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NO TE OLVIDES DE JORGE JULIO LÓPEZ ~~~~ ¿TE ACORDÁS DE LOURDES DI NATALE?NO TE OLVIDES DE LA IV FLOTA, LAS BASES MILITARES EN COLOMBIA, EL GOLPE EN HONDURAS
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El tóxico de Uribe. Bolú.

Atilio A. Boron
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¿Qué pretende Uribe con su frenética gira por América? Nada menos que vender una iniciativa tóxica, para utilizar el lenguaje impuesto por la crisis capitalista: justificar la escalada de la ofensiva militar del imperio con el propósito de revertir los cambios que en los últimos años alteraron la fisonomía sociopolítica de la región. Ante esta desconcertante realidad, la táctica de la Casa Blanca ha sido abandonar la retórica belicista de Bush y ensayar un discurso igualitarista y respetuoso de la soberanía de los países del área, pero desplegando nuevas bases militares, manteniendo la Cuarta Flota y fortaleciendo sin pausa al Comando Sur.

En este sentido, Barack Obama, a quien los perpetuamente desorientados "progres" europeos y latinoamericanos continúan confundiendo con Malcolm X, está siguiendo al pie de la letra los consejos de Theodore Roosevelt, el padre de la gran expansión imperialista norteamericana en el Caribe y Centroamérica, cuando dijera "speak softly and carry a big stick", es decir, "habla bajito pero lleva un gran garrote". Roosevelt fue un maestro consumado en aplicar esa máxima a la hora de construir el canal de Panamá y lograr, con la infame Enmienda Platt, la práctica anexión de Cuba a los Estados Unidos. Con su política de remilitarización forzada de la política exterior hacia América latina y el Caribe Obama se interna por el camino trazado por su predecesor.


La justificación que Uribe esgrime en apoyo de su decisión de conceder a las fuerzas armadas de Estados Unidos siete bases militares es que de esa manera se amplía la cooperación con el país del Norte para librar un eficaz combate contra el narcotráfico y el terrorismo. Excusa insostenible a la luz de la experiencia: según una agencia especializada de las Naciones Unidas los dos países donde más creció la producción y exportación de amapola y coca son Afganistán y Colombia, ambos bajo una suerte de ocupación militar norteamericana. Y si algo enseña la historia del último medio siglo de Colombia es la incapacidad para resolver el desafío planteado por las FARC por la vía militar. Pese a ello el general Freddy Padilla de León –quien gusta decir que morir en combate "es un honor sublime"– anunció días pasados en Bogotá que las siete bases estarían localizadas en Larandia y en Apiay (ambas en el Oriente colombiano); en Tolemaida y en Palanquero (en el centro de Colombia); en Malambo (sobre el Atlántico, en la costa norte); en Cartagena, sobre el Caribe colombiano y la séptima en un lugar aún no determinado de la costa del Pacífico. El Congreso de Estados Unidos ya aprobó la suma de 46 millones de dólares para instalar su personal y sus equipos bélicos y de monitoreo en estas nuevas bases con el objeto de reemplazar las instalaciones que tenía en Manta. En la actualidad ya hay en Colombia 800 hombres de las fuerzas armadas de Estados Unidos y 600 "contratistas civiles" (en realidad, mercenarios) pero los analistas coinciden en señalar que la cifra real es mucho más elevada que la oficialmente reconocida.


