La conspiración
Daniel Mancuso
Daniel Mancuso
Jorge Tribó
Marco Enriquez Ominami se salió con la suya. Ganó la derecha en Chile. Hizo las cuentas, lúcido el hombre, en cuatro años la derecha hace mierda el país y aparezco YO como "el salvador". Allende te daría una patada en el ego, muchacho pícaro. Fue simple para él como para muchos oportunistas funcionales a la derecha que abundan en este continente, despotricar por todo lo mal que los gobiernos "progres" hacen, fue fácil. Además tienen todos los poderosos medios de comunicación a su favor. Chile país difícil, desigual. El Pinochetismo aún vive como acá en la Argentina, los amantes de la dictadura. Los fachos y las falsas izquierdas se relamen cuando algo anda mal y allí, aparecen ellos, los salvadores, los incorruptos, los defensores de la moral, Carrió, Solá, Morales y sigue la lista. Ominami fue, es y será funcional a la derecha. Sacó el 20 % de los votos en la primera vuelta y se creyó Gardel, es Gardel, si, pero para el empresario Piñera y el capitalismo arcaico. Marquito mandó a votar libremente y luego a dos días de la veda electoral, quiso limpiar su alma de cipayo y "confesó" que votaría a Frei. Es tarde Marquito. Acá en la Argentina, además de una derecha salvaje como los símiles del empresario Piñera, De Narváez, Macri, tenemos varios pícaros como vos que gritan, amenazan, putean, se escandalizan por izquierda y funcionan amablemente para la derecha. Yo de política sé nada o casi nada, pero en sentido común me defiendo, una vez me saqué un 5 en el cole. Hace más de 500 años que nosotros, los latinoamericanos, somos colonia, pueblos marginales y marginados, estúpidos soñadores de nadas, somos cómodos y sobre todo muy tontos. Hace 500 años que estamos gobernados por la derecha. Vos Onamini, sabías bien lo que hacías. En medio de una "posible" unión latinoamericana, embarraste la cancha, te hiciste el gil, el revolucionario que nunca serás y no solo perjudiscate a tu encobrizada, difícil y privatizada Chile, también enlodaste a Brasil, Argentina, Venezuela, Paraguay, Uruguay, Ecuador, Bolivia y a todos los que luchan por esta unión. Sos un simple operador de la derecha Ominami, Onamini o como carajo te llames. Hoy Latinoamérica llora y espero que los chilenos se den cuenta de tu mal y que no duermas tranquilo por el resto de tus días. Pero quedate tranquilo Marquito, acá tenemos a Pino, a Lozano, a la Vilma y otros tantos cipayos quizá peores que vos que compartirán tu alegría.
Alfredo Arri
J. M. Pasquini Durán.
No hay razón, legal o política, para que el Gobierno pierda la batalla sociocultural por el Fondo del Bicentenario, como le sucedió con la Resolución 125 sobre las retenciones a la exportación agropecuaria. Comienza a perderla, sin embargo, porque los opositores encontraron una idea-fuerza: "Hay que convocar a sesiones extraordinarias del Congreso", para la que el oficialismo no tiene réplica equivalente. Todas las versiones conspirativas, de adentro y de afuera, son insuficientes para satisfacer el sentido común del ciudadano que no atina a explicarse la negativa gubernamental a extraordinarias como no sea por el temor a perder la votación y, en consecuencia, a dar marcha atrás con el proyecto que fundamentó los DNU (decretos de necesidad y urgencia) sobre el uso de reservas para pagar la deuda y el relevo del titular del BCRA debido a su negativa a ejecutar una decisión de política económico-financiera internacional.
