ¿Acaso el régimen de capitalización no podía ser considerado un servicio público? Por lo demás, tal como se puede ver en estos días, cuando se desploma el libre mercado, lo único que queda en pie siempre es el Estado con la obligación de reiniciar el ciclo.


Los que en estos días opinan que la iniciativa previsional del Gobierno debilita el mercado de capitales, deberían escuchar un poco a Roberto Mangabeira Unger, ministro de Asuntos Estratégicos de Brasil desde hace un año y medio, filósofo, jurista y profesor de Harvard, con 61 años de edad y acento norteamericano en sus palabras: "Debemos intentar salvar la producción y no los bancos". Tiene una visión optimista del porvenir: "Después de la crisis, los países de la región tendrán la posibilidad de acoplarse a un nuevo orden mundial para un auténtico desarrollo". El ministro de Lula se declara de izquierda, pero la posibilidad del nuevo orden también la formula el conservador francés Nicolas Sarkozy y el mismísimo George W. Bush convocó a una reunión internacional, a la que está invitada la presidenta Cristina, para intercambiar opiniones sobre lo que será del mundo después del terremoto. Mangabeira mira el futuro con advertencias: "Hay que mantener el nivel de crédito, sin prejuicios ideológicos, como está haciendo Estados Unidos, que demuestra otra vez que ellos son libres de los prejuicios ideológicos que les recomiendan a otros". Entre las opiniones del ministro que circularon esta semana por el ciberespacio, incluyó un juicio crítico sobre el Mercosur y Unasur: "Les falta corazón y cerebro. Queda claro cuando los comparamos con la Unión Europea (UE). La esencia de la UE no es el comercio ni el dinero; es un ideario, en tanto nosotros dedicamos menos del uno por ciento del tiempo a discutir ideas".


La crítica se ajusta a la realidad de la política criolla, aunque no haya sido dirigida en particular. El Gobierno toma iniciativas tan importantes y atendibles como la reforma previsional, pero luego, cuando se desata el temporal de críticas fabricadas por los recursos y las influencias mediáticas de los grupos económicos que pierden la rentabilidad privilegiada que les regalaron en los años '90, el Gobierno pierde fuerza porque su aparato político no se mueve. La presidenta Cristina, como antes lo hacía Néstor, tiene que salir cada día a repetir argumentos a favor de sus propias iniciativas. Así, las batallas por el corazón y la conciencia de los ciudadanos –como ocurrió durante el conflicto con "el campo"– quedan a merced del bombardeo en los medios, compensado sólo con cinco o diez minutos diarios de la voz presidencial. El Gobierno carece de una adecuada política de información y de formación de opinión pública. La oposición poco contribuye al debate de ideas, porque en general reacciona con piloto automático. Es previsible que el PRO y la Coalición Cívica, que disputan la representación del centroderecha, se opongan a cualquier iniciativa gubernamental de carácter progresista, pero que la Unión Cívica Radical se oponga a un proyecto que atiende a su posición tradicional contra el régimen de capitalización, sólo para estar en contra, no tiene justificación ni lógica políticas, sobre todo cuando ese partido pretende celebrar el próximo 30 la refundación democrática, un compromiso de todos, que comenzó en el año 1983, como si fuera un mérito individual.


El PRO no sólo se opone a los proyectos del oficialismo para ganarse el liderazgo de la derecha: sus políticas en la ciudad, en particular hacia la educación pública, corresponden más con los años '90 que con la actualidad. Mientras Mauricio Macri dice en la tele que quiere recuperar la excelencia de la escuela pública, elimina becas, suspende la distribución de implementos escolares y rechaza las demandas salariales de los maestros. Por suerte, la Legislatura decidió que la oposición no está sólo para criticar sino para formular alternativas y toda la oposición reunida logró destrabar, al menos en parte, la negociación con los sindicatos docentes. Lo que suceda en la ciudad no sólo importa porque es la capital del país, sino porque allí hay un ejercicio de prueba sobre lo que puede esperar el ciudadano de la nueva derecha nacional.