No hace falta ser un experto militar para comprobar que con la entrega de estas bases Venezuela queda completamente rodeada, sometida al acoso permanente de las tropas del imperio estacionadas en Colombia, amén de las nativas y los "paramilitares". A ello habría que agregar el apoyo que aportan en esta ofensiva en contra de la Revolución Bolivariana las bases norteamericanas en Aruba, Curaçao y Guantánamo; la de Palmerolas, en Honduras; y la Cuarta Flota que dispone de suficientes recursos para patrullar efectivamente todo el litoral venezolano. Pero no sólo Chávez está amenazado: también Correa y Evo Morales quedan en la mira del imperio si se tiene en cuenta que Alan García en Perú arde en deseos de ofrecer "una prueba de amor" al ocupante de la Casa Blanca otorgándole facilidades para sus tropas. En Paraguay, Estados Unidos se aseguró el control de la estratégica base de Mariscal Estigarribia –situada a menos de cien kilómetros de la frontera con Bolivia– y que cuenta con una de las pistas de aviación más extensas y resistentes de Sudamérica, apta para recibir los gigantescos aviones de transporte de tanques, aviones y armamento pesado de todo tipo que utiliza el Pentágono. También en ese país dispone de una enorme base en Pedro Juan Caballero, ¡localizada a 200 metros de la frontera con Brasil!, pero según Washington pertenece a la DEA y tiene como finalidad luchar contra el narcotráfico. La amenaza que representa esta expansión sin precedentes del poder militar norteamericano en Sudamérica no pasó desapercibida para Brasil, que sabe de las ambiciones que Estados Unidos guarda en relación a la Amazonía, región que "puertas adentro" los estrategas imperiales consideran como un territorio vacío, de libre acceso, y que será ocupado por quien tecnológicamente tenga la capacidad de hacerlo.


Ante estas amenazas los países sudamericanos tienen que reaccionar con mucha firmeza, exigiéndole a Estados Unidos archivar sus planes belicistas en Colombia, desmilitarizar América latina y el Caribe y desactivar la Cuarta Flota. La retórica "dialoguista" de Obama es incongruente con la existencia de semejantes amenazas, y si quiere lograr un mínimo de credibilidad internacional debería ya mismo dar instrucciones para dar marcha atrás con estas iniciativas. Por su parte, los gobiernos de la región nucleados en la Unasur y el Consejo Sudamericano de Defensa deberían hacer oídos sordos ante las falacias de Uribe y pasar del plano de la retórica y la indignación moral al más concreto de la política, impulsando algunos gestos bien efectivos: por ejemplo, ordenando el inmediato retiro de las misiones militares y los uniformados estacionados en nuestros países mientras no se reviertan aquellas políticas. De ese modo el mensaje de rechazo y repudio al "militarismo pentagonista" –como precozmente lo bautizara un gran latinoamericano, Juan Bosch– llegaría claro y potente a los oídos de sus destinatarios en Washington. Las súplicas y exhortaciones, en cambio, no harían sino exacerbar las ambiciones del imperialismo.

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Gatopardismo imperial

Atilio A. Boron

Finalmente llegó el gran día. Toda la prensa mundial no hace sino hablar de la nueva era abierta con el acceso de Barack Obama a la Casa Blanca. Esto confirma los pesimistas pronósticos acerca del retrógrado papel que cumplen los medios del establishment al profundizar, con las ilusiones y los engaños de su propaganda, la indefensión de la "sociedad del espectáculo", una forma involucionada de lo social donde el nivel intelectual de grandes segmentos de la población es rebajado sistemáticamente mediante su cuidadosa des-educación y desinformación. La agobiante "obamamanía" actual es un magnífico ejemplo de ello.

Obama llegó a la presidencia diciendo que representaba el cambio. Pero los indicios que surgen de la conformación de su equipo y de sus diversas declaraciones revelan que si hay algo que va a primar en su administración será la continuidad y no el cambio. Habrá algunos, sin duda, pero serán marginales, en algunos casos cosméticos y nunca de fondo. El problema es que la sociedad norteamericana, especialmente en el contexto de la formidable crisis económica en que se debate, necesita cambios de fondo, y éstos requieren algo más que simpatía o elocuencia discursiva. Hay que luchar contra adversarios ricos y poderosos, y nada indica que Obama esté siquiera remotamente dispuesto a considerar tal eventualidad. Veamos algunos ejemplos.