Es sabido que la marcha oficial no está habituada a los retrocesos; pero encerrarse en argumentos formalistas, da la sensación de improvisación y debilidad en la gestión del Poder Ejecutivo y la consiguiente pérdida de credibilidad pública sobre su competencia para manejar asuntos complejos, pese a las evidencias en su favor del pasado inmediato. La memoria social, cuando algo la fastidia, olvida rápido. Lo peor de todo es que alguien tendrá que levantar la factura de esta ocurrencia y, por lo que se pudo ver en el pasado, los traspiés de economía los pagan los titulares de la cartera. Nada menos aconsejable cuando el país reabrió el canje y comenzaron negociaciones con tenedores de bonos.
Los opositores tienen la ventaja de contar con el aparato mediático de las mayores y menores empresas que se sintieron afectadas por la Ley Medios de Comunicación Audiovisual y que están dispuestas a respaldar todo lo que debilite al Gobierno, para ver si pueden impedir la ejecución de las nuevas normas legales. También opera desde la extrema derecha, camuflada como "oposición", la fuerza remanente, que no es poca, de los defensores del terrorismo de Estado y de los nostalgiosos del neoliberalismo conservador de los años '90. Por último, en esta sencilla enumeración hay que mencionar a los grupos económicos concentrados, además de los que controlan el poder mediático, muchos de ellos beneficiados por las políticas estatales, que ponen primero su temor a lo que llaman "el populismo", algo así como el sucedáneo imaginario del comunismo, antes que cualquier otra consideración. Desde ya, los llamados "fondos buitre" hacen su aporte, ya que quieren abortar la reapertura del canje.
Con este "viento de cola", las oposiciones políticas de centroderecha parecen más de lo que son. Ni siquiera se preocupan por las contravenciones de sus conductas particulares. Sanz y Morales, los dos encargados de la UCR, hace una semana, parados ante las cámaras y micrófonos en la puerta del BCRA (Banco Central de la República Argentina), aseguraban que defenderían a Redrado del autoritarismo presidencial. A los pocos días, en la Comisión Bicameral que trataba los DNU, el mismo Morales, en nombre propio y en el de Sanz, declamaba que el ex titular del BCRA era una pieza secundaria, casi insignificante, que lo mejor que podría hacer sería irse para no perjudicar más al país.
Del mismo modo, en distintos sets de TV se pudo ver en los últimos días a legisladores que reclamaban "soluciones políticas" al problema, cuando muchos de ellos fueron horas antes promotores de la "judicialización", dándoles intervención a los jueces en un asunto del gobierno (Ejecutivo y Legislativo). La mención completa de marchas y retrocesos, improvisaciones y contradicciones, más una serie de inconsistencias de los opositores, darían lugar a varios tomos con relatos de la picaresca, si no fuera porque algunas consecuencias pueden ser muy serias. En la tarde de ayer, el teleespectador podía pensar que había dos ministros de Economía, Boudou y Redrado, por la manera en que cada uno hablaba sobre las operaciones en los mercados como si el otro no existiera.
El rigor de las posiciones y los graves tonos de las declaraciones opositoras no le dan fuerza a la idea de las extraordinarias sino la necesidad de una porción considerable de la sociedad, sobre todo de las clases medias, de poner a prueba la fortaleza del Gobierno. Los que detestan y los que apoyan, unos para derrotar, otros para robustecer influencias, quieren que la presidenta Cristina consiga sus victorias, o fracase, allí donde ahora ya no tiene mayorías absolutas, ni simples. Para eso es necesario que el oficialismo busque acuerdos con algunas porciones de esas oposiciones que no deberían estar recostadas hacia las derechas.
Hace menos de una semana, este diario publicó un reportaje a Néstor Kirchner, donde el ex presidente imagina la confluencia en el proyecto oficial de dos fuerzas distintas: el PJ y el centroizquierda. Para algunos son agua y aceite, pero hay quienes piensan que los Kirchner no pretenden reunirlas en un mismo frente sino lograr un solo punto de coincidencia, el que se acuerde a la hora de las internas. Mientras tanto, la tarea oficial sería menos áspera. Para conseguirlos, a los barones del "pejotismo", sobre todo en el Gran Buenos Aires, la Casa Rosada los distinguió de diferentes maneras. No hay constancias tan claras, en cambio, de actitudes parecidas con los partidos de centroizquierda. El oficialismo no tendrá este apoyo sólo porque sus principales enemigos sean de derecha. Peor aún: en la confusión de los tiempos actuales se ha visto a más de una izquierda pasar del brazo con quien no debía pasar.