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Turbulencias


J. M. Pasquini Durán

Treinta y cinco años después del derrocamiento del socialista chileno Salvador Allende, el presidente que murió en su puesto defendiendo el derecho democrático a decidir el propio destino, la unión sudamericana de naciones está ingresando en una nueva etapa de turbulencias con epicentro en las relaciones con Washington. En aquel tiempo, la "Guerra Fría" justificaba cualquier cosa y el control norteamericano sobre el "patio de atrás", despectiva denominación de América latina, era ejercido por las buenas o por las malas, sin vergüenzas ni escrúpulos. Ese 11 de septiembre de 1973 sería la marca inicial de una ola de golpes de Estado proestadounidenses en los países del Cono Sur. En todos los casos el asalto al poder estaría a cargo de las Fuerzas Armadas con apoyo y participación directa de políticos, empresarios, gremialistas y diplomáticos del país y del exterior, además de las iglesias, sobre todo de la cúpula católica. En su edición del último jueves 11, el principal diario de Chile, El Mercurio, deja fuera de su portada principal cualquier alusión a lo sucedido, como si fuera un dato de poca importancia, a fin de no comprometer opinión que, hoy en día, no podría ser favorable al golpe de Estado, pese a que todavía en un sector de la población chilena, incluso entre jóvenes de clase media y alta, circulan argumentos a favor del "pinochetismo" porque "impidió que Chile fuera otra Cuba".


A fines del siglo XX, los militares en el poder habían agotado su razón de ser –el Muro de Berlín se desplomó en 1991– y emergían de esas tinieblas cargando la responsabilidad por horrendos crímenes de lesa humanidad que hasta ahora tienen a un puñado de sus jerarcas sentados en el banquillo de los acusados o ya condenados a prisión perpetua, aunque las sanciones no fueron idénticas en todos los países que sufrieron las crueldades de la inestabilidad institucional con prisión, tormentos, exilios y desapariciones. Con la llegada del siglo XXI, Estados Unidos perdió su invulnerabilidad, pero no por los temidos misiles del enemigo comunista, sino por la acción de un pequeño grupo de fanáticos islámicos armados con algunas navajas. Diez años después del Muro se desplomaron las Torres Gemelas de Manhattan y aun la sede del Pentágono fue parcialmente destruida por el ataque terrorista, también un 11 de septiembre, asolando de miedo y angustia a la mayor potencia económica y militar del planeta, que aún no había terminado de celebrar la victoria sobre el legendario oso soviético. Desde entonces, el gobierno conservador de George W. Bush sumergió a su país en la "doctrina de la guerra preventiva", sustituta de la anterior de "seguridad nacional", que llevó a sus tropas a invadir primero Afganistán y luego Irak, mientras se aislaba de la mayoría de sus aliados y desarticulaba la economía líder del capitalismo mundial. Este año finalizan ocho años de mandato con 450.000 millones de dólares de déficit, el más alto índice de desempleo y pobreza en más de medio siglo y una crisis financiera que está comenzando y ya hizo estragos en el sistema de hipotecas residenciales de millones de norteamericanos, con la consiguiente repercusión en los mercados de valores del mundo entero.


Al contrario de la oración mexicana –"pobrecitos de nosotros, tan lejitos de Dios y tan cerquita de Estados Unidos"–, durante estos años Sudamérica estuvo más cerca de los dioses de la fortuna y la libertad. El "patio de atrás" eligió la democracia de las urnas y cada país decidió la dirección de su marcha, con viento a favor debido a excepcionales cotizaciones de sus productos primarios en nuevos mercados de la envergadura de India y China, además del intercambio en el área de integración del Mercosur. Pese a que ningún gobierno es idéntico al otro, todos entendieron que juntos tenían una oportunidad extraordinaria para que la región dejara de ser la más injusta del mundo en la distribución de sus riquezas y que podían organizar un espacio común para realizar negocios rentables en la globalización económica y comercial. Con la suma de alimentos, energía y agua dulce, la posibilidad de un futuro mejor esperaba a la vuelta de la esquina. Con ese impulso, lograron desarticular el plan de Washington llamado ALCA, que ampliaba el mercado para las corporaciones de Estados Unidos, y avanzaron hacia la Unidad Sudamericana de Naciones. Debido a las características de sus liderazgos y a las condiciones endógenas de su desarrollo, Venezuela y Bolivia quedaron ubicadas en las posiciones más radicalizadas de la región. Ninguna, sin embargo, renunció al método democrático de gobierno y acudieron a las urnas cada vez que necesitaron consultar la voluntad de sus pueblos.