¿Cambio, designando como jefe de su Consejo de Asesores Económicos a Lawrence Summers, ex secretario del Tesoro de Bill Clinton y artífice de la inaudita desregulación financiera de los noventa causante de la crisis actual? ¿Cambio, ratificando al secretario de Defensa designado por George W. Bush, Robert Gates, para conducir la "guerra contra el terrorismo" por ahora escenificada en Irak y Afganistán? ¿Cambio, con personajes como el propio Gates, o Hillary Clinton, que apoyaron sin ambages la reactivación de la Cuarta Flota destinada a disuadir a los pueblos latinoamericanos y caribeños de antagonizar los intereses y los deseos del imperio? En su audiencia ante el Senado, Clinton dijo que la nueva administración de Obama debería tener "una agenda positiva" para la región para contrarrestar "el temor propagado por Chávez y Evo Morales". Seguramente se referiría al temor a superar el analfabetismo o a terminar con la falta total de atención médica, o al temor que generan las continuas consultas electorales de gobiernos como el de Venezuela o Bolivia, mucho más democráticos que el de Estados Unidos en donde todavía existe una institución tan tramposa como el colegio electoral, que hace posible, como ocurriera en el 2000, que George W. Bush derrotara en ese antidemocrático ámbito al candidato que había obtenido la mayoría del voto popular, Al Gore. ¿Puede esta Secretaria de Estado representar algún cambio?

¿Cambio, producido por un líder político que quedó encerrado en un estruendoso mutismo ante el brutal genocidio perpetrado en Gaza? ¿Qué autoridad moral tiene para cambiar algo quien actuó de ese modo? ¿Cómo suponer que representa un cambio una persona que dice, como lamentablemente lo hizo Obama hace apenas un par de días a la cadena televisiva Univisión, que "Chávez ha sido una fuerza que ha impedido el progreso de la región, (...) Venezuela está exportando actividades terroristas y respalda a entidades como las FARC"? Tamaño exabrupto y semejantes mentiras no pueden alimentar la más mínima esperanza y confirma las prevenciones que suscita el hecho de que uno de sus principales consejeros sobre América latina sea el abogado Greg Craig, asesor de la inefable Madeleine Albright, ex secretaria de Estado de Bill Clinton, la misma que dijera que las sanciones en contra de Irak luego de la Primera Guerra del Golfo (que costaron entre medio millón y un millón y medio de vidas, predominantemente de niños) "valieron la pena". Craig, además, tiene como uno de sus clientes a Gonzalo Sánchez de Lozada, cuya extradición a Bolivia está siendo solicitada por el gobierno de Evo Morales para juzgarlo por la salvaje represión de las grandes insurrecciones populares del 2003 que dejaron un saldo de 65 muertos y centenares de heridos. Sus credenciales son, por lo visto, inmejorables para producir el tan deseado cambio.

En esa misma entrevista, Obama se manifestó dispuesto a "suavizar las restricciones a los viajes y al envío de remesas a Cuba", pero aclaró que no contempla poner fin al embargo decretado en contra de Cuba en 1962. Agregó además que podría sentarse a dialogar con el presidente Raúl Castro siempre y cuando "La Habana se muestre dispuesta a desarrollar las libertades personales en la isla". En fin, la misma cantinela reaccionaria de siempre. Un caso de gatopardismo de pura cepa: algo tiene que cambiar, en este caso el color de la piel, para que nada cambie en el imperio.

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Perdón Ecuador, no saben lo que dicen. Una manito para Kris.

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República bananera
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Atilio A. Boron