Es comprensible que, después de seis años de gestión, la paciencia del Gobierno no sea la misma que en los primeros momentos, pero los movimientos sociales que están en la calle, algunos aliados hasta anteayer, tienen que ser recibidos y conversados hasta que se les caiga la lengua, en lugar de dejarlos en la calle, perturbando a otros. Hay algunos que son irredentos porque no esperan soluciones del sistema, pero no serán ellos los que influyan en los votos de centroizquierda sino la habilidad presidencial para lidiar con los revoltosos de manera que el tránsito en la ciudad sólo sea interrumpido por las obras de Macri.
Es mucho lo que puede hacer el oficialismo, pero también el centroizquierda tendrá que aportar esfuerzo propio. Cuando algunos núcleos piden una investigación de la deuda externa, es saludable como una firme y consecuente posición moral desde hace décadas, pero en términos políticos a esta altura más bien es un saludo a la bandera. Al menos mientras la consigna sea sólo un título y nada más. ¿Quién audita, por cuánto tiempo y sobre qué montos de cuáles períodos? Raúl Castells y Nina Peloso ayer ya pusieron su grano de sal para desacreditar la consigna, haciéndose detener en los salones del BCRA y del Nación.
Desde la izquierda es bastante común presentar al oficialismo y sus principales adversarios como "la misma cosa". Esa visión, más allá de un posible error de análisis, anula la capacidad de usar la propia fuerza para impulsar lo mejor de cada momento, de unos, de otros o de ninguno. Marx creía que la burguesía capitalista debía avanzar en el mundo colonial para desarrollar las fuerzas productivas y gestar al proletariado revolucionario que terminaría con los burgueses. No siempre las profecías de la izquierda se compadecen con la historia real. Nadie pide que bajen las banderas sino que las hagan avanzar con ímpetus renovados, en lugar de plegarse a las indecorosas maniobras en las que suelen enredarse algunos jefes de la derecha local.
Este es un período que tiene a prueba a la mayor parte de la Unión Sudamericana. Por motivos distintos, cada cual los propios, hay crispaciones, para emplear el término de moda, en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Paraguay y Brasil. Chile tendrá que decidir mañana, en segunda ronda, si se vuelca más a la derecha o insiste con la Concertación. Cada uno de los desenlaces tendrá algún impacto en el cuerpo nacional. Aunque ninguno estremecerá más que las imágenes de la catástrofe en Haití. El terremoto es un accidente de la naturaleza, pero sus consecuencias tienen directa relación con las condiciones de vida de la población. Un sismo de igual magnitud, con epicentro también en zonas urbanas, ocurrido hace algunos años en Japón, dejó un saldo de 15 a 20 muertos. En Puerto Príncipe, las cifras provisionales cuentan cien o ciento veinte mil los cadáveres esparcidos por la ciudad. La dimensión de la tragedia recuerda que la lucha contra la pobreza es la tarea principal de la política.


Redrado: "Ellos creen que me matan, yo creo que se suicidan"
Frase de Bernardo Neustadt dirigida a la ex presidenta Isabel Perón cuando esta, prohibió su programa.
Sabemos lo que vino después.
