Ruidos muertos
Orlando Barone
Orlando Barone
Ah, si este Gobierno no se metiera con la ley de Medios. Si en lugar de querer dejar sin trabajo a Silvestre y Bonelli, y si en lugar de querer empobrecer a Magneto y a la señora de Noble, y a Vila y a Manzano; y si en lugar de hacer enojar al rabino Bergman y obligarlo a fabricar slogans pegadizos y tener que cambiarse continuamente los kipás caros para salir en el programa de Mariano Grondona, este Gobierno tendría una hinchada vip y no una hinchada camionera que ahora tiene. Y si en lugar de haber permitido esta Corte Suprema con jueces y juezas libertinos que en cualquier momento aprueban el casamiento de hermafroditas y dejan que la novia con bigotes se vista de blanco; y si no se metiera en revoluciones ajenas, de tipos con sombreros caribeños que para lo único que sirven es para retobar a los pueblos originarios que se mantuvieron mansitos tantos siglos. Y si no insistiera en cobrarle impuestos al Campo y en decirle a los tamberos cómo tienen que ordeñar las vacas. Si devolviera Aerolíneas Argentinas, y se retractara de haber estatizado las jubilaciones privadas. Para qué insiste este Gobierno en querer regular la economía que si se la dejara en libertad haría una Argentina grande y llena de inversores y de sojeros patrióticos. Este gobierno se la busca. ¿No le bastaba con los jubilados existentes, que triplicó la incorporación de nuevos jubilados?¿Qué necesidad tenía de dejar que siguiera creciendo la cantidad de asaltantes y de violadores? Como dice Macri, este Gobierno se la pasa pensando algo perverso las venticuatro horas del día. Después que no digan que no se la busca. Ah, si este gobierno se dejara de molestar a la Iglesia con el libre consumo casero de marihuana, con el aborto delivery y con la persecución a sacerdotes que cumplieron con su deber durante la dictadura.Y si no hubiera buscado nietos de desaparecidos que estaban lo más panchos, hoy cientos de nietos seguirían felices con sus padres adoptivos en lugar de ser pacientes de psicoanalistas. Qué bien que le iría a este Gobierno si no hiciera las cosas que hace. Y mejor aún le iría si se dejara de joder con esa idea del garantismo, para asesinos que deberían ser fusilados antes de costearles un juicio. Si no se hubiera encaprichado con las retenciones, hoy Cobos sería un vicepresidente tranquilo. Republicano.Y resolvería sus fantasías sanamente corriendo maratones.Y no habría tanta gula destituyente; y la oposición opositora recobraría la partícula “sí” en su lenguaje. Si este gobierno no hubiera querido controlar el dólar, hoy los argentinos volverían a estar felices y también felices estarían los devaluadores y los del Cema. Y los operadores que soplan el riesgo país porque a ellos el riesgo, los refresca. A lo mejor este gobierno se merece los enemigos que tiene. Porque paradójicamente son sus enemigos los que más lo mejoran.
Orlando Barone 
Hay que votar a la oposición para no volver a votar a esta dictadura. Que reprime en las calles y que impide marchas pastorales pacifistas, donde se pueda decir la verdad: que Kirchner es Nerón. Sí, hay que votar a la oposición para que los grandes medios vuelvan a atener libertad de prensa. Y no como ahora que tienen que callarse por miedo a la persecución. Porque si critican al gobierno van a la mazmorra, y si no lo alaban y dicen que es maravilloso, los echan de /Clarín/, de /La Nación/,de /Perfil/, de /Ámbito/, de /El Cronista/, de /Para Ti/, de /Gente/y de la mayor parte de los canales y emisoras. Hay que votar a la oposición porque la Expoagro es postergada y tiene que realizarse a escondidas y con recursos modestos. Y porque las tapas de los grandes diarios y noticieros están censuradas y condenadas a poner títulos chupamedias del gobierno. Y el ciudadano debe resignarse a tener que leer, ver y escuchar únicamente noticias benévolas oficialistas. Porque los grandes diarios no pueden publicar editoriales que denuncien escándalos y corrupción; y porque los noticieros tienen que ocultar el drama de la inseguridad y no poner en pantalla a víctimas de delitos para que nadie se entere de que las calles son un matadero. Porque los ricos y famosos de la farándula no se atreven a decir lo que piensan acerca de torturar y fusilar o guillotinar a los delincuentes a simple vista. Porque los taxistas van calladitos sin decir nada en contra del Gobierno y miran por el espejito desconfiando de los pasajeros porteños, que son todos oficialistas. Porque no se puede denunciar que Guillermo Moreno manipula el Indec. Y porque el periodismo político está controlado. Y tiene que contenerse de revelar que El Calafate es como el principado de Mónaco. Y porque ningún entrevistador puede entrevistar libremente