No estuvo muy feliz en sus declaraciones el jefe de la bancada oficialista en el Senado de la Nación, Miguel Pichetto. En el debate en torno de la prórroga de la Emergencia Económica –que le otorga al Poder Ejecutivo poderes casi omnímodos para ejecutar el presupuesto nacional a su voluntad– declaró que los argentinos "tenemos que pagar la deuda externa, no podemos caer en el default como Correa en Ecuador. No somos un país bananero, tenemos que pagar...". Como si la Presidenta no tuviera suficientes simpatizantes y partidarios que parecen más empeñados en entorpecer su gestión que en facilitarla, las palabras de Piche-tto demuestran que la sabiduría y el tacto político no son precisamente las que caracterizan a la primera espada del oficialismo en el Senado. En primer lugar, hablar de "país bananero" es hacer uso del lenguaje racista y colonialista que inventó la derecha norteamericana desde finales del siglo diecinueve para justificar sus tropelías en el Caribe y Centroamérica. Se trata de un error mayúsculo en labios de un representante de un Gobierno que se esmera por aparecer como "progresista" y, peor aún, cuando además lo refiere a un país cuyo gobernante, Rafael Correa, mantiene excelentes relaciones con la Casa Rosada. Pero, en segundo término, ¿cómo es posible que se descalifique tan groseramente a un gobierno que ha tenido la sensatez y la valentía de practicar una rigurosa auditoría de su deuda externa? ¿Qué nos queda entonces a nosotros, los argentinos, que la hemos venido pagando a lo largo de veinticinco años sin prestar la menor atención a las numerosas voces que planteaban la insanable ilegitimidad de una deuda mayoritariamente contraída por la más atroz dictadura de nuestra historia, y en la cual se habían conculcado todas las libertades y garantías constitucionales? Una república bananera es la que obedece sin chistar a sus amos y a sus acreedores, por más que éstos sean simples delincuentes de cuello blanco como son quienes controlan el sistema financiero internacional; es la que actúa solícitamente ante los reclamos del imperio, por ejemplo para aprobar en menos de lo que canta un gallo una legislación antiterrorista o pagar de un plumazo una deuda porque el FMI necesitaba fondos frescos. Una república digna de ese nombre, en cambio, actúa como Ecuador, que sin aspavientos ni estridencias exige y convoca una auditoría internacional y confirma que sólo pagará lo que legítimamente se adeuda y ni un centavo de más. Una república seria no reforma la Constitución nacional como se hizo en la Argentina en 1994: producto de un pacto sellado a puertas cerradas y aprobando como ley suprema de la Nación lo que decidieron los convencionales sin someter el nuevo texto al veredicto final del pueblo como sí lo hizo Correa con la nueva Constitución ecuatoriana, abrumadoramente ratificada por la voluntad popular. Por eso no sólo es una de las más avanzadas del mundo sino también una de las más legítimas. Avanzada, no sólo porque entraña un inédito reconocimiento de los pueblos originarios y sus lenguas, instituciones y culturas sino también porque establece, entre muchas otras notables innovaciones, que la naturaleza es sujeto de derecho y no una mercancía que se puede utilizar y de la que se puede abusar sin ninguna clase de restricciones como se hace en la Argentina, que permite la devastación del bosque nativo, las cuencas acuíferas, los valles y los glaciares a manos de grandes oligopolios transnacionales. Si Ecuador es una república bananera, ¿nosotros qué somos?

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¿Un nuevo Tío Tom?

Atilio A. Boron

En vísperas de las elecciones estadounidenses, Noam Chomsky dijo que Barack Obama "era un blanco que había tomado demasiado sol". Ese comentario fue repudiado por la intelectualidad "progre y bienpensante" del mundo entero pero, en vista de la formación ideológica y los intereses defendidos por las personas recientemente consultadas para elaborar una estrategia de salida de la crisis, la advertencia del gran lingüista del MIT parece plenamente justificada. En efecto: solicitar la opinión de Paul Volcker, ex chairman de la Reserva Federal en los años de Reagan; de Warren Buffett, un megaespeculador del casino financiero mundial; o de Lawrence Summers, ex funcionario del Banco Mundial y secretario del Tesoro de Clinton, al igual que Robert Rubin; a Jamie Dimon, actual presidente del Banco de Inversión J. P. Morgan, y Timothy Geithner, ex gerente del FMI y actual presidente del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, no parece ser el camino más apropiado para quien hizo su campaña predicando incansablemente que representaba el cambio y que iba a garantizar el cambio que la sociedad norteamericana reclamaba con creciente insistencia. Todos estos personajes integran el núcleo fundamental del capital financiero y son responsables directos del estallido de la crisis que hoy agobia a la economía mundial y que –no es un dato menor– ha servido para concentrar aún más el poder que detentaban los más agresivos conglomerados del capital especulativo a escala mundial.