Raúl Dellatorre La compleja situación generada en los últimos días tanto con respecto de las facultades de la autoridad monetaria como respecto del pago de la deuda hubiera suscitado, en otras circunstancias, un profundo debate en torno de cuestiones de fondo largamente postergadas en nuestro país. La autonomía del Banco Central, el uso de las reservas internacionales, el depósito de esas reservas internacionales en cuentas radicadas en Estados Unidos y la falta de entusiasmo, por el contrario, para promover la creación del Banco del Sur como alternativa de entidad supranacional, pero genuina, son algunas de estas cuestiones. Se habría esperado que los sectores de izquierda, algunos con significativa representación parlamentaria y participación en los medios, podrían haber intentado instalar estos debates. Pero no: la derecha (política, económica y mediática) sigue imponiendo los temas centrales de la agenda. Los cuestionamientos de la izquierda, centrados en la consigna del "no pago de la deuda ilegítima" y el planteo de usar los fondos públicos para un programa de políticas sociales, quedaron desdibujados detrás de los ejes que impuso la postura conservadora tradicional o neoliberal. Por falta de audacia en exponer las cuestiones de fondo, los sectores más progresistas quedaron al margen de la pulseada principal y privaron a la sociedad de un debate seguramente más enriquecedor. En definitiva, como si fuera una condena histórica, el Gobierno quedó otra vez "corrido por derecha".
El Gobierno logró sortear la carga de la crisis financiera internacional de los años 2008/2009 sin sobresaltos en materia de tipos de cambio ni daños mayores a la estructura bancaria, dos problemas que caracterizaron la secuela del conflicto tal como lo sufrió buena parte del resto del mundo. Durante ese período, Argentina logró acumular reservas internacionales y, si sufrió un desajuste en las cuentas fiscales, no fue por tener que recurrir a monumentales subsidios a bancos y conglomerados empresarios en riesgo de muerte, como ocurrió en Estados Unidos. Sin embargo, la prudencia demostrada en el manejo de la crisis, aun en medio de un proceso electoral que le fue adverso, no le significó al Gobierno respiro suficiente. Al menos, desde el punto de vista político y en base a las relaciones de poder vigente, el Ejecutivo no parece tener el margen de acción exhibido en otros momentos no tan lejanos, como cuando recuperó el sistema previsional o cuando decidió desplazar a las autoridades privadas de la conducción de Aerolíneas, superando en ambos casos los obstáculos que intentó imponer la oposición.
Lo curioso es que en un asunto que resultaba, en los papeles, más del agrado de la oposición tradicional de derecha que del Gobierno, como es dar satisfacción a la demanda de pago de los acreedores que quedaron afuera del canje de 2005 (los "holdouts"), terminó en una madeja de complicaciones planteadas por esa misma oposición como si tratara de bloquear esa salida. Más preocupante es que la oposición de centroizquierda, que en las últimas elecciones legislativas había recuperado un espacio de representatividad propia, no fuera capaz de cambiar el eje de la disputa planteada por la derecha y terminara entrampada en una discusión en la que, más que forzar una salida "progresista" antes que retrógrada, podría hasta resultar funcional a esta última por acorralamiento del Gobierno.
Cuando la discusión pasó de la creación del Fondo del Bicentenario a la continuidad o no de Martín Redrado al frente del Banco Central, y de allí a la autonomía o no de esta última institución respecto de las políticas económicas decididas desde el Poder Ejecutivo, se verificó un profundo vacío en el debate. ¿Por qué, desde ningún sector de la oposición, se planteó con firmeza la necesidad de un pronunciamiento que cuestionara ese viejo dogma conservador, recogido por la Ley de Entidades Financieras de la dictadura en 1977, de que el Banco Central es una entidad autónoma del poder elegido por el pueblo para gobernar? Hubo, sí, algunas tímidas expresiones en ese sentido, pero sin llegar a tomarse como un eje central de la postura. Tal vez, por la especulación de no acompañar ni fortalecer la posición de Carlos Heller, autor del proyecto de reforma a la Ley de Entidades Financieras que aún el Gobierno no hizo suyo, que quedó peleando contra las facultades otorgadas al Banco Central por la dictadura casi en soledad.