a los líderes opositores, que por eso nunca aparecen en pantalla y son condenados al silencio. Nadie sabe quiénes son los políticos opositores porque no tienen espacio en los medios: los censuran. Y porque también el campo es silenciado. Y aunque sus dirigentes no participan en la política y son neutrales, es sospechado. Porque los representantes rurales están sin voz, empobrecidos. Porque se les impide bloquear rutas, decomisar camiones y presionar intendentes y legisladores. Y mientras, el vicepresidente por temor a represalias no se atreve a confesar su adoración por la soja y debe comportarse furtivamente de todo el esfuerzo que hace para que no haya más retenciones. Hay que votar a la oposición para que cuando el país deje de percibir estos ingresos, los ciudadanos que no tienen campo compensen la falta de dinero de la retenciones pagando más impuestos. Hay que votar a la oposición para que el país vuelva al FMI como se debe, para que termine sus relaciones con países indígenas que inferiorizan a la Argentina, y para que los sindicatos dejen de expoliar a las patronales. Hay que votar a la oposición para salvarnos de este desastre que no deja ni siquiera ánimo ni plata para festejar Semana Santa e irse ala costa en masa. Los ciudadanos son sabios. Por eso, si la dictadura gana es por fraude. O por culpa de la OEA
Si hay algo que no merece nostalgias de ninguna persona democrática son los años en que no había democracia. Aunque hay todavía, gente que siente nostalgias y nada se puede hacer democráticamente para que no la sienta. Eso es lo que tiene la democracia: que no reprime, y no solamente la nostalgia. En la “no democracia” las tapas de los grandes diarios que hoy leemos con afición debían pasar antes por el control de los militares. Lo que leíamos entonces era únicamente aquello que a los diarios y periodistas les estaba autorizado publicar. Todos convivíamos cómplices de la resignación a la censura. Se nos concedía enterarnos de aquello que los otros querían enterarnos. Las radios y la televisión eran también un reflejo obediente. Lo que hoy es natural y democrático- criticar, denunciar y acusar a gobiernos y funcionarios con pruebas, sin pruebas o porque se nos da la gana- en los tiempos de la “no democracia” era mortal. No había opositores ni oficialistas : la política estaba prohibida. En ningún barrio había asambleas vecinales para reclamar nada. Los vecinos estaban tan callados que parecían mudos. La gente caminaba y conducía los autos disciplinadamente. En las plazas y parques no había nadie que osara tomar sol en malla. Una remera con leyenda era sospechosa y temeraria. Un arito en la oreja una condena. Ya ni nos dábamos cuenta que nos habíamos acostumbrado a hablar en voz baja. Éramos tan educados que daba miedo de que estuviéramos muertos. Cuando uno viajaba a otro país democrático se daba cuenta que allá sí estaban vivos. Eramos raros porque no les teníamos miedo a los asaltantes como ahora porque los asaltantes también tenían miedo. A los que les teníamos miedo era a los policías. El Congreso era un edificio. Escribir un grafitti era un alto riesgo. No encender las luces de interior del auto si la policía lo detenía en un procedimiento, era un acto suicida. Todos automáticamente pálidos se bajaban del auto y decían si señor , si oficial, si coronel. Si y si. Porque el “no” era patrimonio de quienes mandaban. Era una sociedad distinta. Yo era distinto. Hoy me veo en aquel tiempo tan indeciso y cobarde que mejor sería no recordarme. Mis nietos a lo mejor me perdonan, pero yo no. Los jóvenes no tienen ese lastre. No entiendo que aún haya gente con nostalgia. Amaban tanto el orden que no se sentían mal que les impartieran órdenes. Para sentirse reprimido hay que saber qué es sentirse libre. Es paradójico, pero algunos que hoy se rasgan la garganta y denuncian que no viven en democracia, se la pasan diciéndolo a los cuatro vientos, contradiciéndose. Sin democracia no existiría el debate acerca de la jubilación estatal y privada. A nadie se le ocurriría objetar el tren bala. Ni incendiaría trenes por bronca: porque la bronca era exclusividad legal de quienes mandaban. No existirían los sabios que saben cosas del Gobierno que nadie sabe, y a veces ni el gobierno. De Angeli y D´Elía serían anónimos. Los travestis se vestirían de machos. No habría carpas frente al Congreso porque no habría quienes les alquilaran las carpas. Tampoco habría lock out rural ni piqueteros. Los maestros dictarían clase todos los días. Ya no. La “no democracia” es un pensamiento viejo. La prueba es que Alfonsín ha atravesado ideologías y partidos convirtiéndose en un símbolo vivo. Y que cada cual puede decir lo que quiera en el medio de la calle y de la vida. 