Obama recibió un mandato que le exige escuchar otras voces y guiarse por otros intereses, y está desoyendo ese mensaje. En lugar de reunirse con los agentes de Wall Street tendría que haber convocado a los principales líderes de los movimientos sociales que lo catapultaron a la Casa Blanca; a los organizadores sindicales, perseguidos sin pausa desde hace años, incluso en los años de Clinton; a los economistas heterodoxos, como Paul Krugman, John K. Galbraith hijo o Robert Solow, sin ir más lejos, que ya expresan su preocupación ante el retorno de los talibanes de mercado que originaron la actual tragedia. Su búsqueda de un "acuerdo bipartidario" para enfrentar la crisis y su opción por dialogar con los autores del desastre equivale a pedirle al zorro que cuide el gallinero. Obama tiene poco tiempo, muy poco, para definir lo que será su gobierno. Lo peor que podría ocurrir es que "el negro" de la Casa Blanca –tan celebrado por un periodismo poco cuidadoso como el iniciador de una nueva época histórica– termine siendo lo que en los Estados Unidos despectivamente se conoce como un "Tío Tom": un negro desclasado que traiciona a los suyos y que se pone al servicio de sus amos. Todavía es prematuro llegar a esta conclusión, pero conviene repensar lo que dijo Chomsky y tratar de evitar tan lamentable frustración.

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Obama al gobierno, no al poder

Atilio A. Boron

El anunciado triunfo de Barack Obama de-sencadenó el rutinario aluvión de noticias y conjeturas periodísticas acerca de los grandes cambios que podrían producirse como resultado de la llegada de un nuevo ocupante a la Casa Blanca. Más allá de la significación que encierra el hecho de que un afrodescendiente llegue a la presidencia de Estados Unidos, lo cierto es que la importancia atribuida al resultado de la elección de ayer ha sido grandemente exagerada, y esto por dos razones. Primero porque se ignora –¿o se oculta?– que los cambios ya se produjeron y que, lejos de ser producto de las elecciones, fueron consecuencia del brutal estallido de la más grave crisis general del capitalismo de los últimos ochenta años. Esta caída del "otro muro" precipitó el fugaz funeral del neoliberalismo en el que Alan Greenspan confesó "que ya nada será como hasta ahora". En otras palabras, independientemente de quien hubiera sido electo presidente, los cambios en una dirección de menos mercado y más regulación estatal o menos liberalismo y más intervencionismo gubernamental se habrían producido de todos modos. Pero es muy poco probable que esos cambios se traduzcan en una desmilitarización de la escena internacional; y esto por una segunda razón, que es la siguiente: el presidente de Estados Unidos es una figura mucho más débil de lo que aparenta. En realidad, sus poderes se encuentran cada vez más acotados por el incesante fortalecimiento de lo que Dwight Eisenhower llamara "el complejo militar-industrial", cuya influencia económica, política e inclusive espiritual se extendía por doquier hasta alcanzar, según ese presidente, a las agencias del propio gobierno federal. El potencial para un crecimiento desastroso de ese poder fundado en la alianza entre un inmenso aparato militar y una no menos significativa industria armamentística era una amenaza para las libertades y la democracia en los Estados Unidos. En la época en que acuñó esa frase, enero de 1961, esos poderes "de facto" eran apenas incipientes: el presupuesto militar de Estados Unidos equivalía al de un puñado de otras naciones desarrolladas. En la actualidad creció desorbitadamente y equivale al gasto en armamentos de todo el resto del planeta. Ese complejo se ha entrelazado con otros sectores de la economía al grado tal que su gravitación de conjunto, unida al fenomenal costo de las campañas políticas, hace de los ocupantes de la Casa Blanca fáciles presas de sus intereses. Siguiendo los estudios pioneros de C. Wright Mills, el politólogo mexicano John Saxe-Fernández comprobó que quien realmente manda en Estados Unidos es un "triángulo del poder" compuesto por: (a) la Casa Blanca y, especialmente, los departamentos de Defensa, Energía, Tesoro, Estado, la NASA y el enjambre de aparatos de inteligencia, integrados en el gigantesco Departamento de Seguridad Nacional; (b) las grandes corporaciones, sobre todo las vinculadas a la producción para la defensa, la aeroespacial, el petróleo y el gas, incluyendo los grandes laboratorios, instituciones de investigación, las cámaras empresariales y algunos sindicatos; (c) los comités clave del Congreso, y especialmente por los de la Cámara de Representantes y del Senado en Energía y Recursos Naturales, fuerzas armadas y los diversos subcomités dedicados a los principales sectores de la vida económica. En Estados Unidos como en América latina sigue siendo válida esa distinción entre llegar al gobierno y tomar el poder. Obama llegó al gobierno, pero está a años luz de haber conquistado el poder (en el caso de que se lo hubiera propuesto). Es socio menor de una coalición en donde se aglutinan fuerzas abrumadoramente superiores a las suyas y para las cuales las guerras y el saqueo imperialista son las fuentes de sus fabulosas ganancias. Ningún presidente logró doblegar a esas fuerzas, y nada hace pensar que el resultado esta vez podría ser diferente.