Mientras, la derecha alzaba la figura de Redrado casi como una bandera del republicanismo y hacía del Banco Central un ente intocable como una vaca sagrada en la India. El debate sobre la legitimidad de la autonomía del Banco Central quedó desechado.
Otro tanto pasó cuando el asunto a tratar fue el uso de las reservas. En este caso existió una postura desde el centroizquierda proponiendo un destino distinto para el fondo a constituir con reservas, pero no un debate estratégico sobre qué papel juegan las mismas en un país necesitado de una política de desarrollo y redistribución social ni sobre las atribuciones de un gobierno elegido por la voluntad popular para hacer uso de ellas. El centroizquierda, al conformarse con cuestionar la propuesta coyuntural presentada por el Gobierno para conformar el Fondo de Garantía a favor de los acreedores, se quedó otra vez a mitad de camino.
Dicho de otro modo, distinto hubiera sido el debate si en vez de limitarse a cuestionar al Gobierno, un sector de la oposición se hubiera encargado de debatir con la derecha sobre cuestiones de fondo que tienen que ver con el modelo impuesto entre los '80 y los '90, y en muchos aspectos económicos aún vigente.
Cuando el tema fue el embargo del juez de Nueva York Thomas Griesa contra las cuentas del Banco Central en aquella plaza financiera, volvió a quedar picando otra cuestión de fondo que el centroizquierda dejó pasar de lado. Si bien en este caso se trata de una cuenta operativa y no de depósito de las reservas, no es menos cierto que la plaza neoyorquina es, normalmente, la "elegida" por las distintas autoridades del Banco Central para colocar sus activos de cualquier especie. ¿Nadie tiene nada que decir para cuestionarlo? La derecha lo tiene claro: respaldó al juez Griesa, quien tendría mejor criterio que el gobierno argentino para disponer de los fondos soberanos, a su entender. ¿Y el centroizquierda? No abrió un debate sobre dónde se colocan las reservas internacionales y los fondos para el pago de cuentas externas. Nadie reflotó la idea del Banco del Sur como herramienta autónoma de la región, para habilitarlo como depositario de parte de las reservas y agente de pagos de deudas financieras, y a su vez para el uso de los fondos que le queden disponibles para proyectos de desarrollo e integración regional. ¿No era el mejor momento para tocar el tema?
No se trata de sostener que el Gobierno "hace todo bien" y que todos los que lo critican "están en contra de los intereses nacionales". Eso es parte del debate político Gobierno-oposición que puede tener la validez, o no, de acuerdo con la oportunidad en que se plantea. Acá se intenta abordar otra cuestión: el debate de propuestas transformadoras, los cambios estructurales que hacen falta para poner al sector financiero al servicio de un proyecto de inclusión social por redistribución de riqueza y poder, la eliminación de trabas históricas impuestas por una dependencia económica y financiera que van más allá de las condiciones en que fue planteada esta deuda externa (que, dicho sea de paso, ya casi no tiene puntos de contacto con la pactada durante la dictadura). Nadie espera que estos temas sean puestos en agenda por la derecha. Que estos debates no los plantee el Gobierno, es parte de sus falencias. Que no los plantee una oposición de izquierda o centroizquierda, en cambio, es directamente cuestionador de su propia vigencia como tal, porque desequilibra peligrosamente el panorama de la discusión.
Así plasmadas las cosas, no es de extrañar que todo el debate económico esté corrido tan a la derecha. Y hacia allí quedará recostado, de aquí a las elecciones de 2011, si quienes tienen la responsabilidad de plantear algo distinto –desde el Gobierno o una oposición de centroizquierda– no reaccionan a tiempo.
Jorge Giles
Julio Cleto Cobos el radical que, acompañando a Cristina Fernández, fue elegido como miembro del Poder Ejecutivo Nacional para ocupar el cargo de vicepresidente; con su ineptitud y malas artes políticas subvierte las instituciones conspirando contra la calidad de la Democracia y sus instituciones.