Las profecías acerca del planeta y del Universo son desalentadoras. El ecosistema no resiste: lo indigesta hasta el pedorreo ambiental de las vacas y de los chanchos. Sin contar el "globlalicidio" de los recursos no renovables y otros estigmas colaterales no queridos por el verdugo que los produce. No son menos sombrías las profecías argentinas: oscuras como la noche más negra del vampírico conde de Transilvania. Y no hace falta leer ninguna carta astrológica del Fondo Monetario ni las predicciones abisales de diagnosticadores benignos. No hay publicación, comentario público ni blogs pudorosamente apolíticos y económicamente neutros que no auguren lo que auguran acerca del probable y triste final del Gobierno. Con o sin anestesia. Con o sin voluntad de los involucrados. Concertado o desconcertado. No lo desean, claro. La democracia no se permitiría hacer germinar un inconsciente privado o colectivo políticamente incorrecto que pudiera dañarla. Ciertas ilusiones no se confiesan. Avergonzarían el purismo republicano.
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Pero lo que las profecías ignoran o esconden es si después de esta "dictadura hegemónica", desde otra dirección, vendrá una más efectiva que hará cundir el alborozo. O el arrepentimiento. No hay monarquía ni cesarismo que una sociedad sana tolere. En eso está lo mejor del ser argentino.
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Pero la nigromancia no cesa: se reproduce alentada por corazones agradecidos a la vida que nos ha dado tanto, pero inequitativamente. Sobre todo la desigual distribución de los dones ideológicos que a algunos los convierte en "populistas" sin retorno. Y capaces de reestatizar hasta el vuelo del libre pensamiento. Y de condenarlo a volar cautivo en una aerolínea, por el solo mérito de ver el fuselaje identificado con el símbolo celeste y blanco.
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Los hados nativos son afanosos. Auguran, vaticinan, predicen. Junio y julio fueron meses que dieron por cumplidas las profecías de autoría unipersonal que escoraron la línea de navegación del Gobierno. Ludovica Squirru nunca llegó a tener aciertos como esos. Pero así como se desgrana el porvenir a través de la borra del café, ella debería actualizarse y revelarlo a través de los granos de soja.
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Si el desastre aéreo de Barajas que enlutó a España hubiera tenido por destino Ezeiza o Aeroparque, no alcanzarían los soportes mediáticos de todos los géneros para condenar al Gobierno y reverdecer el reinado del profeta negro aeronáutico por antonomasia. Nilda Garré sería Chabán y Yabrán conjuntamente. Lo que todavía no se cumplió -y eso que se viene pronosticando desde hace varios años- es el augurio de colapso energético. Miren que se lo ha estado llamando con entusiasmo. Sería de tal desolación que ni siquiera alcanzarían las velas de las iglesias ni todos los fósforos en sotck en los supermercados para alumbrarnos. Además de apagarse hasta las luces malas del campo. Muchas de tantas predicciones son autenticadas por el límpido fallo de las consultorías que trabajan ad honórem para salvarnos. Siempre reaparecen; y con la voz intacta y la memoria del disco rígido carente de remordimientos. Son notables los denodados esfuerzos de quienes crítica y solidariamente - a pesar de la falta de libertad de prensa- tratan de que el Gobierno emboque alguna sola cosa. Pero no obtienen resultado: no la emboca. Y no va a embocarla aunque de casualidad la emboque.
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Si por error la Presidenta enviara al Congreso un proyecto de la oposición confundiéndolo con uno propio, la oposición lo votaría "no positivamente"; refinada negación contemporánea y de efectos más efectivos que el "no" grosero y ordinario.
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Para que por azar la "opinión pùblica" -la que se hace pública- pudiera aplaudir alguna iniciativa de la Presidenta, esta no debería tener más iniciativas; desvaneciéndose junto a los pliegues de sus pañuelos de seda sin dejar rastros. Y sin pronunciar discursos en voz alta ni baja, ni tampoco callarse. Nada. Porque no se va a creer que el gobierno produzca algún beneficio nunca. Aunque lograra que todos fuéramos democráticos, ricos y felices.
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Orlando Barone
No hay peor fascista que dos burgueses agrandados.