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Putrefacción moral en la casa blanca


Atilio A. Boron

La enumeración de las atrocidades cometidas en los últimos tiempos contra los pueblos y la naturaleza para salvaguardar el sistema capitalista ocuparían todas las páginas de este diario. Quisiéramos detenernos en una, de gran actualidad ante la inminencia de las elecciones presidenciales en Estados Unidos y la votación que días atrás tuvo lugar en la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde 185 de los 192 países miembros aprobaron, por decimoséptima vez, una resolución exigiendo poner fin al bloqueo iniciado hace cuarenta y seis años en contra de Cuba.


No se conocen antecedentes de un repudio tan universal a las políticas del imperio, acompañado en la defensa de sus fechorías tan sólo por Israel (su Estado-cliente y gendarme regional en Medio Oriente) y Palau. Merece una digresión el caso de este micro-Estado que, según informa el sitio web de la CIA, es conjunto de islitas de 451 km cuadrados con una población de 21.093 habitantes. Es un país "independiente", que vota en la ONU y se alinea con la Casa Blanca, razón por la cual seguramente será caracterizado por sus publicistas como una sólida y vibrante democracia.


No parece molestar a Washington en este caso el tema del partido único, recurrentemente utilizado para criticar a Cuba, porque en este baluarte de las libertades del lejano Pacífico no existen partidos políticos, según lo informa también la CIA. No es que sólo hay uno y eso es malo; no hay ninguno, pero eso es bueno. De todos modos, estos son detalles nimios que se compensan con largueza cuando se recuerda que, en 1986, Palau firmó un Tratado de Libre Asociación con Estados Unidos que lo convierte de facto en una colonia, pero una de un tipo muy especial, porque puede sentarse en la Asamblea General para votar a favor de sus amos.


No tuvo la misma suerte Puerto Rico, que Washington se esmeró para que desde la misma fundación de la ONU ese país fuese incluido en la lista de Territorios No Autónomos y, por lo tanto, inhabilitados para integrarse a la ONU. Sus cuatro millones de habitantes, más otros tantos que residen en Estados Unidos, no pueden opinar sobre ningún asunto.


Afortunadamente en esta ocasión, las Islas Marshall, que la CIA caracteriza como un banco de prueba de la cohetería del Pentágono, y Micronesia decidieron desobedecer las órdenes de la Casa Blanca.


Decíamos putrefacción moral porque no hay otra forma de calificar el pertinaz sostenimiento de un bloqueo durante casi medio siglo, un prolongado escarmiento propinado a Cuba por haberse animado a luchar por su verdadera independencia. Un castigo ejemplarizador, de esos que los esclavistas y los "conquistadores" de España y Portugal aplicaban con total sadismo a los que tenían la osadía de pretender liberarse de sus cadenas.