Eduardo FebbroCon una gran capacidad pedagógica y sin caer jamás en la histeria anticapitalista o en la denuncia incendiaria embebida en otras ideologías, Kempf plantea una evidencia ante la cual el ser humano cierra los ojos: la humanidad se dirige hacia su pérdida llevada por un modelo político y económico que terminó por contaminar y agotar la esencia misma de la vida. ¿Cómo sobrevivir a semejante cataclismo? De una sola manera, dice Kempf: rompiendo las amarras que nos ligan al capitalismo. Kempf demuestra que el capitalismo actual, enredado por la corrupción, la gula, la ceguera y el apetito especulativo de sus operadores es el responsable de la crisis ecológica que amenaza la existencia misma de nuestra aventura humana. El único remedio es, dice Kempf, romper su lógica, restaurar e inventar otros valores antes que un cataclismo nos trague a todos. Hoy, el sistema capitalista ni siquiera es capaz de garantizar la supervivencia de las generaciones futuras. Para salvar el planeta hay que salir del liberalismo saldrá en la Argentina en el primer semestre de este año siempre en las impecables e indispensables ediciones de Libros del Zorzal.
–En su libro anterior, Cómo los ricos destruyen el planeta, usted expuso un aspecto del saqueo de nuestro planeta. En esta segunda obra, usted formula a la vez una denuncia implacable sobre los estragos causados por el sistema al planeta y propone una metodología para atenuar la crisis del medio ambiente.
–Estamos al mismo tiempo en una situación de crisis ecológica extremadamente importante, con una dimensión histórica nunca vista antes, y en un sistema económico que no cambia pese a que todos los indicadores ecológicos están en rojo. La clase dirigente, que yo llamó la oligarquía, eligió no tomar las medidas necesarias para atenuar la crisis ecológica porque quiere mantener sus privilegios, su poder y sus riquezas exorbitantes. La oligarquía sabe perfectamente que para ir hacia una política ecológica habría que poner en tela de juicio sus ventajas. Para la filosofía capitalista todas las relaciones sociales están garantizadas únicamente por el intercambio de mercaderías. Para salir de esa situación y volver a una política ecológica y de justicia social hay que trabajar los valores de cooperación, de solidaridad, de bien común, de interés general.
–Hay así dos cataclismos simultáneos: el agotamiento del sistema económico y el agotamiento de los recursos naturales y los cambios del clima. Ambos podrían desembocar en un enfrentamiento.
–Ya estamos constatando ese enfrentamiento. La oligarquía mantiene un modelo cultural de hiperconsumo que difunde al conjunto de la sociedad a través de la televisión, la publicidad, las películas. Ese modelo tiene que cambiar, pero está tan arraigado en la manera de vivir de la oligarquía con su enorme acumulación de riquezas que ésta se opone a esos cambios. Un millonario nunca aceptará andar en bicicleta porque su modelo, su poder, su prestigio, es el auto caro. Si queremos atenuar la crisis ecológica, ése es el modelo que debemos romper. Es necesario reducir el consumo material y el consumo de energía. Estamos entonces en plena confrontación entre la ecología y la justicia, por un lado, y, por el otro, una representación del mundo totalmente inadaptada a los desafíos de nuestra época.
–¿Acaso la defensa del medio ambiente, todo lo que está ligado al clima, no puede llegar a convertirse en una nueva forma de plataforma política pero ya no marcada por la ideología?