El presidente Evo Morales de Bolivia, surgido de las bases indígenas productoras de hojas de coca, acaba de recibir casi el 70 por ciento de los votos de apoyo en el más reciente referendo, después de recuperar el control de las riquezas energéticas nacionales, indemnizando y asociando a las empresas internacionales que explotaban esos recursos. Nunca pudo superar, sin embargo, los recelos étnicos en un país donde tres docenas de etnias originarias, hasta su arribo al gobierno, estuvieron siempre excluidas del poder y el bienestar. Por fin, las provincias que forman la Media Luna del sur, dominada por blancos y asiento de los mayores yacimientos de petróleo y gas, se alzaron reclamando autonomía del poder central y control directo y exclusivo de esos recursos. Al amparo de esas reivindicaciones generales, apareció una derecha dispuesta a imponerse aun a costa de la guerra civil. La "Unión Juvenil Cruceñista" persigue y mata indígenas, mientras pinta cruces esváticas en sus vehículos y canta loas al falangismo, con la misma ferocidad que los pitucos de otras ligas perseguían judíos en Buenos Aires a principios del siglo XX. Esas derechas vernáculas encontraron el amparo del Tío Sam, cuya diplomacia ya venía atacando a Caracas y La Paz con la virulencia que en otros tiempos dedicaban a La Habana. Mientras convoca al diálogo a los separatistas, que también recibieron mayoría de votos en sus distritos, Morales declaró persona no grata al embajador norteamericano, con 72 horas de plazo para abandonar Bolivia, provocando como es de norma la inmediata expulsión de su propio representante en Washington.


Desde Caracas, el presidente Hugo Chávez, uno de los tres mayores proveedores de petróleo de Estados Unidos, promotor del "socialismo siglo XXI", hizo lo mismo, dice que en solidaridad con Morales, con la convicción tal vez de que el que pega primero pega dos veces. De inmediato, Brasil y Argentina, dos compradores del gas boliviano, comenzaron a movilizar a sus respectivas diplomacias en respaldo del gobierno de Morales, obligados por la cláusula democrática del Mercosur, por los principios de solidaridad, por los intereses nacionales y por las dudas, ya que el efecto dominó es un riesgo latente cuando la turbulencia comienza a sacudir el vuelo latinoamericano. La presidenta Cristina tiene, además, su propio motivo de fastidio, ya que pese a las reiteradas promesas de la Casa Blanca, un fiscal de Miami, con el indisimulado apoyo del FBI, está usando la valija de dólares que intentó entrar Antonini Wilson en Buenos Aires, como pasajero invitado de un charter alquilado en Caracas por funcionarios argentinos (separados de sus empleos por esta vinculación), para desacreditar al gobierno nacional. En su momento, la Presidenta denominó la maniobra como "operación basura" y, aunque el episodio parecía superado, volvió a empiojar las relaciones políticas bilaterales.


Hay un dato que no se puede soslayar: la presidencia de Bush está virtualmente terminada, ya que en pocas semanas habrá elecciones y aunque ganara el candidato republicano, John McCain, o con más razón si el vencedor es el demócrata Barack Obama, hasta los matices serán diferentes. Está claro que, gane quien gane, los intereses de Estados Unidos serán siempre iguales a sí mismos, pero el modo de defenderlos cambia según las características de cada administración. De cualquier modo, ésta es una de las pruebas más difíciles para la política regional porque la partición de las sociedades en fracciones enfrentadas es un fenómeno que han soportado o amenaza a todos los gobiernos, en mayor o menor proporción y virulencia, cada vez que intentan modificar los sistemas establecidos durante las largas décadas de preponderancia conservadora en América latina y en el resto del mundo desde que Ronald Reagan y Margaret Thatcher asumieron sus respectivos gobiernos a principios de los años '80. La teoría de llenar la copa de los ricos hasta que desborde y empape la base social fue un fracaso hasta en Estados Unidos, como se puede advertir en los actuales discursos de campaña de ambos candidatos, pero sirvió para consolidar privilegios y radicó una cultura de ganadores y perdedores que fue lo único que derramó la copa llena hasta ganar a franjas de las capas medias, cuyas opiniones irradian hacia el resto de la sociedad. Revertir esa tendencia y redimir a los excluidos, al mismo tiempo que se mantiene la integridad territorial y social, tal cual lo demandan las normas democráticas, es el desafío mayor, la causa última de las severas turbulencias que sacuden con la fuerza de un huracán el paisaje invernal de estos extremos australes de Occidente.

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