Francia no se quedó atrás en esta infamia: en 1825 impuso a Haití, la joya de sus colonias caribeñas, el pago de una enorme indemnización (unos 21 mil millones de dólares de hoy) por los "perjuicios" ocasionados a los latifundistas franceses por su independencia y un tributo del 50 por ciento a todos los bienes que entrasen o saliesen de Haití. Esta deuda desangró al país: se terminó de pagar en 1947, sumiendo a una de las islas más ricas del Caribe en la miseria más absoluta.


Pero Cuba no pudo ser igualmente doblegada, y eso no se perdona. Es un pésimo ejemplo que debe erradicarse de la faz de la Tierra. Ahí están Venezuela, Bolivia y Ecuador para demostrar la malignidad del contagio. Y los otros gobiernos, que sin haberse infectado con el virus de la autodeterminación y la dignidad nacional, coquetean con los rebeldes.


Ni aun la fenomenal devastación producida por dos gigantescos huracanes hizo que Estados Unidos pusiera temporalmente entre paréntesis su criminal política. Tal como lo declarara el canciller Pérez Roque en la ONU, el saldo de este desastre fue de "más de 500 mil viviendas y miles de escuelas e instituciones de salud afectadas, un tercio del área cultivada devastada y una severa destrucción de la infraestructura eléctrica y de comunicaciones, entre otros daños".


Su reconstrucción, una empresa humanitaria por definición, se vería facilitada si la Casa Blanca tuviera todavía un pequeño resto de nobleza y moralidad y permitiera a La Habana adquirir los bienes que necesita en Estados Unidos. Pero no lo tiene. La Revolución no quiere regalos; quiere comerciar, pagando en efectivo y por adelantado sus compras, lo que favorecería a empresarios y trabajadores de ese país.


Pero se lo impide la podredumbre moral de la Casa Blanca, insensible ante el flagelo que el Katrina provocó entre los suyos, combinada con la irreparable estupidez de la pandilla reaccionaria que ejerce el gobierno. De este modo, la isla deberá adquirir en tierras lejanas bienes que, por el bloqueo y los fletes, terminan siendo carísimos. Será todo más difícil, pero Cuba ha dado repetidas muestras de no arredrarse ante la adversidad. Ahora podrá demostrarlo una vez más.

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El Che y la recreación del marxismo

Cumpleaños 80
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Una de las mejores maneras de conmemorar el octogésimo aniversario del nacimiento del Che es recuperar una de sus facetas menos conocidas o, tal vez, la más olvidada: su papel como recreador del pensamiento marxista en clave latinoamericana. Desconocimiento u olvido explicable por la celebridad adquirida como "el guerrillero heroico", valiente como el que más y a la vez noble y generoso como pocos con sus vencidos. Un hombre cuya absoluta coherencia entre ideas, valores y conductas lo convierte en un paradigma insuperable, especialmente en épocas como éstas, en las que la traición a los viejos ideales –o la desconexión entre lo que se piensa o dice y lo que se hace– ha adquirido proporciones escandalosas.


Como bien lo recordaba días pasados Miguel Barnet, este extraño guerrillero cargaba en su mochila la poesía de León Felipe y Pablo Neruda. En sus campamentos en la selva boliviana tenía más de un centenar de libros, muchos de los cuales eran verdaderas joyas del pensamiento social universal. No fue casual su capacidad para recibir críticamente algunas de las categorías del marxismo y para someter a implacable crítica la grotesca deformación que éste había sufrido a manos de la Academia de Ciencias de la URSS y sus insoportables manuales de "marxismo-leninismo". Hay un paralelo entre Gramsci y el Che: ambos repudiaron las codificaciones "escolásticas" del marxismo. El primero, burlándose en su breve escrito a propósito de la Revolución Rusa, "La revolución contra El Capital", de la interpretación canónica de El Capital del principal teórico de la Segunda Internacional: Karl Kautsky. El Che, haciendo lo propio con los "ladrillos soviéticos" que también decretaban la imposibilidad de la revolución en los países atrasados.