–Desde luego que sí, tanto más cuanto que estamos en una situación histórica que nos impone esa plataforma. La crisis ecológica que estamos viviendo es un momento histórico. Es la primera vez en la historia de la humanidad que la humanidad se topa con los límites de los recursos naturales. Hasta ahora, la naturaleza nos parecía inagotable, y ello permitió la aventura humana. Pero desde hace una generación comprendemos que hemos llegado a un límite, entendemos que la naturaleza puede agotarse y que la humanidad, la civilización, debe establecer un nuevo lazo con su medio ambiente, con la naturaleza, la biosfera. El momento es a tal punto histórico que en un corto plazo, 20 o 30 años, éste es el tema que dominará todas las cuestiones políticas. Ese es el elemento clave de toda política que, sin ideologías, busque definir un post capitalismo ecológico y social. En no más de dos décadas debemos cambiar nuestra sociedad para enfrentar el desafío del muro ecológico al que la cultura humana está confrontada. Estamos obligados a realizar una mutación cultural, no sólo en la forma de concebir la sociedad, es decir, el desprendimiento de esa cultura capitalista que se volvió mortífera, sino también en la manera en que interrogamos la cultura occidental y esa dicotomía existente entre naturaleza y cultura. Hemos pasado a otro momento histórico.
–Pero hoy tenemos una suerte de paradoja general: estamos en un sistema capitalista ultra individualista y competitivo al mismo tiempo que vivimos en una sociedad de colectivización de la información y de contacto a través de Internet.
–Internet y la comunicación directa entre individuos no tienen aún el suficiente contrapeso. El poder capitalista no sólo controla los flujos financieros o el poder económico, también controla los medios de comunicación y ello impide que exista una verdadera expresión de la crítica social o la difusión de visiones alternativas. Internet es, por el momento, una sopapa de seguridad a través de la cual la crítica social y la crítica ecológica, que ahora empiezan a ir juntas, comienzan a tener canales de información independientes. Sin embargo, por ahora esa utilidad es mucho menos potente. Las capacidades de información alternativas de Internet o de los libros y revistas son todavía débiles frente a los medios dominantes, en especial la televisión, que está en manos de la oligarquía y que imprimen en la sociedad una visión controlada, dirigida y convencional de las cosas.
–Usted señala también los límites de la ilusión tecnológica. Usted demuestra cómo la oligarquía nos hace creer que la tecnología va a resolver todos nuestros problemas y cómo y por qué se trata de una mera ilusión destinada a perpetrar el sistema.
–El sistema capitalista quiere creer que vamos a resolver los problemas, en particular el del calentamiento global, recurriendo a los agrocarburantes, a la energía nuclear, a la energía eólica y a unas cuantas tecnologías más. Es cierto que esas tecnologías pueden jugar un papel, pero de ninguna manera están a la altura del desafío que nos plantea el calentamiento del planeta. Y no es posible que sea así porque, por un lado, el plazo y la dificultad para llevarlas a la práctica requieren demasiado tiempo para asumir las transformaciones necesarias. Los cambios climáticos se producen ahora a una velocidad muy alta y de aquí a unos diez años ya tenemos que haber cambiado de rumbo. Por otra parte, todas esas técnicas, si bien algunas tienen efectos favorables, también tienen efectos secundarios muy dañinos que no podemos ignorar. Resulta obvio que es necesario seguir investigando nuevas tecnologías, pero no podemos poner la tecnología en el centro de las acciones que deben emprender nuestras sociedades. En lo esencial, para prevenir la agravación de la crisis ecológica es preciso reducir el consumo material y el consumo de energía. Esa es la solución más directa. Pero ese cambio profundo de orientación de nuestras sociedades sólo se hará si el esfuerzo es compartido de manera equitativa, y ello pasa por la reducción de las desigualdades. Nadie aceptará cambiar su modo de vida si al mismo tiempo seguimos viendo a millonarios con Mercedes enormes, barcos gigantescos y aviones privados. Aclaro que reducir el consumo material y de energía quiere decir que vamos a desplazar, a reorientar nuestra riqueza colectiva.
–Usted dice al respecto que el porvenir no está en la tecnología sino en el armado de una nueva relación social.
–La cuestión que está en el centro de nuestras sociedades consiste en saber cómo los individuos se piensan a sí mismos y cómo piensan a los demás. Por eso debemos salir de esta visión individualista y competitiva, de esa visión del crecimiento indefinido. La pelea se juega en la cultura: se trata de saber qué es lo que define una conciencia común.