Tanto uno como el otro libraron una exitosa batalla contra el "economicismo" décadas antes de que algunos intelectuales, arrepentidos de sus pecados juveniles, renacieran como infecundos posmarxistas y "descubrieran" el determinismo economicista que, según ellos, condenaba irremisiblemente la teoría marxista al cementerio de las ideas. Carentes del talento y la audacia intelectual que les sobraban a Gramsci y el Che, se rindieron ante las caricaturas y en lugar de repensar creativamente al marxismo optaron por adherir a la ideología dominante de su tiempo.

Heredero de una noble tradición, de la cual José Carlos Mariátegui fue el gran precursor, el Che concebía al marxismo en sintonía con la Tesis Oncena de Marx: en vez de interpretar el mundo, de lo que se trata es de cambiarlo. Como Lenin, creía que "el marxismo no era un dogma sino una guía para la acción". Por eso, si la teoría se daba de bruces con la realidad aquélla debía ser meticulosamente revisada. Si el eurocentrismo del marxismo originario no le hacía lugar a la revolución socialista en la periferia había que depurarlo de esos condicionamientos y, sin tirar al niño junto con el agua sucia de la bañera, recrear la teoría para dar cuenta del inédito desafío. Y si los "manuales" postulaban una visión etapista y mecanicista según la cual no podía haber revolución socialista sin que antes hubiera una revolución democrático-burguesa liderada por la burguesía nacional, lo que había que hacer era arrojar esos textos por la borda y repensar todo de nuevo. En esta operación el Che demostró, al igual que los grandes clásicos del pensamiento marxista, que la teoría no es un edificio acabado sino un emprendimiento en permanente revisión y reconstrucción, y que el abandono de ciertas proposiciones (y sus correlatos político-prácticos) y su reemplazo por otras puede hacerse sin necesariamente menoscabar el argumento central del marxismo, que revela el carácter insanablemente injusto, explotador y predatorio del capitalismo. Demostró también que el proyecto socialista trasciende el marco económico o el productivismo: que de lo que se trata es de crear un hombre y una mujer nuevos, una nueva cultura, una democracia participativa integral, un internacionalismo concreto y eficaz, basado en la solidaridad y el altruismo. Todo esto requiere de un sustento material, pero si esa apoyatura no sirve de fundamento para lo otro el proyecto socialista estará desahuciado antes de nacer.

El legado teórico del Che es inmenso y la tarea de recuperarlo recién ha empezado. Sus pesimistas apreciaciones sobre la escena internacional de su tiempo, dominada por la "coexistencia pacífica" proclamada por la URSS, fueron proféticas; su visión de que no se puede construir el socialismo "con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo" es irrebatible a la luz de la experiencia reciente; sus análisis sobre la naturaleza incorregible y brutal del imperialismo se corroboran día a día, desde los "bombardeos humanitarios" de Bill Clinton hasta las torturas a niños y niñas iraquíes de 10 a 12 años definidos por Bush y su pandilla como "amenazas imperativas", tal como lo expusiera Juan Gelman el pasado 12 de junio; igualmente preciso es su diagnóstico sobre la centralidad de la ideología cuando dice que "el capitalismo recurre a la fuerza pero además educa a la gente en el sistema" y lo viene haciendo desde hace quinientos años, con lo cual nos convoca a librar la "batalla de ideas" en todos los frentes. Y así podríamos seguir enumerando hitos de una reflexión teórica que no se detiene ante el saber establecido y prosigue incansable su marcha hacia horizontes de comprensión cada vez más profundos y abarcativos. Cuatro décadas después de su cobarde asesinato, el Che está más vivo que nunca.

Atilio Boron

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Pino y Doña Rosa contra los bloggeros que no piensan como él (un escándalo)


Nace UnaSur. Agarrate Catalina. Néstor Por Siempre

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