–Usted se burla con mucha pertinencia de ese discurso de protección del medio ambiente que tiende a hacer de cada individuo un militante ecologista siempre y cuando éste lleve a cabo ciertos gestos –dividir la basura, por ejemplo– individuales. Usted define ese método también como un engaño de la oligarquía.
–Sí, hay un discurso que dice "si cada uno de nosotros hace un esfuerzo" eso resolverá las cosas. No. Desde luego que consumir menos agua y andar menos en auto ayuda, pero ese enfoque individualista no resuelve nada. ¿Por qué? Pues porque en el fondo hay una cuestión política: si yo decido circular en bicicleta pero el gobierno y las grandes empresas deciden construir nuevas autopistas de nada servirá que yo circule en bicicleta. Además, decirle a la gente que es ella quien hará avanzar las cosas con pequeñas acciones individuales equivale a permanecer en el esquema individualista, que es el del capitalismo. No resolveremos nada con soluciones individualistas sino mediante una concertación colectiva y con actos colectivos.
–Para usted existe un lazo primordial entre la crisis ecológica y la libertad, por eso resalta que es importante salvar la libertad contra la tentación autoritaria del capitalismo.
–En el curso de su historia, el capitalismo estuvo asociado a la libertad, a la democracia. Incluso en el período de la Guerra Fría el capitalismo estaba asociado al mundo libre y a la democracia en su lucha contra la Unión Soviética. Pero luego de la desaparición de la URSS, el capitalismo perdió su enemigo. Ahora empezamos a notar, en el pensamiento de la oligarquía, una negación de la democracia y un abandono de la idea según la cual la democracia es algo positivo. Estamos en un período donde los capitalistas no están de acuerdo con la democracia. Al contrario, consideran que la democracia es para ellos algo peligroso porque, evidentemente, una sociedad democrática pone en tela de juicio el poder y, por consiguiente, pondrá en peligro la oligarquía. Hemos tenido un ejemplo de ello con la administración de George Bush. Las democracias de los países del Norte, Estados Unidos y Europa, están cada vez más enfermas, más debilitadas.
–¿En qué plano se inscribe la ecología en esta crisis de la democracia?
–Las tensiones ecológicas se están agravando cada vez más y al mismo tiempo la oligarquía persiste en querer mantener un orden social basado en la desigualdad. La tentación de recurrir a medios cada vez más policiales es cada vez más grande: vigilar la población, a los opositores, tener ficheros inmensos, mandar mucha gente a la cárcel, a cambiar, restringiéndolos, los textos de ley relativos a las libertades individuales y de expresión. Si la sociedad no se despierta y no logramos que avancen nuestras ideas sobre la justicia social para hacer frente a la crisis ecológica, la oligarquía, enfrentada al peligro ecológico, caerá en la tentación de utilizar medios más y más autoritarios.
–Eso fue lo que vimos en directo en la conferencia sobre el clima que se llevó a cabo en Copenhague. ¡La policía reprimió a mansalva a los representantes de las ONG invitadas por la misma ONU! ¿Acaso Copenhague no ha sido una visión de nuestro futuro?
–Absolutamente, es así. En Copenhague se operó además una convergencia entre el movimiento ecologista y los militantes antiglobalización, movimiento basado en los valores de justicia social. Eso quiere decir que ahora la cuestión del cambio climático se plantea en términos políticos. Lo segundo, hubo muchas manifestaciones, a menudo muy alegres, imaginativas y no violentas, que fueron reprimidas de manera tan sutil como peligrosa. En Copenhague vimos la experimentación de una suerte de dictadura blanda que la oligarquía está aplicando. Copenhague ha sido una cita importante porque allí se afirmó algo esencial: la contrasociedad se manifestó allí de manera mundial.
Mariano (artepolítica)
M. Cristina Saborido
M. Cristina Saborido